Doce motociclistas frenaron por una caja empapada; dentro, la cachorra más pequeña aún luchaba por seguir viva
Cuando levanté la tapa de aquella caja junto a una carretera de Puebla, había cinco cachorros dentro.
Cuatro no se movían.
Entonces, desde el rincón más oscuro, una patita diminuta empujó el cartón mojado.
—Aquí hay una viva —dije.
Los once motociclistas que estaban detrás de mí dejaron de hablar.
Yo tenía 59 años y llevaba media vida recorriendo carreteras. Mis amigos me llamaban Oso por mi tamaño, mi barba gris y mi aspecto poco amable. A veces bastaba verme con mi chaleco de cuero para que algunas personas se apartaran.
Pero aquella mañana no importaba cómo nos veía la gente.
Importaba aquella cachorra.
Éramos doce motociclistas que regresábamos de una colecta de alimento para animales abandonados. Al pasar por una carretera secundaria, vi una caja medio hundida en una cuneta.
Al principio pensé que era basura.
Hasta que se movió.
Levanté la mano y todos frenamos.
Mi amigo Martín se acercó conmigo. Elena, otra integrante del grupo, abrió una de las maletas de su motocicleta y sacó una toalla limpia.
Me arrodillé y abrí el cartón.
La cachorra parecía tener unas seis semanas. Era mestiza, de pelaje atigrado y blanco, con una mancha clara en el pecho. Estaba tan débil que apenas podía mantener los ojos abiertos.
La tomé con las dos manos.
Pesaba casi nada.
No ladró.
No intentó escapar.
Simplemente apoyó su nariz fría sobre mi pulgar y soltó un sonido tan pequeño que casi se perdió entre el ruido de la carretera.
Pero lo escuchamos.
Todos.
Era suficiente para decirnos que todavía estaba allí.
Martín abrió su chaqueta.
—Dámela.
Elena envolvió a la cachorra en la toalla y Martín la sostuvo contra su pecho.
Aquel hombre tenía 61 años, brazos cubiertos de tatuajes y una cara que podía asustar a cualquiera en una estación de servicio.
Sin embargo, en ese momento temblaba más que la cachorra.
—Tenemos que llevarla a una clínica —dijo Elena.
Llamé a una veterinaria de urgencias de la zona.
Nos dijeron que fuéramos inmediatamente.
Uno de nuestros compañeros tenía una camioneta para transportar equipo. Martín subió atrás con la cachorra, mientras Elena se sentaba delante para mantener contacto con la clínica.
Los demás los seguimos.
Durante el camino, Martín no dejó de hablarle.
—Quédate conmigo, pequeña.
Después hizo una pausa.
—Te llamaré Suerte.
La cachorra movió ligeramente una pata.
Y así obtuvo su nombre.
Suerte.
Al llegar, una veterinaria llamada Laura salió a recibirnos.
Cuando vio a la cachorra, no perdió tiempo.
—Necesitamos estabilizarla ahora.
Martín tardó unos segundos en entregársela.
No porque quisiera impedir que la ayudaran.
Era porque después de tenerla contra su pecho durante todo el trayecto, parecía sentir que soltarla significaba perderla.
—Era la única que se movía —dijo.
Laura asintió.
—Vamos a hacer todo lo posible.
Nos quedamos fuera de la sala.
La temperatura de Suerte era demasiado baja. También tenía el nivel de azúcar peligrosamente reducido y estaba muy débil.
No presentaba grandes heridas.
Su problema era más silencioso.
Había pasado demasiado tiempo sin alimento, protección ni calor.
El equipo comenzó a trabajar.
Líquidos.
Calor controlado.
Glucosa.
Oxígeno.
Alimentación en cantidades muy pequeñas.
Los doce esperamos.
Elena caminaba de un lado a otro.
Martín se sentó con las manos entrelazadas.
Yo intentaba mirar el teléfono, pero llevaba diez minutos observando la misma pantalla.
Finalmente, Laura salió.
—Está muy delicada —nos dijo.
Nadie habló.
Entonces añadió:
—Pero está luchando.
Aquellas cuatro palabras nos dieron algo a lo que aferrarnos.
Pasaron horas.
Cerca de media tarde, una auxiliar salió con una sonrisa.
—Levantó la cabeza.
Elena se tapó la cara.
Martín miró hacia el suelo.
Yo cerré los ojos.
Por primera vez pensé que Suerte quizá no sería solamente un nombre lleno de esperanza.
Quizá realmente tendría suerte.
Permaneció tres días en la clínica.
Durante ese tiempo nos convertimos, probablemente, en los visitantes más insistentes que habían tenido.
Llamábamos para preguntar cómo estaba.
Llevábamos toallas.
Preguntábamos cuánto costaba el tratamiento.
Dejábamos dinero antes de que nos lo pidieran.
Martín compró una cama térmica aunque nadie le había dicho que lo hiciera.
Elena comenzó a anotar cada actualización.
Yo intentaba convencer a todos de que debíamos dejar trabajar al personal.
Mientras hacía exactamente las mismas preguntas que ellos.
Suerte avanzaba poco a poco.
Primero pudo mantener su temperatura.
Después aceptó alimento.
Luego comenzó a moverse buscando una mano caliente.
Un día nos enviaron un pequeño video.
Suerte aparecía envuelta en una manta, bostezando.
Esa noche había casi veinte motociclistas alrededor de un solo teléfono viendo el video una y otra vez.
Martín lo vio cuatro veces.
Nadie se burló.
Nuestro lugar de reunión era un antiguo taller adaptado en las afueras de Puebla.
Había herramientas, mesas viejas, cascos y piezas de motocicleta.
Pero también almacenábamos alimento, mantas y transportadoras que reuníamos para apoyar a personas que cuidaban animales abandonados.
Colgamos una fotografía de Suerte en una pared.
Debajo apareció un frasco.
Elena escribió en una etiqueta:
“Para Suerte”.
Un compañero dejó 200 pesos.
Otro puso 500.
Martín dejó mucho más y se negó a decir cuánto.
Cuando finalmente llegó el momento de decidir dónde pasaría Suerte su recuperación, empezaron los problemas.
Todos querían llevársela.
—Yo puedo cuidarla —dijo Elena.
—También yo —respondió Martín.
Otro compañero afirmó que no le gustaban los cachorros.
Cinco minutos después estaba buscando camas pequeñas en su teléfono.
Entonces llamó Laura.
—Suerte puede salir mañana, pero necesita quedarse con alguien que pueda vigilarla, alimentarla varias veces y llevarla rápidamente a revisión si ocurre algo.
Todos me miraron.
—¿Qué? —pregunté.
Elena sonrió.
—Vives cerca.
Martín añadió:
—Tienes patio cerrado.
—Y tienes una habitación vacía desde que murió tu perro —recordó otro.
Suspiré.
—De acuerdo. Pero será temporal.
Todos comenzaron a reír.
La palabra “temporal” duró aproximadamente cuatro horas.
La tarde en que Suerte llegó a mi casa, la puse sobre una manta en la sala.
Caminó unos centímetros.
Olfateó mi mano.
Después se acomodó contra mi brazo y se quedó dormida.
Yo permanecí sentado observando cómo subía y bajaba aquel pequeño pecho.
Entonces entendí algo.
No iba a volver a irse.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






