Una anciana se quedó sin medicina del corazón en pleno temporal, y un repartidor hizo lo que nadie se atrevió.
—No puedo mandarlo, doña Teresa. Las carreteras están cerradas. Ni las ambulancias están saliendo.
Julián, el farmacéutico del pueblo, tenía el teléfono pegado a la oreja y la cara blanca como la pared.
Pedro lo miró desde el mostrador, con las llaves de la furgoneta todavía en la mano.
Ya se iba a casa.
Ya se había puesto la chamarra.
Ya había prometido a Carmen, su esposa, que esa noche cenarían temprano y no volvería a salir.
Pero cuando escuchó la palabra “corazón”, se detuvo.
Julián bajó la voz.
—Entiendo, entiendo… sí, sé lo que puede pasar si no se toma la pastilla… pero no hay forma humana de llegar hasta allá.
Pedro no dijo nada.
Solo miró por la ventana.
El pueblo de San Mateo de la Sierra estaba casi enterrado. Las calles se habían quedado vacías desde las seis de la tarde. Las persianas de las tiendas estaban cerradas. Las farolas apenas alumbraban entre la cortina blanca que golpeaba los cristales.
Era el peor temporal que recordaban en treinta años.
Cuando Julián colgó, se quedó unos segundos con la mano sobre el teléfono.
—Era la vecina de doña Teresa —murmuró—. Doña Teresa Alarcón. Se le terminó la medicina del corazón. La receta nueva venía en un camión que se quedó atrapado antes de subir la carretera.
Pedro respiró hondo.
—¿Dónde vive?
Julián lo miró como si no hubiera entendido.
—No.
—¿Dónde vive, Julián?
—En el camino de Los Pinos. Arriba, pasando la curva del barranco.
Pedro conocía ese camino.
Veintisiete kilómetros desde el pueblo.
Una carretera estrecha, mala, llena de curvas, con una ladera de un lado y una caída profunda del otro. En verano era pesada. En invierno era una trampa.
—Pedro, no —insistió Julián—. Acaban de dar orden de que nadie salga. Los equipos de emergencia suspendieron las salidas. La máquina quitanieves se regresó. Hay tramos donde la nieve ya cubre media rueda.
Pedro apretó las llaves.
Tenía 56 años, las rodillas cansadas y la espalda marcada por cuatro décadas cargando cajas de medicinas, pañales, sueros y bolsas de farmacia.
No era héroe.
No llevaba uniforme.
No salía en la televisión.
Solo era el hombre de la furgoneta blanca, el que tocaba el claxon dos veces frente a las casas de los mayores y esperaba hasta verlos abrir la puerta.
—No podemos dejarla sin la medicina —dijo.
Julián se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Pedro, si te pasa algo, ¿qué le digo a Carmen?
Pedro tragó saliva.
Pensó en su esposa.
Pensó en la sopa caliente esperándolo en la cocina.
Pensó en su hija, que siempre le decía que ya estaba grande para andar metiéndose por caminos de montaña.
Luego pensó en doña Teresa, sentada sola, contando las pastillas de un frasco vacío.
—Dile que hice lo que tenía que hacer.
Julián lo conocía demasiado bien para seguir discutiendo.
Preparó la receta con manos rápidas. Metió la caja en una bolsa de plástico, luego dentro de otra, y la envolvió con papel para que no se mojara.
También le dio una manta térmica, una linterna, dos bengalas de emergencia, una botella de agua y unos guantes gruesos.
—Si ves que no puedes, te regresas —dijo Julián, mirándolo a los ojos—. Prométemelo.
Pedro no prometió.
Solo asintió.
Los primeros kilómetros parecieron posibles.
La carretera principal aún tenía huellas de los últimos vehículos que habían pasado antes del cierre. La furgoneta avanzaba despacio, con las cadenas en las ruedas golpeando contra el hielo.
Pedro manejaba inclinado hacia adelante, como si acercar la cara al parabrisas pudiera ayudarlo a ver mejor.
Los limpiaparabrisas luchaban contra la nieve.
El motor rugía.
La radio solo soltaba interferencia.
A los diez kilómetros, el pueblo desapareció detrás de él.
A los quince, la carretera dejó de parecer carretera.
Ya no había líneas.
Ya no había cunetas.
Solo una superficie blanca, irregular, donde cualquier sombra podía ser una piedra, un agujero o el borde de la caída.
Pedro bajó la velocidad hasta casi ir caminando.
—Despacio, vieja —le dijo a la furgoneta, dándole una palmada al volante—. Tú y yo hemos pasado cosas peores.
No era verdad.
Pero a veces uno tiene que hablarle a las cosas para no sentir que está solo.
Dos veces la furgoneta patinó.
La primera logró enderezarla.
La segunda se quedó atravesada durante casi cinco minutos, con la parte trasera demasiado cerca del borde del camino.
Pedro apagó el motor.
Se quedó inmóvil.
Respiró.
Luego salió al frío con la pala pequeña que llevaba detrás del asiento.
El viento le golpeó la cara como arena helada.
Sus manos se entumecieron en segundos.
Cavó alrededor de las ruedas, colocó unas ramas debajo y volvió a entrar. Giró la llave. El motor protestó, pero respondió.
—Vamos —susurró—. Una vez más.
La furgoneta salió.
Pedro no celebró.
Todavía faltaba mucho.
Cuando llegó al desvío de Los Pinos, casi se lo pasa de largo. El letrero estaba cubierto, apenas se veía una esquina de madera.
Giró con cuidado.
Ese camino no lo había tocado nadie.
La nieve llegaba por encima del eje de las ruedas en algunos tramos. El viento se metía entre los pinos y hacía crujir los árboles como si fueran puertas viejas.
Pedro avanzó metro a metro.
Cada curva parecía la última.
Cada subida parecía imposible.
A ratos no veía más allá del capó.
Pensó en regresar.
No por miedo a morir.
Eso se le ocurrió, claro. No era tonto.
Pensó en regresar porque, si se quedaba atrapado, no ayudaría a nadie. Ni a doña Teresa ni a Carmen ni a sí mismo.
Pero entonces recordó a su propia madre.
La vio como la había visto tantos años atrás, sentada en la cocina, partiendo una pastilla con un cuchillo porque la pensión no alcanzaba para comprar la caja completa.
Recordó cómo esperaba al médico del pueblo como si esperara a un hijo.
Y siguió.
—Cinco kilómetros más —se dijo.
Después fueron cuatro.
Después tres.
Después dejó de contar.
Una hora y media más tarde, cuando el trayecto normalmente tomaba veinticinco minutos, Pedro vio una luz amarilla entre los árboles.
La casa de doña Teresa estaba casi escondida bajo la nieve.
Era una cabaña humilde, de piedra y madera, con humo saliendo torcido de la chimenea.
Pedro dejó la furgoneta donde pudo. No intentó acercarla más. Tomó la bolsa de la medicina, la linterna y caminó.
La nieve le llegaba a las rodillas.
Dio un paso.
Luego otro.
Se resbaló junto al porche y cayó de lado, golpeándose el hombro.
La bolsa se le escapó de la mano.
Se arrastró hasta alcanzarla y la apretó contra el pecho como si llevara oro.
Cuando por fin tocó la puerta, no fue un golpe fuerte.
Fue más bien un ruego.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Una mujer de unos cuarenta y tantos años apareció envuelta en un abrigo, con el pelo recogido a medias y los ojos llenos de preocupación.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Usted es Pedro?
—Traigo la medicina.
La mujer se tapó la boca.
—Soy Ana, la vecina. Crucé antes de que cerrara todo. No quería dejarla sola. Pase, rápido.
El calor de la casa no fue suficiente para quitarle el frío a Pedro.
Adentro, en una sala pequeña, doña Teresa estaba sentada junto a la chimenea con varias mantas encima.
Tenía 82 años.
El cabello blanco, muy fino.
Las manos huesudas.
La piel grisácea.
Respiraba como si cada bocanada tuviera que pedir permiso para entrarle al pecho.
Ana tomó la caja con manos temblorosas.
—Doña Tere, ya llegó. Ya está aquí.
La anciana abrió los ojos apenas.
—¿Llegó…?
Pedro se acercó.
—Aquí está su medicina, doña Teresa.
Ana le ayudó a tomar la pastilla con agua.
Durante unos minutos nadie habló.
Solo se escuchaba el fuego, el viento y la respiración cansada de la anciana.
Pedro permaneció de pie, con la chamarra goteando sobre el suelo.
Entonces doña Teresa levantó una mano y le tocó los dedos.
—Pensé que no vendría nadie.
Pedro intentó sonreír.
—Pues alguien tenía que traerla.
Ana lo miró con una mezcla de alivio y asombro.
—El teléfono normal se cayó. Tuve que usar un aparato de emergencia que me dejó mi hermano. No pensé que la farmacia pudiera mandar a alguien.
—La farmacia no mandó a nadie —dijo Pedro—. Vine yo.
Aquella frase cayó en la habitación con más peso del que él quiso darle.
Ana abrió la boca, pero no dijo nada.
Doña Teresa cerró los ojos un momento.
—No se puede regresar esta noche —dijo con voz débil—. Se lo suplico. Quédese aquí.
Pedro caminó hasta la ventana.
La furgoneta apenas se distinguía entre remolinos blancos.
La carretera había desaparecido por completo.
Sacó su teléfono, pero no había señal.
Ana le ofreció el aparato de emergencia.
Pedro llamó a Carmen.
Cuando ella contestó, no lo regañó.
Eso lo asustó más.
—¿Estás vivo? —preguntó, con la voz rota.
—Estoy bien. Llegué con doña Teresa. Me quedaré aquí hasta que amanezca.
Del otro lado hubo silencio.
Luego Carmen respiró como si hubiera estado aguantando el aire durante una hora.
—Pedro, te quiero mucho, pero eres el hombre más terco que ha pisado esta tierra.
Él soltó una risa cansada.
—Ya lo sé.
—Abrígate. Y no te hagas el fuerte.
—No me hago.
—Sí te haces.
Pedro miró su hombro adolorido, sus pantalones empapados y sus manos rojas.
—Un poquito.
Carmen no se rió, pero él supo que estaba sonriendo.
Esa noche, Pedro durmió sentado en un sillón junto al fuego.
Ana se quedó en el sofá.
Doña Teresa descansó mejor después de la medicina.
Cada tanto, Pedro abría los ojos y la miraba respirar.
No sabía que la llamada de Ana había quedado registrada en un sistema especial.
No sabía que el nombre de doña Teresa, su medicamento y la emergencia habían encendido una alerta lejos de allí.
Mucho menos sabía que, al otro lado del mundo, un hombre con uniforme recibiría una noticia que le partiría el alma.
Al amanecer, el temporal había cedido.
La luz entraba por la ventana y hacía brillar la nieve como si alguien hubiera tirado sal por toda la montaña.
Pedro se levantó con el cuerpo duro y el hombro molido.
Lo primero que hizo fue acercarse a doña Teresa.
La anciana tenía mejor color.
Respiraba con menos esfuerzo.
Cuando abrió los ojos, lo reconoció enseguida.
—Usted me salvó la vida —dijo.
Pedro bajó la mirada.
—No diga eso. Solo traje una caja.
—No —respondió ella—. Trajo tiempo. Y a veces el tiempo es la vida entera.
Pedro no supo qué contestar.
Ana preparó café de olla y pan tostado. Pedro comió poco, más por educación que por hambre. Quería regresar al pueblo cuanto antes. Carmen estaría contando los minutos, aunque no lo dijera.
Antes de que saliera, doña Teresa pidió a Ana que le acercara una caja vieja de galletas.
De adentro sacó una fotografía gastada.
Se la dio a Pedro.
En la imagen aparecía un hombre de unos cuarenta años, fuerte, serio, con uniforme de rescate. Tenía los mismos ojos que doña Teresa.
—Es mi hijo, Daniel —dijo ella—. Trabaja en una unidad aérea de rescate. Siempre anda lejos, en misiones de esas que no puede contar.
Pedro observó la foto.
—Se parece a usted.
Doña Teresa sonrió con tristeza.
—Más testarudo que yo, eso sí. Hace más de un año que no lo veo. Me llama cuando puede. Dice que rescata gente. Pero anoche, cuando yo lo necesitaba, no podía estar aquí.
Pedro le devolvió la foto con cuidado.
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