Ayudó a una joven accidentada en una carretera vacía; al día siguiente, su llave ya no abría su propia casa.
Diego Ruiz se quedó mirando la cerradura como si le estuviera tomando el pelo.
Metió la llave una vez más.
Nada.
La sacó, la limpió contra el pantalón manchado de cemento y volvió a intentarlo.
La llave no giraba.
—No puede ser —murmuró.
Era la misma llave de siempre. La que llevaba dos años usando para entrar en aquel piso pequeño, viejo y húmedo, en las afueras de la ciudad.
Entonces miró hacia el aparcamiento.
Su camioneta tampoco estaba.
El hueco donde la había dejado esa mañana estaba vacío.
Diego sintió un golpe frío en el pecho.
Primero la puerta.
Luego la camioneta.
Y, por un segundo, pensó que la vida por fin había decidido quitarle lo poco que le quedaba.
Veinticuatro horas antes, Diego iba por una carretera secundaria, de esas que unen pueblos y campos, donde por la noche casi nadie pasa.
Venía de trabajar doce horas en una obra.
Le dolían las rodillas.
Le ardían las manos.
Tenía la espalda como si alguien le hubiera puesto una piedra encima.
En el asiento del copiloto llevaba una carta arrugada.
Aviso de desalojo.
Treinta días para pagar tres meses atrasados de alquiler, más recargos.
Diego había hecho las cuentas mil veces.
Nunca salían.
Ganaba lo justo para comer, echar gasolina y pagar alguna deuda pequeña. Cuando algo se rompía, todo se venía abajo.
Y su camioneta se estaba rompiendo.
Cada mañana arrancaba con un ruido feo, como tos de viejo. Echaba humo negro y olía a aceite quemado. Pero era lo único que tenía para ir a trabajar.
La obra estaba a más de una hora.
Si perdía la camioneta, perdía el trabajo.
Si perdía el trabajo, perdía el piso.
Y si perdía el piso…
Diego no quiso terminar ese pensamiento.
Conducía con los ojos cansados, pensando en si podría pedir un adelanto, vender unas herramientas o trabajar algún domingo.
Fue entonces cuando vio algo brillando junto al quitamiedos.
Primero pensó que era basura.
Luego sus faros iluminaron una moto destrozada.
Estaba doblada contra la barrera metálica, con piezas tiradas por la carretera. Un espejo roto. Plásticos partidos. Una rueda girando todavía, lenta, como si no entendiera que todo había terminado.
Diego frenó de golpe.
—Madre mía…
Puso las luces de emergencia y bajó corriendo.
Sacó el móvil mientras cruzaba la carretera.
—Emergencias, por favor. Hay un accidente. Una moto. Carretera vieja, kilómetro doce, pasando el puente seco. Creo que hay una persona herida.
Entonces la vio.
Estaba en la hierba, a varios metros de la moto.
Una chica joven.
Llevaba casco, aunque estaba rajado por un lado. La chaqueta de moto parecía cara, pero estaba rasgada y sucia. Una manga tenía sangre seca.
Ella intentaba moverse.
—No te levantes —dijo Diego, arrodillándose a su lado—. No te levantes, por favor. La ambulancia ya viene.
La chica respiraba rápido.
—Mi moto…
—La moto no importa.
—Se me cruzó algo… un perro, creo… o un animal… no pude…
—Tranquila. Mírame. ¿Cómo te llamas?
Ella tragó saliva.
—Clara.
—Vale, Clara. Yo soy Diego. ¿Me oyes bien?
Ella asintió despacio y enseguida hizo una mueca de dolor.
—Me duele todo.
—Eso se lo cuentas a los médicos. Tú ahora no te muevas.
Diego se quitó la chaqueta de trabajo y se la puso por encima. Olía a polvo, sudor y yeso, pero era lo único que tenía.
Miró alrededor.
No había coches.
No había casas cercanas.
No había luces, salvo las suyas.
Y pensó en algo que le heló la sangre.
Si él hubiera seguido de largo, esa chica habría pasado la noche tirada allí.
La ambulancia tardó unos veinte minutos.
A Diego le parecieron dos horas.
Mientras esperaban, le habló para que no se durmiera.
Le preguntó cosas simples.
Su edad.
Si podía mover los dedos.
Si recordaba su número de teléfono.
Ella contestaba a ratos, con la voz quebrada.
—Tengo veintiséis.
—Muy bien.
—Mi padre me va a matar.
—Primero que te vea viva. Luego ya discutís.
Clara soltó una risa mínima, casi sin aire.
Cuando llegaron los sanitarios, Diego se apartó, pero no se fue.
Un agente de carretera le tomó declaración.
—¿Usted la encontró?
—Sí.
—¿Vio otro vehículo?
—No. Nada.
—Menos mal que paró.
Diego miró a Clara mientras la subían a la camilla.
Ella giró la cabeza hacia él.
—Gracias —susurró—. De verdad.
—No me des las gracias. Aguanta, ¿vale?
Uno de los sanitarios se volvió hacia Diego.
—Está muy asustada. ¿Quiere venir al hospital? A veces ayuda ver una cara conocida.
Diego pensó en su trabajo.
Tenía que estar en la obra a las siete.
Si llegaba tarde otra vez, el encargado lo iba a machacar.
Pero luego miró a Clara.
Estaba pálida, temblando, agarrada a la manta como una niña.
Diego suspiró.
—Voy.
El hospital comarcal estaba lleno de luces blancas, pasillos fríos y gente esperando con cara de preocupación.
A Clara se la llevaron para hacerle pruebas.
Diego se quedó en una silla de plástico, con las botas llenas de polvo y las manos apoyadas en las rodillas.
No sabía por qué seguía allí.
No era su hermana.
No era su novia.
Ni siquiera la conocía.
Pero algo dentro de él le decía que no se fuera.
Se quedó hasta que un médico salió a buscarlo.
—¿Diego Ruiz?
Diego se levantó de golpe.
—Soy yo. ¿Cómo está?
—Va a estar bien. Tiene una conmoción leve, golpes fuertes, raspones y mucho susto. Pero no hay fracturas importantes ni daños internos.
Diego soltó el aire que no sabía que estaba guardando.
—¿Puedo verla?
El médico lo miró con duda.
—¿Es familiar?
—No. Yo la encontré. Solo quiero asegurarme de que está bien.
El hombre lo observó un segundo.
—Ha preguntado por usted. Habitación 218.
Clara estaba en una cama, con la cara limpia y un vendaje en el brazo.
Cuando Diego entró, ella sonrió con cansancio.
—Sigues aquí.
—Quería saber si estabas bien.
—Estoy viva gracias a ti.
—No exageres.
—No exagero.
Diego miró al suelo.
No estaba acostumbrado a que nadie le hablara así, como si hubiera hecho algo importante.
—El médico dice que mañana puedo salir —dijo Clara—. Mi padre viene en cuanto pueda.
—Me alegro.
—No sé ni tu apellido.
—Ruiz. Diego Ruiz.
—Clara Montes.
Le tendió la mano.
Diego se la estrechó con cuidado, como si pudiera hacerle daño.
—Te debo mucho, Diego.
—No me debes nada.
—Eso dices ahora.
Él sonrió, incómodo.
Hablaron unos minutos.
Ella le preguntó si trabajaba cerca.
Él dijo que estaba en una obra, cargando material y ayudando en reformas.
Ella dijo que trabajaba en “el negocio de la familia”, pero no dio más detalles.
Diego no preguntó.
Había gente que vivía en otro mundo. Se notaba sin que lo dijeran.
La moto cara.
La ropa cara.
La forma de hablar de su padre, que “venía en cuanto pudiera”, como si tomar un vuelo o cruzar medio país fuera algo sencillo.
Cuando terminó el horario de visitas, Diego se despidió.
—Cuídate, Clara.
—Tú también, Diego.
Él volvió a su camioneta pasada la medianoche.
Condujo de regreso con los ojos pesados, pensando en lo cerca que había estado esa chica de quedarse sola en la oscuridad.
No imaginaba que, por haber parado, su propia vida estaba a punto de cambiar de una manera absurda.
La mañana siguiente empezó mal.
El móvil se le apagó durante la noche y no sonó la alarma.
Diego abrió los ojos a las seis y cuarenta.
Tenía veinte minutos para vestirse, lavarse la cara y salir volando.
Llegó tarde.
El encargado lo esperaba con los brazos cruzados.
—Otra vez, Diego.
—Lo siento. Anoche hubo un accidente y…
—No quiero cuentos. Todos tenemos problemas.
Diego bajó la cabeza.
—No va a volver a pasar.
—Eso dijiste la semana pasada.
Lo pusieron a cargar sacos y subir placas durante horas, como castigo silencioso.
No se quejó.
No podía permitirse perder ese trabajo.
Cuando terminó la jornada, apenas sentía los dedos.
Subió a la camioneta, arrancó a duras penas y condujo a casa haciendo cálculos.
Si pedía prestado a alguien…
¿A quién?
Su madre vivía con una pensión pequeña.
Su hermano tenía tres hijos.
Sus amigos estaban igual o peor.
El aviso de desalojo parecía arderle en la cabeza.
Al llegar a su edificio, aparcó sin mirar demasiado.
Subió las escaleras.
Sacó la llave.
Y entonces empezó lo imposible.
La llave no abría.
Primero pensó que era cansancio.
Luego que se había equivocado de llave.
Después vio el piso por la ventana.
Vacío.
Sus muebles no estaban.
Su mesa vieja.
Su sofá hundido.
La estantería que había montado con tablas sobrantes.
Nada.
Bajó corriendo al aparcamiento.
La camioneta tampoco estaba.
Diego sintió que se le aflojaban las piernas.
—No, no, no…
Volvió a la puerta y golpeó con el puño.
—¡Oiga! ¡Es mi piso!
Nadie contestó.
Entonces una voz de mujer habló detrás de él.
—¿Diego Ruiz?
Él se giró.
Una señora de unos cincuenta años, elegante pero seria, estaba de pie en el descansillo. Llevaba una carpeta de cuero y unas gafas finas.
No parecía vecina.
—Soy yo —dijo Diego—. ¿Quién es usted?
—Me llamo Patricia Salgado. Trabajo con la administración del edificio.
Diego sintió rabia y vergüenza al mismo tiempo.
—Ya sé. Me cambiaron la cerradura, ¿verdad? Mire, sé que debo dinero, pero todavía tenía plazo. La carta decía treinta días.
Patricia levantó una mano con calma.
—Señor Ruiz, no ha sido desalojado.
—Entonces ¿por qué no entra mi llave?
—Porque este ya no es su domicilio.
Diego la miró sin entender.
—¿Cómo que ya no?
—Sus cosas han sido trasladadas.
—¿Trasladadas a dónde?
Patricia respiró hondo, como si ella misma supiera que lo que iba a decir sonaba ridículo.
—A su nueva casa.
Diego soltó una risa seca.
—¿Mi qué?
La mujer abrió la carpeta y sacó un llavero.
Tenía tres llaves nuevas y una etiqueta con una dirección escrita a mano.
—Felicidades, señor Ruiz. Desde hoy es propietario de una vivienda.
Diego no tocó las llaves.
Las miró como si fueran una trampa.
—No. No, esto es un error.
—No lo es.
—Yo no he comprado ninguna casa.
—La compraron por usted. Está pagada. Sin hipoteca. Sin deudas. La escritura está a su nombre.
Diego dio un paso atrás.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






