Perdió la entrevista de su vida por ayudar a una desconocida, pero al día siguiente ocurrió algo imposible

Perdió la entrevista que podía cambiarle la vida por ayudar a una desconocida; al día siguiente, ella le ofreció algo mucho mayor.

Andrés Salgado miró el reloj de su motocicleta y sintió un golpe en el estómago.

Le quedaban veintitrés minutos para llegar a una entrevista que había esperado durante meses. Ya había repasado cada respuesta posible, llevaba su currículum dentro de una carpeta protegida y había planchado su única camisa formal dos veces.

Entonces vio el automóvil detenido en medio de una avenida de Guadalajara.

Los demás conductores simplemente lo rodeaban.

Algunos tocaban el claxon. Otros hacían una maniobra rápida y seguían adelante.

Junto al sedán estaba una mujer de unos cuarenta y tantos años, vestida con pantalón oscuro y saco formal. Sostenía el teléfono con una mano y abría la puerta del conductor una y otra vez con evidente desesperación.

Andrés redujo la velocidad.

Luego volvió a mirar el reloj.

Veintiún minutos.

—No te metas —murmuró.

Necesitaba ese empleo.

A sus 35 años, estaba cansado de trabajos temporales, contratos de pocos meses y entrevistas que terminaban siempre con la misma frase: “Nos pondremos en contacto”.

Esta vez podía ser diferente.

La vacante era para un puesto administrativo relacionado con análisis financiero. No era un cargo espectacular, pero tenía sueldo fijo, prestaciones y posibilidades de crecer.

Para Andrés, aquello era enorme.

Llevaba semanas estudiando.

Había leído todo lo que había encontrado sobre el sector. Había practicado preguntas frente al espejo. Incluso había pedido prestados unos zapatos a su hermano porque los suyos estaban demasiado gastados.

Solo tenía que llegar a tiempo.

Y seguir su camino habría sido lo lógico.

Pero miró otra vez a la mujer.

Nadie se detenía.

Andrés apretó el manubrio, avanzó unos metros y finalmente dio vuelta.

Se estacionó junto a la banqueta.

La mujer levantó la cabeza al verlo acercarse.

Su expresión mostró alivio durante apenas un segundo. Después apareció la cautela.

Andrés la reconoció de inmediato.

No era raro.

Un desconocido en una motocicleta vieja acercándose mientras ella estaba sola junto a un automóvil inmovilizado.

—¿Problemas con el coche? —preguntó manteniendo cierta distancia.

—Ya pedí asistencia —respondió ella.

Su tono era correcto, pero frío.

Andrés miró la avenida congestionada.

—Puede tardar bastante. ¿Qué hace cuando intenta encenderlo?

La mujer dudó.

—Nada. Hace un sonido y se apaga.

Andrés volvió a mirar el reloj.

Diecinueve minutos.

Aquello ya era una mala idea.

—Abra el cofre —dijo—. Puedo mirar rápido.

Ella todavía parecía insegura.

Andrés soltó una pequeña risa.

—Señora, tengo mucha más prisa que usted. Si no veo algo sencillo en dos minutos, me voy.

La frase pareció tranquilizarla.

La mujer abrió el cofre.

Andrés no era mecánico, pero durante años había mantenido funcionando su motocicleta y varios coches viejos de su familia porque pagar un taller por cada pequeño problema no siempre era posible.

Revisó los cables.

Uno de los terminales de la batería estaba flojo.

—Creo que ya lo encontré.

Sacó una pequeña herramienta que llevaba bajo el asiento de la motocicleta.

Sus dedos se movieron rápido.

Ajustó el terminal.

Volvió a comprobarlo.

—Intente ahora.

La mujer entró al vehículo.

El motor encendió.

Ella permaneció unos segundos sujetando el volante, claramente aliviada.

Después bajó.

—Muchas gracias.

—No hay problema.

Andrés miró el reloj.

Quince minutos.

La oficina de la entrevista estaba todavía demasiado lejos.

Su rostro cambió.

La mujer lo notó.

—¿Iba a algún lugar importante?

Andrés guardó la herramienta.

—A una entrevista.

—¿A qué hora?

Él soltó aire por la nariz.

—Hace cinco minutos debería haber estado registrándome en recepción.

Ella miró hacia la motocicleta y luego hacia él.

—Lo siento.

—Yo decidí detenerme.

Se colocó el casco.

—Que tenga buen día.

—Espere.

La mujer abrió su bolso y sacó una tarjeta.

Andrés la recibió sin interés.

—No hace falta que me pague.

—No estoy intentando pagarle.

—Entonces, ¿qué es?

—Llámeme mañana.

Andrés miró brevemente la tarjeta.

Mariana Robles.

Directora general.

Debajo aparecía el nombre de una empresa privada de servicios financieros.

Andrés levantó la vista.

—¿Por qué tendría que llamarla?

—Porque quiero hablar con usted.

—Solo ajusté un cable.

—Llámeme.

Mariana subió al coche.

Unos segundos después se incorporó al tráfico.

Andrés se quedó inmóvil.

Luego miró otra vez el reloj.

Ya no había manera de llegar a tiempo.

Aun así, aceleró.

Cuando llegó al edificio de su entrevista, habían pasado casi treinta minutos desde la hora acordada.

La recepcionista revisó la agenda.

—Señor Salgado, el proceso ya continuó con los demás candidatos.

—¿Podría esperar? Tal vez alguien pueda recibirme al final.

La mujer hizo una llamada.

Esperó.

Negó suavemente con la cabeza.

—Lo siento. El responsable de contratación no puede modificar el horario.

Andrés agradeció y salió.

No discutió.

No contó la historia del automóvil.

No intentó convencer a nadie de que había tenido una buena razón.

Sabía cómo sonaría.

Había llegado tarde.

Eso era todo.

Esa noche dejó la carpeta con su currículum sobre la pequeña mesa de su departamento y calentó algo de comida.

No tenía hambre.

Su renta vencía en dos semanas.

La motocicleta necesitaba una reparación.

Y el trabajo temporal que había tenido durante los últimos meses había terminado.

Pensó muchas veces en los segundos anteriores a detenerse.

Podía haberse ido.

Podía haber llegado a la entrevista.

Podía estar celebrando.

Pero cada vez que intentaba arrepentirse por completo, recordaba a Mariana sola junto al coche mientras todos pasaban de largo.

No podía saber qué habría ocurrido.

Solo sabía qué había elegido hacer.

A la mañana siguiente recibió un correo.

“Gracias por su interés. Hemos decidido continuar el proceso con otros candidatos”.

Andrés dejó el teléfono sobre la cama.

Aquello sí dolió.

Durante varios minutos permaneció sentado mirando el suelo.

Después vio la tarjeta.

Seguía sobre el buró.

Mariana Robles.

La tomó.

La giró entre sus dedos.

No quería llamar.

Le incomodaba la idea de recibir una recompensa por haber ayudado a alguien.

Mucho menos quería pedir trabajo.

Pero ella había sido clara.

“Llámeme”.

Andrés marcó.

La llamada apenas sonó dos veces.

—¿Andrés?

Él se sorprendió.

—Sí.

—Pensé que llamaría antes.

—No estaba seguro de hacerlo.

—¿Consiguió llegar a su entrevista?

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