Encadenado bajo un puente y con el agua al cuello, aquel pastor alemán ignoró su propia vida por tres gatitos.
El perro volvió a lanzar un gemido corto.
No me estaba mirando a mí.
Tenía los ojos clavados en una vieja canasta de mimbre que se balanceaba unos metros más adelante, atrapada contra un borde de concreto bajo el puente.
—Tranquilo. Ya te vi —le dije.
Pero él siguió mirando la canasta.
Me llamo Javier Morales, tenía 57 años entonces y trabajaba como mecánico en Guadalajara. Desde que murió mi esposa, las motocicletas y un pequeño grupo de amigos se habían convertido en mi manera de mantener la cabeza ocupada.
Nos hacíamos llamar Rutas de Acero.
El nombre sonaba más duro de lo que realmente éramos.
Éramos mecánicos, enfermeros, electricistas, conductores, albañiles y jubilados que salíamos juntos los fines de semana. Cuando alguna comunidad necesitaba alimentos, cobijas o ayuda para mover cosas después de una emergencia, tratábamos de echar una mano.
Aquella tarde llevábamos alimento para animales y botellas de agua a un refugio temporal.
Yo iba delante cuando escuché al perro.
Bajé de la motocicleta y descendí por un terraplén embarrado hasta encontrarlo.
Era un pastor alemán viejo.
Tenía el lomo negro, las patas color miel y el hocico lleno de canas. Una oreja se mantenía recta y la otra tenía la punta ligeramente doblada. Sobre la nariz llevaba una cicatriz curva que parecía una pequeña luna.
El agua ya le llegaba casi al cuello.
Una cadena gruesa salía de su collar y terminaba en una argolla fijada a uno de los pilares.
Alguien había querido asegurarse de que no pudiera irse.
Intenté acercarme.
El perro no gruñó.
No enseñó los dientes.
Solo estiró el cuello hacia la canasta.
Entonces escuché otro sonido.
Muy débil.
Como un chillido.
Miré mejor.
Algo diminuto apareció sobre el borde del mimbre.
Una pata.
No era de cachorro.
Era de gato.
—No puede ser…
Entré al agua.
La corriente golpeó mi pierna izquierda y casi me hizo perder el equilibrio. Tenía una rodilla dañada desde hacía años y, por un segundo, pensé que no iba a poder avanzar.
Me sujeté del pilar.
La cadena tenía un candado.
Tiré de él.
Nada.
El pastor alemán se pegó al concreto mientras yo manipulaba su collar. Cualquier perro asustado habría intentado morderme.
Él ni siquiera volvió la cabeza.
Solo miraba a los gatitos.
Como si estuviera diciéndome:
A ellos primero.
Escuché motores arriba.
Mis compañeros habían notado que yo no seguía con ellos.
En menos de dos minutos comenzaron a bajar.
Ramón apareció primero.
Era enorme, con barba gris y brazos cubiertos de tatuajes. Había trabajado muchos años en emergencias antes de jubilarse, y tenía esa extraña capacidad de entender una situación con una sola mirada.
—¿Qué tenemos?
—Perro encadenado. Tres gatitos en una canasta.
Ramón miró hacia el agua.
—Cuerda. Ahora.
Nadie discutió.
Tomás ató una cuerda alrededor de su cintura. Dos compañeros se quedaron detrás para sujetarlo. Otro aseguró una segunda línea más arriba.
Marisol llegó poco después en una camioneta.
Era enfermera y siempre cargaba una caja con herramientas básicas porque decía que nunca sabías cuándo algo podía servir.
Ese día llevaba unas pinzas grandes para cortar metal.
Nos salvaron.
Pero todavía no lo sabíamos.
La canasta se movió.
El pastor alemán dio un salto hacia ella.
La cadena se tensó con tanta fuerza que el collar se hundió entre su pelo mojado.
—Quieto, amigo.
Le puse una mano sobre el pecho.
El perro temblaba.
No de agresividad.
De esfuerzo.
Marisol me entregó las pinzas.
Intenté colocarlas alrededor de un eslabón, pero la posición era horrible. Si empujaba demasiado, podía hacer que el perro perdiera el equilibrio.
—Prueba con el candado —dijo ella.
—No puedo verlo.
—Entonces tócalo.
Metí la cabeza bajo el agua.
Mis dedos encontraron primero la cadena.
Después el candado.
Intenté acomodar las pinzas.
La corriente me golpeó contra el pilar y salí tosiendo.
—Otra vez —gritó Ramón.
Lo intenté.
Entonces ocurrió.
Una rama grande apareció arrastrada por el agua y chocó contra la canasta.
El mimbre se soltó del borde.
Los gatitos chillaron.
El perro se lanzó.
La cadena lo frenó en seco.
Su cabeza desapareció bajo el agua.
Lo agarré con ambos brazos.
—¡La canasta!
Tomás entró.
El agua le llegó a la cintura mientras avanzaba sujeto por la cuerda.
Otro compañero entró detrás de él.
Los demás tiraban desde la orilla.
La canasta giró una vez.
Luego otra.
Uno de los gatitos estuvo a punto de caer.
Tomás estiró el brazo.
No llegó.
Dio otro paso.
—¡Un poco más!
Los hombres que sostenían la cuerda se inclinaron hacia atrás.
Tomás consiguió agarrar el asa rota.
Al mismo tiempo, Marisol logró colocar las pinzas sobre el candado.
Apretamos entre los dos.
Nada.
Volvimos a intentarlo.
Escuché un golpe metálico.
El candado cedió.
La cadena quedó floja.
Por unos segundos, todo pareció detenerse.
Yo sostenía al perro.
Tomás sostenía la canasta.
Nuestros compañeros sostenían las cuerdas.
Y el perro seguía intentando mirar a los gatos.
—¡Sáquenlos!
Primero salió la canasta.
Había tres gatitos dentro.
Dos eran anaranjados.
La tercera era gris, con las patas blancas.
Estaban empapados, temblando y haciendo pequeños sonidos, pero estaban vivos.
Después sacamos al pastor alemán.
En cuanto tocó tierra firme, cayó de lado.
Pensé que trataría de levantarse.
No lo hizo.
Arrastró el hocico unos centímetros y lo apoyó contra la canasta.
Uno.
Dos.
Tres.
Los miró como si estuviera contando.
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