Cuando la vecina golpeó la pared, nuestro matrimonio todavía podía salvarse

Ya tenía casi terminada la nota con la que pensaba poner fin a mis veintidós años de matrimonio cuando nuestra vecina empezó a dar golpes en la pared.

Todavía recuerdo aquel ruido.

No era fuerte. No era un ruido de enfado. Era un golpe cansado. Un golpe de angustia.

La nota estaba doblada al lado de mi taza de café. Tres frases. Solo tres. Eso era todo lo que me salía para resumir veintidós años con Javier. Tres frases para decir que ya no podía seguir viviendo como una compañera de piso con facturas, bolsas de la compra y un silencio que cada mes pesaba más.

Yo no odiaba a Javier. Y eso era lo peor.

Si me hubiera engañado, si me hubiera mentido, si se hubiera vuelto cruel, quizá todo habría sido más fácil. Habría tenido una razón clara. Pero Javier no era un mal hombre. Estaba simplemente… apagado. No ausente del todo. Volvía a casa cada noche. Dejaba las llaves en la entrada, se quitaba las botas de trabajo, calentaba lo que hubiera en la nevera y muchas veces se quedaba dormido en el sofá con la tele puesta.

Trabajaba por turnos en un almacén. Yo estaba a media jornada en la biblioteca municipal. Pagábamos el alquiler. Hacíamos la compra. Bajábamos la basura. Cumplíamos.

Solo que, en algún momento, habíamos dejado de alcanzarnos de verdad.

El golpe volvió a sonar.

Javier levantó la vista desde el fregadero. Yo lo miré. Durante un segundo tuvimos la misma expresión: cansancio, fastidio, esa irritación muda de las parejas que ya no necesitan hablar para entenderse mal.

Luego abrió la puerta.

La señora Carmen, la vecina de enfrente, estaba en el rellano con su rebeca de lana, las zapatillas y el pelo gris recogido de cualquier manera. Una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra apretada contra el pecho.

“No me acuerdo de si he apagado el gas”, dijo.

Le temblaba la voz. También los dedos.

Javier salió enseguida. Yo fui detrás. En su piso olía a tila, a jabón limpio y a esas galletas sencillas que la gente mayor siempre guarda en una caja de lata.

El gas estaba apagado.

Pero no fue eso lo primero que vi.

Vi la mesa.

Dos platos hondos. Dos cucharas. Dos servilletas dobladas con cuidado.

Estaba puesta para dos.

La señora Carmen vivía sola. Su marido había muerto hacía años.

Me quedé mirando aquel segundo sitio más de la cuenta. Ella siguió mi mirada y luego dijo en voz baja:

“A veces todavía pongo la mesa para los dos.”

Ninguno contestó.

Javier revisó otra vez los fuegos, aunque no hacía falta. Después le preguntó si había cenado. Ella dijo que no. Él asintió como si entendiera perfectamente lo que significa no tener hambre cuando una está sola.

Cuando volvimos a nuestro piso, pensé que caeríamos otra vez en nuestro silencio de siempre.

Pero yo me quedé parada en la cocina mirando nuestra propia mesa.

Un montón de cartas sin abrir. Sus gafas al lado del salero. La marca del café que había dejado mi taza. Nada grave. Nada escandaloso. Y, sin embargo, de pronto aquella mesa me pareció más triste que la suya.

En su casa todavía quedaba un sitio para alguien que ya no estaba.

En la nuestra ya no quedaba ni sitio para una conversación de verdad.

Aquella noche no le di la nota a Javier.

Me dije que no era el momento. Pero la verdad es que algo dentro de mí se había movido. Muy poco. Lo justo para preguntarme si nuestro matrimonio estaba realmente muerto o simplemente abandonado desde hacía demasiado tiempo.

A la noche siguiente vi a Javier dejar una bolsa delante de la puerta de la señora Carmen.

Una sopa. Pan. Un par de plátanos. Un yogur.

No dijo nada. Entró en casa, se quitó la chaqueta y siguió como si nada.

Y eso fue precisamente lo que me dolió.

No porque estuviera ayudándola.

Sino porque en aquel momento vi que todavía sabía cuidar de alguien.

Unos días después se fue la luz en todo el edificio. Hacía frío y el rellano estaba completamente a oscuras. Yo estaba buscando velas en un cajón cuando alguien llamó a la puerta deprisa, varias veces.

Era otra vez la señora Carmen.

Aquella vez no habló del gas.

Se quedó en el umbral y dijo con una voz muy pequeña:

“No soporto cuando una casa se queda demasiado callada.”

Javier la hizo pasar, le puso una manta sobre los hombros y la sentó en el sofá. La luz de la linterna le partía la cara en dos. Por primera vez en años no parecía solo cansado. Parecía triste. Triste de verdad.

“Mi madre decía algo parecido”, soltó al cabo de un rato.

Yo me volví a mirarlo.

Él tenía la vista clavada en el suelo.

“Decía que el silencio acaba estropeando una casa por dentro.”

Hacía años que no oía a Javier hablar así. Ni de su madre ni de nada que le doliera de verdad.

Cuando la señora Carmen volvió a su piso, saqué la nota del cajón y la dejé sobre la mesa, entre los dos.

“Iba a darte esto”, dije.

Él la miró, pero no la abrió.

“Ya no puedo seguir así”, le dije. “Ni siquiera estoy enfadada. Y eso es lo que me da miedo. Siento que me estoy borrando poco a poco dentro de esta vida.”

Javier se sentó despacio, como si hasta mis palabras pesaran.

Entonces dijo:

“Pensaba que estabas mejor si yo no te daba más carga.”

Aquella frase me rompió.

No darte más carga.

Nos habíamos convertido en eso. Dos personas agotadas intentando no pesar más sobre la otra.

Se pasó las manos por la cara.

“Esperé tanto al momento adecuado para hablar, que al final se me olvidó cómo hacerlo”, dijo. “Y cada día que me callaba hacía más difícil el siguiente.”

Me puse a llorar. No a gritos. No como en las películas. Solo lágrimas calladas, de las que una ya no tiene fuerzas para sujetar.

A la mañana siguiente, la señora Carmen llamó a nuestra puerta con dos tazas de cerámica viejas, un poco desconchadas.

“Mi marido y yo tomábamos la manzanilla en estas todas las noches”, dijo. “Quedaoslas.”

Yo iba a decirle que no, pero levantó una mano.

“No esperéis a que falte uno para volver a sentaros juntos.”

Y se fue despacio a su casa.

Aquella noche Javier y yo nos sentamos en la mesa de la cocina con aquellas dos tazas viejas delante.

No pasó nada mágico. No volvimos a enamorarnos en una hora. Veintidós años de desgaste no desaparecen con una sola conversación.

Pero nos quedamos allí.

Hablamos hasta que la infusión se quedó fría.

Y, por primera vez en muchísimo tiempo, nuestra casa volvió a sonar como un lugar donde de verdad vivía alguien.

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