Se rieron de la pasante con chaqueta militar, hasta que un helicóptero aterrizó en la azotea preguntando por su nombre en clave.
—¿Seguro que no te has equivocado de edificio?
Lucía Ramírez levantó la vista hacia la recepcionista. Tenía veinticuatro años, el cabello castaño algo revuelto y una mochila de tela tan gastada que parecía haber recorrido medio mundo.
—Vengo por las prácticas de operaciones —respondió—. Hoy es mi primer día.
La recepcionista miró la vieja chaqueta de camuflaje, los pantalones sencillos y las zapatillas marcadas por el uso. Después volvió a mirar la pantalla, como si Lucía ya le hubiera hecho perder demasiado tiempo.
—Siéntate allí. Ya vendrá alguien a buscarte.
La agencia ocupaba varias plantas de un moderno edificio de oficinas en Madrid. Había paredes de cristal, mesas brillantes y empleados que caminaban con el teléfono en la mano mientras hablaban de campañas, clientes y cifras.
Lucía se sentó en una esquina con la mochila sobre las rodillas.
No miró los cuadros ni los muebles caros.
Observó las salidas de emergencia, los extintores, las cámaras, la escalera y la cantidad de personas que entraban y salían de cada pasillo.
Clara, una ejecutiva de cuentas con traje impecable, pasó junto a ella y se detuvo.
—¿Han empezado a contratar gente de campamentos de supervivencia?
Bruno, que caminaba detrás con un vaso de café, soltó una carcajada.
—A lo mejor cree que esto es un cuartel.
Los dos siguieron avanzando, pero hablaron lo bastante alto para que ella los oyera.
Lucía no contestó.
Se limitó a ajustar una correa de la mochila y continuó esperando.
Poco después apareció Sergio, un coordinador joven que parecía estar siempre posando para una fotografía. Miró a Lucía de arriba abajo y sonrió.
—Aquí tenemos un código de vestimenta.
—No me enviaron ninguna indicación especial —respondió ella.
—Se nota.
Varias personas levantaron la cabeza desde sus escritorios. Algunas sonrieron. Otras intentaron disimular la risa detrás de sus pantallas.
Sergio señaló la chaqueta.
—¿Vienes preparada para trabajar o para cavar una trinchera?
—Para trabajar.
La respuesta fue tranquila, pero firme.
Eso hizo que Sergio se riera todavía más.
—Perfecto. Entonces empieza por no asustar a los clientes.
Cuando por fin la llevaron a la sala de reuniones, Lucía encontró a unas quince personas sentadas alrededor de una mesa larga. Álvaro, el responsable del equipo, repasaba los nombres sin levantar demasiado la vista de sus papeles.
—Clara, grandes cuentas. Bruno, estrategia digital. Sergio, coordinación. Vanessa, contenidos.
Pasó otra hoja.
—Lucía Ramírez, pasante temporal de logística… o algo así.
Lucía se puso de pie.
—Estoy aquí para apoyar en operaciones, inventario y coordinación de suministros.
Álvaro levantó una mano para cortarla.
—Sí, muy bien. Puedes empezar revisando el almacén. Hay varias cajas sin registrar desde el mes pasado.
Señaló unos portapapeles junto a la puerta.
—Cuenta bolígrafos, papel, cápsulas de café y lo que encuentres. Así te mantienes ocupada.
Alguien soltó una risa.
Vanessa se inclinó hacia Clara y susurró:
—Una agencia como esta contratando soldados. Lo que nos faltaba.
Lucía tomó el portapapeles.
Antes de salir, miró el plano de evacuación colocado junto a la puerta. Solo lo observó durante dos segundos, pero pareció memorizarlo por completo.
El almacén era una habitación estrecha sin ventanas. Había cajas apiladas, estanterías torcidas y paquetes que nadie había abierto en meses.
Lucía comenzó a trabajar sin quejarse.
No se limitó a contar objetos. Revisó fechas, comparó facturas, ordenó las cajas por uso y detectó que algunos pedidos aparecían duplicados.
También descubrió que se compraban productos que nadie utilizaba, mientras faltaban materiales esenciales cada dos semanas.
En menos de una hora había creado un sistema más claro que el que la agencia había usado durante años.
A las diez y cuarto, una alarma estridente comenzó a sonar en toda la planta.
Los empleados se taparon los oídos.
—Otra vez no —protestó Bruno—. Es la tercera vez esta semana.
Un técnico llamado Iván se acercó al panel de control y presionó varios botones.
—El relé vuelve a fallar. Tendrá que venir el servicio de mantenimiento.
—¿Cuándo? —preguntó Álvaro.
—En dos o tres días.
La alarma seguía chillando.
Algunos empleados sacaron sus teléfonos para grabar. Otros se refugiaron en las salas de reuniones y cerraron las puertas.
Lucía dejó el portapapeles sobre una caja y se acercó al panel.
—¿Puedo verlo?
Iván se apartó con una sonrisa burlona.
—Claro. Quizá en tu campamento también reparabais edificios.
Lucía abrió la tapa.
Examinó las conexiones, sacó un bolígrafo del bolsillo y presionó con cuidado una pequeña pestaña metálica que se había quedado bloqueada.
La alarma se detuvo.
El silencio cayó de golpe sobre la oficina.
Iván miró el panel. Luego miró a Lucía.
—¿Cómo has hecho eso?
Ella cerró la tapa.
—El relé no estaba roto. Solo se había desplazado por la vibración.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Lucía recogió su portapapeles.
—He tenido que reparar sistemas parecidos en lugares con bastante más presión.
Antes de que Iván pudiera preguntar algo más, apareció Ramiro, el encargado de las instalaciones. Venía hablando por teléfono, rojo de enfado.
—¿Quién ha tocado el panel?
Clara señaló a Lucía.
—La nueva. Lo arregló con un bolígrafo.
Ramiro observó la chaqueta militar y frunció el ceño.
—La próxima vez, deja estas cosas a los profesionales.
—Ya funciona —dijo Lucía.
—Por casualidad.
—No fue casualidad.
Ramiro soltó una risa seca.
—Los jóvenes siempre creen que pueden ser héroes por presionar un botón.
Se marchó sin darle las gracias.
Lucía regresó al almacén.
Apenas unos minutos después, Ramiro llamó al servicio técnico para cancelar la visita.
No explicó quién había resuelto el problema.
A mediodía, la sala de descanso estaba llena.
Lucía se sentó en un extremo de la mesa y sacó un sándwich envuelto en papel. A sus pies dejó la mochila, siempre cerrada y apoyada contra su pierna.
Clara se sentó enfrente.
—Tengo curiosidad. ¿Por qué llevas esa chaqueta?
—Es cómoda.
—Parece sacada de un depósito militar.
—Puede ser.
Bruno se rio.
—¿También duermes dentro de una tienda de campaña?
—No.
—¿Y sales a cazar después del trabajo?
Lucía mordió el sándwich y no respondió.
Sergio levantó su vaso.
—Cuidado con ella. Como rechacemos uno de sus informes, quizá nos persiga con un arco.
La mesa estalló en carcajadas.
Lucía bajó la mirada.
Solo el movimiento de sus dedos sobre el papel reveló que había escuchado cada palabra.
En aquel momento, la directora creativa entró en la sala con expresión de preocupación.
—Tenemos un problema con la grabación de esta tarde.
El equipo debía presentar una campaña al día siguiente. Habían alquilado un pequeño dron para conseguir imágenes aéreas, pero el operador acababa de cancelar.
—Sin esas tomas no podemos terminar el vídeo —dijo la directora—. El cliente revisará el material a primera hora.
Sergio vio a Lucía y sonrió.
—Pregúntale a la soldado. Seguro que puede pilotarlo mientras prepara su sándwich.
La directora no tenía ganas de bromas.
—¿Sabes manejar un dron?
Lucía se limpió las manos con una servilleta.
—Depende del modelo.
La llevaron hasta una sala abierta donde el aparato descansaba sobre una mesa.
Iván llevaba veinte minutos intentando conectarlo al sistema de control.
Lucía revisó los indicadores.
—La aplicación está mal configurada.
Sacó su teléfono, ajustó la frecuencia y sincronizó el aparato en pocos segundos.
—¿Vas a controlarlo con eso? —preguntó Bruno.
—Sí.
—¿Quién te crees que eres?
Lucía no contestó.
Llevó el dron a la terraza, comprobó el viento y lo hizo despegar con suavidad.
El aparato se elevó entre los edificios.
Lucía movía los dedos con precisión, sin gestos bruscos. Hizo pasadas lentas, giros limpios y acercamientos que parecían calculados al centímetro.
En la pantalla aparecieron imágenes estables, claras y perfectamente encuadradas.
La directora creativa dejó de hablar.
Cuando el dron aterrizó, nadie se rio.
—Estas tomas son mejores que las del operador anterior —admitió ella—. ¿Dónde aprendiste?
Lucía guardó el teléfono.
—Durante una evacuación.
—¿Una evacuación de qué?
Lucía miró el aparato durante unos segundos.
—De personas.
Tomó sus archivos y regresó al almacén.
La respuesta dejó un silencio incómodo.
Sergio fue el primero en romperlo.
—Seguro que habla de algún simulacro escolar.
Algunos volvieron a reírse, aunque ya no con la misma seguridad.
Lucía llegó antes que todos a la oficina la mañana siguiente.
Eran poco más de las siete cuando comenzó a revisar las rutas de reparto de materiales. Había descubierto que la agencia pagaba envíos urgentes porque nadie coordinaba las necesidades entre los departamentos.
En una libreta gastada dibujó un nuevo esquema.
Si se aplicaba, la empresa podría reducir los retrasos y ahorrar una cantidad considerable cada mes.
A las siete y media llegaron tres diseñadoras: Paula, Irene y Marta. Venían grabando un vídeo con el teléfono.
—Hoy haremos un día en la vida de un soldado de oficina —anunció Paula mirando a la cámara.
Irene se puso una papelera pequeña sobre la cabeza como si fuera un casco.
Marta saludó de forma exagerada.
Las tres se rieron.
Lucía continuó trabajando.
Paula le acercó un vaso de café vacío.
—Lleva esto al jefe y saluda como en el ejército.
—Estoy ocupada.
—Vamos, es una broma.
Irene vio la mochila junto a la silla.
—Seguro que guarda cosas increíbles.
Antes de que Lucía pudiera impedirlo, tomó la mochila y abrió la cremallera.
—No la toques —dijo Lucía.
Irene sacó una pequeña caja metálica oxidada.
—¿Qué es esto? ¿Raciones de emergencia?
Marta enfocó la caja con el teléfono.
Los comentarios aparecían en directo, acompañados de caras sonrientes.
Después Irene encontró un mapa doblado y muy desgastado. Tenía líneas, coordenadas y marcas hechas a mano.
—¡Mirad esto! —exclamó—. Nuestra exploradora tiene un mapa del tesoro.
Lucía se levantó.
—Devuélvemelo.
Su voz seguía siendo baja, pero algo había cambiado.
Ya no sonaba como una petición.
Irene dejó de sonreír por un instante.
—Tranquila. No vamos a romperlo.
—No sabes lo que tienes en las manos.
Cerca de allí, Manuel, el trabajador de limpieza, pasaba una mopa por el suelo. Era un hombre de sesenta y tantos años, barba gris y movimientos pausados.
Al ver el mapa, se quedó inmóvil.
Había trabajado durante años como técnico de navegación en una unidad de rescate. Reconoció la forma de las cuadrículas y la manera de marcar los corredores seguros.
No era un mapa turístico.
Tampoco era un recuerdo comprado en una tienda.
—Dáselo —dijo Manuel.
Las tres jóvenes lo miraron.
—Solo estamos jugando —respondió Paula.
—Ella os ha dicho que se lo devolváis.
Irene entregó el mapa.
Lucía lo dobló con mucho cuidado y lo guardó dentro de la mochila. Después tomó la caja metálica y comprobó que no se hubiera abierto.
Manuel cruzó la mirada con ella.
Lucía hizo un pequeño gesto con la cabeza.
Él respondió de la misma manera.
Ninguno dijo nada más.
En ese momento pasó Julián, el director financiero. Tenía más de sesenta años y caminaba con una leve cojera causada por un accidente de juventud.
Alcanzó a ver una esquina del mapa antes de que Lucía cerrara la mochila.
Se detuvo.
—¿Era una cuadrícula Lince Delta?
La risa desapareció del rostro de las diseñadoras.
Lucía miró a Julián.
—Sí.
—¿Quién señaló las rutas de salida?
—Yo.
El hombre palideció.
—¿Todas?
—Todas las que seguían abiertas.
Julián la observó como si acabara de reconocer a alguien a quien nunca esperaba encontrar allí.
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