Todos lo llamaban “el loco del Km 23”… hasta que el asfalto se abrió y apareció la verdad

Ese motero se detenía todos los días en el mismo punto exacto para saludar, aparentemente, a la nada. Los coches le pitaban, los adolescentes se reían, y los vecinos empezaron a llamarlo “Don Julián el Loco” por quedarse allí, con la mano sobre el corazón, mirando un tramo vacío de carretera.

Yo era una de esas personas que se burlaban.

Una vez lo grabé para redes sociales con el texto: “Cuando la demencia se cruza con una moto”. El video llegó a 50.000 reproducciones y tuvo cientos de comentarios: que si estaba senil, que si deliraba, que era un peligro, que habría que quitarle el permiso de conducir.

Hasta el jefe de la policía local intentó prohibirle que se parara ahí. Decía que estaba interrumpiendo el tráfico. Pero Don Julián volvía todas las mañanas a las 7:00 en punto, aparcaba su moto en el arcén y se ponía firme exactamente dos minutos.

Y entonces, la semana pasada, empezaron unas obras en ese tramo y encontraron algo enterrado bajo el asfalto que lo cambió todo. Los obreros llamaron a la policía, la policía llamó a personal militar, y de pronto ese sitio “vacío” al que Don Julián saludaba… ya no era vacío.

Lo que apareció bajo esa carretera hizo que todos los que alguna vez nos reímos de él —incluida yo— entendiéramos que no nos estábamos burlando de un loco. Nos estábamos burlando de un hombre honrando a otro de la única manera que sabía.

Y el motivo por el que nunca pudo explicárselo a nadie… te parte el corazón.


Me fijé en Don Julián por primera vez hace unos tres años, cuando me mudé a Valleverde, un pueblo pequeño donde casi todos se conocen. Yo había conseguido trabajo en un medio local: noticias de la zona, reportajes sencillos, cosas de comunidad.

Cada mañana, camino al trabajo, ahí estaba él: un hombre mayor, curtido, quizá de más de setenta, con chaqueta vieja, botas gastadas, y una moto grande que parecía tan antigua como su silencio. Se bajaba, daba unos pasos, se colocaba junto a la línea blanca del arcén y ponía la mano sobre el corazón.

Miraba fijo un punto del asfalto.

Como si estuviera frente a una tumba.

—Color local —me dijo mi editor cuando le propuse hacer un reportaje sobre “el misterioso motero”—. No es noticia mientras no provoque un accidente.

Pero a mí me picaba la curiosidad. Había algo en la forma en que Don Julián se plantaba allí: la espalda recta pese a los años, los hombros firmes, el gesto preciso. No era teatro. Era ritual. Era deber.

Empecé a cronometrarlo.

A las 7:00 todos los días, lloviera o hiciera un calor que partía la tierra. Jamás faltaba. Llegaba, aparcaba, caminaba hasta el mismo punto exacto —una vez lo medí por curiosidad: a unos catorce metros del poste que marcaba Km 23— y permanecía inmóvil dos minutos. Ni uno más. Ni uno menos. Luego regresaba a la moto y se iba.

El pueblo tenía teorías para todo.

Unos decían que ahí murió su hijo en un accidente. Otros, que estaba protestando por algo. Los más crueles decían “es la cabeza”, que ya no recordaba ni por qué iba.

Y me da vergüenza admitirlo, pero yo también fui cruel.

El video que subí estaba hecho para causar risa. Le puse música tonta, acerqué la cámara a las caras de los conductores confundidos, y lo titulé como si fuera un chiste del día. Los comentarios eran brutales, pero en aquel momento yo los leía como si fueran “entretenimiento”. Le decían de todo: “enfermo”, “busca atención”, “peligro público”.

Don Julián tenía que haberlo visto. En un pueblo, un video así corre como pólvora. Y aun así, al día siguiente, ahí estaba otra vez. La mano en el pecho. La mirada clavada. El silencio entero.

Con el paso de las semanas, los pitos y las burlas aumentaron. Algunos frenaban solo para mirarlo mejor. Otros grababan también. Y al final llegaron las quejas.

Una mañana, la policía local se presentó.

Yo estaba ahí, pensando en grabar “la segunda parte” del show. Qué vergüenza escribirlo, pero así fue.

—Señor —le dijo el jefe, con un tono más cansado que agresivo—. Necesito que deje de hacer esto. Está creando un riesgo. La gente reduce la velocidad para verlo, casi se chocan.

Don Julián no bajó la mano.

—Dos minutos —respondió, sin mirarlo—. Solo necesito dos minutos.

—¿Dos minutos para qué? Aquí no hay nada.

Por primera vez, vi que su calma se resquebrajaba. No gritó, pero su voz salió áspera, como si arrastrara arena por dentro.

—Aquí… está todo.

—Si sigue, voy a tener que llevármelo —advirtió el jefe—. No quiero, pero…

—Entonces lléveme —dijo Don Julián, simple—. Pero mañana vuelvo. Y pasado. Y todos los días hasta que me muera.

No lo detuvieron. Tal vez por algo en su voz. Tal vez porque, mientras sostenía la postura, le corrían lágrimas por las mejillas, sin hacer el menor ruido.

Yo dejé de grabar.

Ese día borré el guion del reportaje que tenía en mente: “Don Julián el Loco contra la Autoridad”. Pero seguí yendo algunas mañanas, desde lejos, con una sensación que no sabía nombrar. Como si el mundo me estuviera mostrando una verdad… y yo todavía no tuviera valor para mirarla de frente.


Entonces llegaron las obras.

Las autoridades por fin aprobaron ampliar la carretera. Más carriles, más seguridad, más “progreso”. Las máquinas empezaron justo en el tramo del Km 23, exactamente donde Don Julián hacía su saludo.

Aquella mañana, él apareció como siempre… y se encontró con excavadoras, vallas y hombres con cascos donde antes solo había asfalto.

—No puede estar aquí —le dijo el capataz—. Zona de trabajo.

Don Julián se quedó pálido.

—Solo dos minutos —pidió, casi suplicando—. Donde usted diga. Yo me pongo a un lado… solo déjeme…

—Lo siento, señor. Son normas de seguridad.

Lo vi encogerse. Como si le hubieran quitado una parte del cuerpo.

Se quedó un rato mirando el suelo abierto, el asfalto roto como una herida vieja. Y luego se fue, lento, con la moto sonando a despedida.

Pero al día siguiente volvió. Se paró lo más cerca que pudo, fuera de las vallas, y desde allí hizo su gesto, aunque ya no era el mismo punto exacto.

Los obreros lo miraban raro, pero lo dejaban.

Al tercer día de obras, todo cambió.

La excavadora chocó con algo que no debería haber estado ahí. Metal. No era una tubería ni una piedra. Era… otra cosa.

Detuvieron las máquinas. Empezaron a cavar con cuidado. Y, a varios metros bajo el asfalto, apareció una forma imposible: una motocicleta antigua, de tipo militar, de los años cuarenta, conservada como si el tiempo hubiera tenido misericordia.

Pero lo que heló a todos no fue la moto.

Fueron los restos humanos junto a ella, y pedazos de una ropa de uniforme.

La obra se paralizó. Llegó la policía. Luego llegó personal militar. Cerraron la carretera. Empezaron a trabajar como si estuvieran abriendo una cápsula sagrada.

Yo estaba allí cubriendo la noticia cuando encontraron unas placas de identificación.

En ellas se podía leer un nombre y unas fechas:

“Jaime ‘Jaimito’ Morales — 1922–1952”

Y entonces, como si el mundo hubiera esperado ese instante, Don Julián llegó para su saludo.

Vio los vehículos, vio el hueco abierto, vio a los hombres alrededor del hallazgo… y se desplomó.

Corrí hacia él. Alguien llamó a una ambulancia. Yo me subí también, sin pensar, sosteniéndole la mano mientras él murmuraba, con los ojos perdidos y la voz rota:

—Lo encontraron… por fin encontraron a Jaimito…


En el hospital, los médicos dijeron que había sufrido un shock emocional fuerte. Yo esperé afuera, sintiéndome más pequeña que nunca.

Cuando por fin me dejaron entrar, Don Julián estaba despierto, pálido, con la mirada húmeda y cansada. Me vio y, en lugar de enfadarse por todo lo que yo había hecho, solo suspiró… como quien ha cargado demasiados años.

—Usted es la que me grabó —dijo.

No pude negarlo.

—Sí —respondí, con la garganta cerrada—. Y no tengo perdón.

Se quedó callado un instante. Luego, con una calma que dolía:

—Ya pasó. Lo importante es que… ya lo encontraron.

Y entonces me contó la historia que había guardado casi toda una vida.

—Jaimito era mi hermano mayor —empezó—. Volvió de la guerra… distinto. Hoy le ponen nombre a todo. Estrés postraumático, trauma… Pero en aquellos años solo decían “fatiga de combate” y esperaban que lo tragara uno en silencio.

Me explicó que su hermano no pudo adaptarse a la vida civil. Pesadillas. Sobresaltos. Miedo sin explicación. No podía sostener un trabajo, ni una conversación larga, ni una tarde tranquila.

—Había momentos en que estaba aquí —Don Julián tocó la cama— y al segundo siguiente, en su cabeza, volvía a estar allá. Como si la guerra le hubiera hecho un cuarto dentro del pecho y ya no pudiera cerrarlo.

La única paz que encontraba era sobre una moto militar que había conseguido conservar de aquellos años.

—Él decía que era lo único que todavía tenía sentido —susurró—. El motor, el viento, el camino. Cuando iba montado… al menos por un rato… no tenía que pelear con su cabeza.

El 15 de marzo de 1952, Jaimito salió de casa con esa moto… y nunca volvió.

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