La obligaron a limpiar de noche… y vio a su jefe llorando con una foto donde aparecía ella de bebé, con los mismos ojos verdes.
—“Esto tiene que quedar impecable hoy. El piso de dirección. Y discreción, ¿eh?”—le soltó el encargado, apretando los labios.
A Sofía le tembló la mano sobre el cubo de limpieza.
No por miedo al trabajo.
Sino por el nombre que acababa de escuchar.
El director general.
Don Álvaro Montes.
En la empresa todos hablaban de él en voz baja.
Que si era frío.
Que si no sonreía nunca.
Que si te miraba como si fueras aire.
Sofía llevaba meses limpiando ese edificio en pleno centro, entre turnos de noche y cansancio pegado a los huesos.
Y siempre lo evitaba.
Siempre.
El ascensor subió como si también tuviera prisa.
Al abrirse las puertas, el piso de dirección estaba desierto.
Luces blancas, pasillos largos, alfombras limpias que parecían no haber pisado jamás.
Sofía empezó por las salas de juntas.
Pañito.
Desinfectante.
Silencio.
Hasta que llegó a la puerta del despacho principal.
Estaba entreabierta.
Eso no pasaba.
Nunca.
Sofía empujó con cuidado.
Y se quedó clavada.
Don Álvaro estaba sentado tras su escritorio.
Solo.
Bajo la luz de una lámpara.
Tenía una foto antigua entre las manos.
Y lloraba.
No un llanto discreto.
Lágrimas grandes, de esas que no se pueden controlar cuando ya no queda fuerza para fingir.
Sofía tragó saliva y dio un paso atrás.
—Perdón… yo… no sabía que estaba aquí. Vuelvo luego—balbuceó.
Él levantó la vista.
Y cuando la miró, no fue con enfado.
Fue como si hubiera visto un fantasma.
Se limpió la cara rápido, como avergonzado, y metió la foto en un cajón.
—No… termina tu trabajo—dijo con la voz rota.
Sofía empezó a limpiar en silencio, pegada a la pared, intentando ser invisible.
Pero sentía su mirada.
No era vigilancia.
Era otra cosa.
Como si él buscara algo en su cara.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?—preguntó de golpe.
—Unos meses, señor.
—¿Y antes?
Sofía dudó.
—De lo que salía… limpié casas, un comedor comunitario, un centro… lo que hubiera.
Don Álvaro asintió despacio.
—¿Tienes familia en la ciudad?
Sofía soltó una risa seca, de esas que duelen.
—No. No tengo familia.
El hombre apretó la mandíbula.
Sus dedos se cerraron sobre el borde del escritorio.
—¿Sabes algo de tu familia biológica?—preguntó, más bajo.
Sofía se quedó inmóvil.
—Señor… no entiendo por qué me pregunta eso.
Él giró hacia el ventanal, mirando las luces de la calle como si ahí estuviera la respuesta.
Luego volvió a ella.
—¿Alguna vez has sentido que te quitaron algo importante… antes de que pudieras recordarlo?
A Sofía le dio un vuelco el estómago.
—No veo qué tiene que ver con mi trabajo.
—Tal vez tenga que ver con todo—susurró.
El teléfono de Don Álvaro sonó.
Él contestó, serio otra vez, como si se pusiera una máscara.
Sofía terminó rápido.
Quería salir de ahí.
Pero cuando ya tocaba la manija, él la detuvo.
—Sofía.
Se volvió.
Don Álvaro tenía la foto en la mano otra vez.
Esta vez no la escondía.
—Mañana, antes de tu turno… ven aquí. Necesito enseñarte algo.
Sofía apenas durmió.
A la tarde siguiente, el guardia la llevó directo arriba sin preguntas.
Eso la puso más nerviosa todavía.
El despacho olía a café frío y a desvelo.
Don Álvaro estaba pálido, como si hubiera pasado la noche peleando con recuerdos.
—Lo que voy a decirte es difícil—empezó—. Y no quiero asustarte. Pero es la verdad.
Sofía se sentó en la punta de la silla, lista para levantarse si aquello se volvía una locura.
Don Álvaro abrió el cajón.
Sacó la foto.
La colocó sobre el escritorio.
Era él, más joven, con una mujer al lado.
Y en brazos… un bebé.
Un bebé con unos ojos verdes imposibles de confundir.
Los mismos ojos de Sofía.
A Sofía se le helaron las manos.
—Mi esposa… murió hace años—dijo él, tragándose las palabras—. Antes de morir, estaba enferma. Perdió el rumbo. Desapareció un tiempo.
Sofía no respiraba.
—Tuvimos una hija—continuó—. Un bebé. Ojos verdes. Se llamaba Lucía.
A Sofía sintió que el suelo se movía.
—Esa niña… se perdió. Me dijeron que… que ya no estaba. Yo… yo lo creí. No supe buscar. No supe ver.
Sus ojos se llenaron otra vez.
—Y anoche, cuando te vi… cuando te vi entrar… fue como si el pasado me golpeara de frente.
Sofía tragó saliva.
—¿Qué está diciendo?
Don Álvaro señaló la foto con un dedo tembloroso.
—Estoy diciendo que esa niña… podría ser tú.
Sofía se levantó de golpe.
—¡No! Eso no… no puede ser.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






