Lo dejaron encadenado con el agua al cuello, pero nadie esperaba lo que haría su rescatista después

LO DEJARON ENCADENADO CON EL AGUA AL CUELLO; MINUTOS DESPUÉS, SU CABEZA DESAPARECIÓ Y TUVIMOS QUE DECIDIR EN SEGUNDOS.

—¡Detén la lancha!

Jorge redujo la velocidad de inmediato. Yo ya tenía una cuerda entre las manos cuando escuché otra vez aquel sonido.

No era exactamente un ladrido.

Era una tos ahogada, seguida por el golpe metálico de algo bajo el agua.

Giré hacia una casa de una sola planta, en una colonia de las afueras de Villahermosa, Tabasco. El patio había desaparecido bajo el agua. Solo sobresalían la parte superior de una cerca metálica, algunos arbustos y el aro torcido de una canasta de básquetbol.

Entonces lo vi.

Era un perro grande, mestizo de pastor alemán, de unos siete años. Tenía el hocico empezando a ponerse gris y el agua le llegaba casi hasta la mandíbula.

Sus orejas estaban hacia atrás.

Sus ojos estaban clavados en nosotros.

Y alrededor del cuello llevaba una cadena.

La cadena bajaba bajo aquella agua oscura y terminaba amarrada a uno de los postes de la cerca. Cada vez que intentaba acercarse a la lancha, se tensaba y tiraba de él hacia atrás.

El perro levantó la cabeza todo lo que pudo.

Intentó ladrar.

Le entró agua en la boca.

Volvió a toser.

—Está encadenado —dijo Diego desde la proa.

Yo ya lo sabía.

Mi nombre es Mariana Torres. Tenía treinta y nueve años entonces y colaboraba como voluntaria con una pequeña brigada de rescate durante las inundaciones.

Jorge, de cuarenta y seis, conducía la lancha.

Diego, de veintinueve, llevaba el equipo médico.

Habíamos pasado horas sacando personas de casas y trasladando animales encontrados en patios, azoteas y habitaciones inundadas. Pero nunca había visto a un perro obligado a permanecer exactamente en el lugar del que todos los demás habían huido.

—La corriente está fuerte —me advirtió Jorge.

—Lo sé.

Diego levantó unas pinzas grandes para cortar metal.

—Voy contigo.

Jorge negó con la cabeza.

—Una persona entra. Los otros dos controlamos la cuerda.

Me até la línea de seguridad alrededor de la cintura, tomé las pinzas y bajé de la lancha.

El agua me golpeó las piernas con una fuerza que no parecía posible desde arriba.

Busqué el piso con las botas.

No podía verlo.

Solo podía sentirlo.

—Tranquilo —le dije al perro—. Ya te vimos.

Él empezó a temblar.

Avancé sujetándome de la cuerda mientras Jorge mantenía tensión desde la lancha.

Entonces ocurrió.

Las patas delanteras del perro resbalaron de lo que probablemente era un pequeño desnivel del patio.

Su cabeza desapareció.

—¡Mariana! —gritó Diego.

Solo vimos ondas.

Corrí como pude.

Un segundo después, el perro volvió a sacar el hocico y tomó aire desesperadamente.

Llegué hasta él y pasé un brazo debajo de su pecho.

—Aquí estoy. Aquí estoy.

El animal estaba tan agotado que ni siquiera intentó defenderse.

Eso fue lo que más me impresionó.

Un perro asustado puede morder.

Puede luchar.

Puede intentar escapar.

Él no hizo nada.

Solo dejó que lo sujetara.

Como si ya hubiera decidido que nosotros éramos su última posibilidad.

Busqué la cadena con una mano.

El agua estaba demasiado turbia para verla.

Seguí los eslabones desde el collar hasta el fondo y mis dedos chocaron con algo duro.

Un candado.

—Está cerrado con candado —grité.

Jorge soltó una palabra entre dientes.

Diego preparó otra cuerda.

—Te lanzo un lazo. Pásalo debajo del pecho.

Lo hice.

El perro tosió otra vez.

Tenía los ojos abiertos de par en par y la nariz apenas fuera del agua.

Metí las pinzas debajo de la superficie.

Primer intento.

Fallé.

La corriente empujó mis brazos y las pinzas golpearon la cerca.

Segundo intento.

Atrapé un eslabón.

Apreté.

Nada.

—¡El agua sigue subiendo! —gritó Jorge.

No necesitaba recordármelo.

Lo veía en el cuello del perro.

—Una vez más.

Diego y Jorge tensaron la cuerda que rodeaba su pecho. Eso levantó unos centímetros al animal y quitó presión sobre su collar.

Volví a buscar el eslabón.

Esta vez lo encontré bien.

Apreté las pinzas con todo mi peso.

El metal cedió.

Escuché un golpe seco.

La cadena cayó al fondo.

—¡Está libre!

Durante un instante, el perro permaneció inmóvil.

Después la corriente lo empujó hacia un lado.

Lo abracé alrededor del pecho.

—¡Jalen!

Jorge y Diego tiraron de la cuerda mientras yo intentaba mantener su cabeza fuera del agua.

Sus patas traseras apenas se movían.

Llegamos hasta la lancha.

Diego se inclinó tanto que pensé que terminaría cayendo conmigo.

Entre los tres levantamos al perro.

Cayó sobre el piso metálico, completamente agotado.

Tosió.

Intentó levantarse.

No pudo.

Yo subí detrás de él.

Me senté todavía respirando con dificultad.

El perro se arrastró lentamente unos centímetros.

Y puso la cabeza sobre mi bota.

Ahí fue cuando lloré.

No hice ningún discurso.

No dije nada.

Solo me quedé mirándolo.

Jorge giró hacia el motor fingiendo estar ocupado.

Diego colocó una manta encima del animal.

—Necesitamos ponerle un nombre.

Miré el pedazo de cadena que todavía colgaba del collar.

—Ancla.

Diego me miró.

—¿Ancla?

Asentí.

Porque eso habían intentado convertirlo en aquella casa.

Algo atado.

Algo condenado a quedarse donde estaba.

Y porque desde aquel momento quería que esa palabra significara otra cosa.

Algo que te mantiene vivo.

No algo que te hunde.


No pudimos abandonar inmediatamente la zona.

Todavía había casas que revisar.

Ancla permaneció acostado junto a mis piernas mientras avanzábamos por calles donde apenas se veían las partes superiores de las bardas y algunas puertas.

Cada pocos minutos, Diego revisaba su respiración.

El perro temblaba incluso debajo de la manta.

Cuando escuchaba algún golpe procedente de una vivienda, levantaba la cabeza.

Miraba.

Esperaba.

Como si todavía creyera que las personas de su casa podían aparecer en cualquier momento.

Le puse una mano sobre el lomo.

—Ya pasó.

Pero para él no había pasado.

No todavía.

Horas después llegamos a una escuela utilizada como punto temporal de atención.

Había familias esperando transporte, voluntarios cargando cajas y varios animales en jaulas provisionales.

Llevé a Ancla en brazos.

Cuando entré, varias personas se quedaron mirando.

No por mí.

Por el trozo de cadena que seguía unido a su collar.

Una veterinaria llamada Elena Rivas se acercó inmediatamente.

Tendría unos cuarenta y tantos años.

—Ponlo aquí.

Cortó el collar mojado.

La piel debajo estaba irritada.

Tenía pequeños cortes en las patas y había tragado agua.

También estaba demasiado delgado para un perro de su tamaño.

—¿Dónde estaba?

—Encadenado a una cerca.

Elena dejó de trabajar durante medio segundo.

—¿Con el agua así de alta?

—Hasta el cuello.

No dijo nada más.

Continuó examinándolo.

Más tarde supimos algo sobre la casa.

Una persona de la colonia había visto salir a quienes vivían allí antes de que la zona quedara completamente inundada.

Habían cargado maletas.

Cajas.

Comida.

Varias pertenencias.

También se habían llevado a otro perro pequeño.

Alguien incluso les preguntó por el perro grande del patio.

La respuesta había sido que seguramente alguien iría por él.

Pero nadie avisó.

Nadie regresó.

Ancla se quedó atado.

No necesitaba saber más.

Durante una emergencia todos pueden sentir miedo.

Todos pueden equivocarse.

Todos pueden tomar decisiones apresuradas.

Pero abrir un candado necesitaba segundos.

Ellos habían tenido esos segundos.

Ancla pasó la noche bajo observación.

Yo terminé mi turno cerca de la medianoche.

Tenía las piernas doloridas y un golpe en la rodilla que empezaba a ponerse morado.

Podía haberme acostado inmediatamente.

En lugar de eso fui a buscarlo.

Estaba dentro de una jaula grande sobre varias toallas.

Al verme, levantó la cabeza.

Solo un poco.

Después su cola golpeó una vez el suelo.

Me agaché.

Pasé los dedos entre las barras.

Ancla acercó el hocico.

—Lo siento —murmuré.

No sé exactamente por qué me disculpé.

Quizá porque alguien tenía que hacerlo.

Él cerró los ojos manteniendo la nariz contra mi mano.

Aquella noche dormí menos de dos horas.

Cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen.

El hocico desapareciendo.

La cadena tensándose.

Las pinzas resbalando.

Y después aquel pequeño sonido del metal al romperse.


Cuando las carreteras volvieron a ser transitables, llevaron a Ancla a una clínica veterinaria.

Yo fui a visitarlo al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Al principio solo me observaba desde su espacio.

No movía demasiado la cola.

No se acercaba.

Simplemente estudiaba cada uno de mis movimientos.

Creo que intentaba aprender algo muy básico.

Si yo también iba a desaparecer.

Al tercer día se levantó cuando escuchó mis pasos.

Las piernas todavía le temblaban.

Una de las asistentes sonrió.

—Te estaba esperando.

—Apenas me conoce.

—Quizá conoce lo suficiente.

Entonces descubrimos algo que nos rompió un poco el corazón.

Ancla tenía miedo de los recipientes llenos de agua.

Necesitaba beber.

Se acercaba.

Olfateaba.

Daba uno o dos tragos.

Después retrocedía temblando.

Si el recipiente estaba demasiado lleno, ni siquiera lo intentaba.

Comenzamos a ponerle poca cantidad.

Un plato bajo.

Una toalla debajo.

Yo me sentaba cerca.

—Esta agua no va a subir —le decía.

Por supuesto, él no entendía las palabras.

Pero conocía el tono.

El día que bebió durante casi medio minuto seguido, tres personas de la clínica terminaron celebrándolo.

Ancla nos miró como si todos fuéramos exagerados.

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