Durante casi dos años pensé que nuestra profesora de Matemáticas no tenía corazón. Hasta que leyó tres líneas escritas en una tarjeta blanca y toda la clase dejó de verla de la misma manera.
La profesora Irene Salvatierra tenía sesenta y dos años y daba Matemáticas en segundo de Bachillerato, en un instituto público.
No era precisamente la profesora a la que uno pensaba volver a visitar después de terminar los estudios.
Llevaba el pelo gris recogido, casi siempre vestía de manera sencilla y entraba en clase con una puntualidad que daba miedo.
Con ella no había demasiadas excusas.
Si no llevabas los ejercicios hechos, lo anotaba.
Si llegabas tarde, lo anotaba.
Si suspendías un examen, no te decía que no pasaba nada.
Te miraba y decía:
—Tendrás que prepararlo mejor la próxima vez.
Yo tenía diecisiete años y vivía pendiente de las notas, de los exámenes finales y de si conseguiría entrar en la carrera que quería.
Me preocupaba por todo.
Y, aun así, tenía tiempo de sobra para juzgar a los demás.
Sobre todo a Gael.
Gael tenía dieciocho años y se sentaba en la última fila.
Se dormía en clase.
No hacía ruido ni molestaba a nadie.
Simplemente apoyaba la cabeza sobre los brazos y, a veces, se quedaba así durante varios minutos.
Entregaba ejercicios incompletos.
Sus notas habían bajado mucho.
Casi siempre llevaba el mismo sudadero gastado y tenía unas ojeras enormes.
Para nosotros, la explicación era muy sencilla.
Era un vago.
Una mañana, la profesora Salvatierra se detuvo junto a su mesa.
—Gael.
Él levantó la cabeza despacio.
—Si no quieres estar aquí, yo no puedo estudiar por ti.
Media clase se giró.
Yo también.
Gael se frotó los ojos.
—Lo siento, profesora.
Nada más.
Todavía recuerdo lo que pensé en ese momento.
Por lo menos podría inventarse una excusa mejor.
Unas semanas después teníamos un examen importante.
Yo había pasado buena parte de la tarde anterior repasando.
Cuando la profesora Salvatierra entró en clase, todos esperábamos verla sacar las hojas del examen.
Pero no llevaba ningún examen.
Traía una pequeña caja llena de tarjetas blancas.
Dejó una sobre cada mesa.
Después tomó una tiza y escribió en la pizarra:
x = ?
Nos miramos unos a otros.
No había ninguna ecuación.
Ningún número.
La profesora se volvió hacia nosotros.
—Hoy no vamos a buscar la x en un problema de Matemáticas.
Señaló las tarjetas.
—Hoy la x es eso que os está quitando fuerzas fuera de esta clase.
Nadie dijo nada.
Ella continuó.
—No escribáis vuestro nombre. Basta con una frase. Quiero que pongáis qué es lo que estáis cargando cada día cuando entráis por esa puerta.
Algunos soltaron una pequeña risa nerviosa.
Ella no sonrió.
—Durante meses he visto alumnos distraídos, cansados, que no entregan trabajos o que parecen no esforzarse. Y muchas veces he juzgado lo que veía.
Hizo una pausa.
—Quizá debería haber intentado entender primero lo que no veía.
Durante unos segundos nadie tomó el bolígrafo.
Entonces Gael empezó a escribir.
Sin pensarlo.
Poco a poco, los demás hicimos lo mismo.
Al terminar, doblamos las tarjetas y las dejamos dentro de la caja.
La profesora se sentó junto a su mesa y sacó la primera.
—En mi casa se discute casi todas las noches. A veces me quedo estudiando fuera más tiempo solo porque no quiero volver.
La clase quedó en silencio.
Sacó otra.
—Tengo miedo de no sacar suficiente nota y decepcionar a mi familia. Todos creen que sé qué quiero hacer con mi vida. Yo no tengo ni idea.
Otra más.
—Mis amigos piensan que no quiero salir con ellos. La verdad es que muchas veces no tengo dinero para acompañarlos.
Empecé a mirar a mis compañeros de otra forma.
Sabía cómo se llamaban.
Sabía quién sacaba buenas notas.
Sabía quién hablaba demasiado.
Pero, en realidad, no sabía casi nada de ellos.
Entonces la profesora abrió otra tarjeta.
Leyó la primera línea y se detuvo.
—Mi madre está gravemente enferma y ahora mismo apenas puede trabajar.
Levanté la mirada.
Gael estaba mirando fijamente su mesa.
La profesora continuó.
—Trabajo algunas tardes y los fines de semana para ayudar con la compra y con los gastos de casa. Cuando vuelvo, también hago muchas de las cosas que mi madre ya no puede hacer.
La voz de la profesora se volvió más baja.
—Hay noches en las que duermo tres o cuatro horas.
En ese momento lo entendí.
La letra torcida.
La forma de escribir.
Era Gael.
La profesora siguió leyendo.
—Sé que me duermo en clase. Lo siento. No es porque no me importe.
Se quedó quieta unos segundos.
Después leyó la última frase.
—Es que ya no sé dónde tengo permiso para estar cansado.
Nadie se movió.
La profesora Salvatierra bajó la tarjeta.
Por primera vez desde que la conocía, vi lágrimas en sus ojos.
Permaneció callada un momento.
Después dijo:
—Mi marido estuvo enfermo durante mucho tiempo.
Nunca nos había hablado de su vida privada.
—Por la mañana venía a dar clase. Después iba con él. Por la noche corregía exámenes y preparaba las clases del día siguiente.
Se quitó las gafas.
—Cuando murió, me aferré todavía más a las normas, al trabajo, a los horarios.
Miró a Gael.
—Creo que necesitaba convencerme de que, si todo estaba bajo control, la vida también lo estaría.
Respiró hondo.
—Pero las personas no son ecuaciones.
Gael no dijo nada.
Ella tampoco durante unos segundos.
Luego añadió:
—Lo siento, Gael. Tendría que haber preguntado antes de juzgarte.
Aquel día no hicimos el examen.
A la mañana siguiente había una pequeña mesa al fondo del aula.
Encima había fruta, galletas, algunos bocadillos y zumos.
No había ningún cartel.
La profesora Salvatierra solo dijo:
—Quien no haya desayunado puede coger algo. No hace falta explicar por qué.
No se convirtió de repente en una profesora fácil.
Seguía exigiéndonos que estudiáramos.
Seguía corrigiendo cada error.
Pero había cambiado algo importante.
Antes de sacar una conclusión, empezó a hacer preguntas.
Con Gael buscó momentos para ayudarle a recuperar lo que había perdido en clase.
Una tarde volví al aula porque me había dejado una bufanda.
Gael seguía allí.
Estaba sentado frente a una hoja de ejercicios.
O, mejor dicho, dormido sobre ella.
La profesora Salvatierra estaba sentada enfrente corrigiendo unos cuadernos.
Pensé que iba a despertarlo.
No lo hizo.
Siguió trabajando en silencio.
Un rato después, Gael abrió los ojos de golpe.
—Perdón, profesora.
Ella miró el reloj.
Después acercó la hoja hacia él.
—No pasa nada.
Señaló un ejercicio con el bolígrafo.
—Seguimos desde aquí.
Han pasado años.
He olvidado muchas de las fórmulas que aprendí en aquella clase.
Pero nunca he olvidado aquella tarjeta blanca.
Porque ese día entendí lo rápido que convertimos una conducta en una sentencia sobre una persona.
El que duerme es un vago.
El que no habla es antipático.
La profesora estricta no tiene corazón.
Y casi nunca sabemos qué ocurrió antes de que esa persona cruzara la puerta.
Desde entonces intento recordarlo.
No siempre podemos solucionar los problemas de los demás.
Pero sí podemos dejar de juzgar durante unos minutos.
Y preguntarnos:
¿Cuánto peso estará cargando esta persona sin que nadie se dé cuenta?
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