A MI HIJO DE OCHO AÑOS LE DIERON A ELEGIR CUALQUIER PERRO… Y ESCOGIÓ AL ÚNICO QUE TAMBIÉN ESTABA MURIENDO
—Quiero a ese.
Mi hijo Mateo señaló la última jaula del pasillo.
Yo miré la tarjeta colocada junto a la puerta y sentí que se me cerraba la garganta.
Enfermedad terminal. Solo cuidados de confort.
Dentro había un perro dorado muy viejo, acostado con la cabeza sobre las patas. No ladraba. No movía la cola. Ni siquiera se levantó cuando la silla de ruedas de Mateo se detuvo frente a él.
Mi hijo tenía ocho años.
Llevaba casi dos años entrando y saliendo de hospitales.
Ya no estábamos en la etapa en la que los médicos hablaban de curación. Habíamos entrado en esa otra etapa donde las palabras se vuelven más suaves porque la verdad es demasiado dura.
Comodidad.
Descanso.
Tiempo juntos.
Mateo sabía lo que significaban.
Siempre entendía las cosas antes de que nosotros estuviéramos preparados para explicárselas.
Unas semanas antes, una fundación que cumplía deseos de niños enfermos le había preguntado qué quería.
Le ofrecieron varias posibilidades.
Un viaje.
Conocer a algún deportista.
Visitar el mar.
Recibir algo especial que siempre hubiera querido.
Mateo pidió veinticuatro horas para pensarlo.
Al día siguiente dijo:
—Quiero un perro.
Nunca habíamos podido tener uno.
Entre tratamientos, ingresos, medicinas y todas las precauciones que debíamos mantener en casa, siempre habíamos dejado esa idea para después.
Después.
Qué palabra tan cruel puede llegar a ser cuando uno descubre que quizá no habrá demasiado después.
La fundación consiguió que pudiéramos visitar un refugio de animales a las afueras de Querétaro.
Le dijeron a Mateo que podría conocer a todos los perros disponibles y escoger al que sintiera suyo.
Su padre y yo imaginamos exactamente lo mismo.
Un cachorro.
Algo pequeño, sano y lleno de energía.
Un perro que pudiera acostarse junto a Mateo, lamerle las manos y regalarle algo nuevo en una vida que llevaba demasiado tiempo girando alrededor de hospitales.
No nos parecía egoísta.
Nos parecía lógico.
Queríamos darle a nuestro hijo algo que representara un comienzo.
El personal del refugio también lo había entendido así.
Cuando llegamos, habían colocado a varios cachorros en la zona delantera.
Había uno café con las orejas demasiado grandes.
Otro blanco que no dejaba de mover la cola.
Y uno dorado que apenas cabía en los brazos de una voluntaria porque no podía quedarse quieto.
Mateo sonrió por primera vez en varios días.
Uno de los cachorros le lamió los dedos.
Mateo soltó una carcajada.
Yo miré a su padre por encima de su cabeza.
No hizo falta hablar.
Los dos pensamos lo mismo.
Ese.
Que sea ese.
Que por una vez algo sea sencillo.
Entonces Mateo preguntó:
—¿Hay más perros?
La voluntaria asintió.
—Sí, claro. Hay otros al fondo.
—Quiero verlos.
Intentamos convencerlo de que primero pasara un poco más de tiempo con los cachorros.
Mateo negó con la cabeza.
—Quiero ver a todos.
Así que empezó a mover lentamente las ruedas de su silla.
Su padre quiso ayudarlo.
—Yo puedo.
Era una frase que Mateo decía mucho.
Yo puedo.
Incluso cuando apenas podía.
Fuimos detrás de él.
Pasó frente a un perro joven que saltaba contra la reja.
Sonrió, pero siguió adelante.
Pasó junto a otro que giraba en círculos.
También siguió.
Al principio pensé que simplemente estaba disfrutando de mirar.
Después empecé a notar algo.
Mateo reducía la velocidad frente a ciertos animales.
No eran los más bonitos.
Tampoco los más juguetones.
Se detenía frente a los viejos.
Los que tenían el hocico gris.
Los que permanecían acostados al fondo.
Los que levantaban la cabeza despacio cuando escuchaban acercarse la silla.
Yo todavía no entendía lo que estaba haciendo.
Ahora sí.
Mateo había aprendido a mirar de una manera distinta.
Dos años de hospitales pueden enseñarle cosas extrañas a un niño.
Aprendió a distinguir cuándo alguien estaba cansado aunque dijera que se encontraba bien.
Aprendió a reconocer el miedo detrás de una sonrisa.
Aprendió a saber, casi con solo entrar en una habitación, quién estaba teniendo un día malo.
Y aquel día estaba mirando a los perros exactamente de la misma forma.
No buscaba al más divertido.
Buscaba a alguien que conociera el mismo cansancio que él.
Llegamos a la última jaula del pasillo.
Ahí estaba el perro dorado.
Trece años.
El pelo de su lomo ya no era realmente dorado. Se había vuelto casi crema, más fino en algunas partes.
Se le marcaban los huesos de las caderas.
No levantó la cabeza de inmediato.
Solo abrió los ojos.
Miró a Mateo.
Mateo lo miró.
Fue extraño.
No hubo ladridos.
No hubo brincos.
No hubo ninguna de esas escenas bonitas que uno imagina cuando un niño conoce al perro que va a adoptar.
Solo se quedaron observándose.
Entonces Mateo leyó la tarjeta.
Yo vi cómo sus ojos se movían sobre las palabras.
Terminal. Solo cuidados de confort.
Debajo aparecía una explicación breve.
El perro tenía una enfermedad avanzada. Ya no recibiría tratamientos agresivos. El refugio buscaba mantenerlo tranquilo y sin dolor durante el tiempo que le quedara.
Se llamaba Bruno.
Mateo levantó un dedo.
—Quiero a ese.
Una voluntaria se acercó enseguida.
Había escuchado.
—Cariño, Bruno está muy enfermo. Los cachorros de adelante pueden jugar contigo y…
—Quiero a Bruno.
Su padre se agachó junto a la silla.
Yo hice lo mismo.
Y entonces hicimos algo que durante mucho tiempo me causó culpa, aunque hoy sé que cualquier padre en nuestra situación habría intentado hacerlo.
Tratamos de cambiar su decisión.
—Mateo —le dije—, amor, ese perro está muy enfermo.
—Ya sé.
—Quizá no le quede mucho tiempo.
—Ya sé.
Su padre señaló hacia el otro extremo del pasillo.
—Podemos escoger uno joven. Uno que pueda estar contigo mucho tiempo.
Mateo nos miró.
Tenía los ojos de su padre.
Pero aquella paciencia era completamente suya.
—Bruno está enfermo como yo.
Ninguno de los dos respondió.
Mateo volvió a mirar al perro.
—Los cachorros no saben cómo es.
Tragué saliva.
—¿Cómo es qué?
Mateo respondió con una naturalidad que me rompió más que cualquier llanto.
—Estar cansado todo el tiempo.
Su padre bajó la mirada.
Mateo continuó:
—Ellos quieren correr. Quieren jugar. Bruno no.
Puso las manos sobre las ruedas de su silla y avanzó unos centímetros hasta quedar casi pegado a la reja.
—Él entiende.
El pasillo quedó en silencio.
—¿Entiende qué? —preguntó su padre.
Mateo apoyó la frente contra una de las barras.
—Que a veces querer a alguien también puede ser quedarse quieto con él.
Nunca olvidaré aquella frase.
Yo quería discutir.
Quería decirle que un niño de ocho años no debería estar pensando así.
Quería decirle que merecía un cachorro.
Merecía ruido.
Merecía juegos.
Merecía años.
Pero no podía prometerle ninguna de esas cosas.
Entonces ocurrió algo.
Bruno, que no se había levantado desde que llegamos, movió una pata.
Después otra.
Se incorporó con dificultad.
Avanzó despacio hacia la parte delantera de la jaula.
Tres pasos.
Nada más.
Se acostó junto a la reja.
Exactamente frente a Mateo.
Mi hijo metió los dedos entre las barras.
Bruno apoyó el hocico contra ellos.
Cerró los ojos.
Y soltó un largo suspiro.
Mateo sonrió.
No la sonrisa grande que había tenido con los cachorros.
Fue una sonrisa pequeña.
Tranquila.
—¿Ven? —dijo—. Él también me escogió.
Nos llevamos a Bruno a casa.
No fue tan sencillo como elegir un perro sano.
El refugio tenía procedimientos especiales para animales que solo recibían cuidados de confort.
La fundación tuvo que coordinar varias cosas.
Un veterinario revisó que pudiéramos atenderlo correctamente.
Nos explicaron qué hacer si dejaba de comer, si parecía tener dolor o si su estado empeoraba.
Mateo escuchó todo.
No apartó la vista de Bruno.
Aquella misma tarde, el perro entró en nuestra casa.
Habíamos preparado una cama en el suelo junto a la habitación de Mateo.
Duró allí menos de una hora.
Bruno decidió que su lugar estaba arriba.
Intentó subir a la cama de mi hijo.
No podía.
Así que su padre lo levantó con cuidado.
—Solo esta vez —dije.
Nunca volvió a dormir en el suelo.
Los meses siguientes no fueron como yo había imaginado.
No hubo carreras por el patio.
No hubo pelotas.
No hubo zapatos mordidos ni cachorros persiguiendo muebles.
Mateo no tenía fuerzas para correr.
Bruno tampoco.
Y aquello resultó ser exactamente lo que ambos necesitaban.
Pasaban horas juntos.
Mateo recostado entre almohadas.
Bruno estirado a su lado.
La mano de mi hijo casi siempre descansaba sobre el cuello del perro.
A veces veían programas en la televisión.
A veces Mateo hojeaba libros.
Otras veces ninguno hacía nada.
Simplemente estaban juntos.
Al principio pensé que Bruno podría aburrirse.
Era absurdo.
Aquel perro parecía haber esperado toda su vida para encontrar a alguien que entendiera el valor de no hacer nada.
Si Mateo dormía, Bruno dormía.
Si Mateo despertaba, Bruno levantaba la cabeza.
Si Mateo tenía un día complicado y no quería hablar, Bruno apoyaba el hocico sobre su pierna.
Nada más.
Sin exigir.
Sin insistir.
Sin intentar animarlo.
Eso fue lo que yo tardé en comprender.
Todos queríamos animar a Mateo.
Todo el tiempo.
Los familiares llegaban con regalos.
Nosotros inventábamos planes.
Los adultos entrábamos en su habitación con sonrisas demasiado grandes.
—¿Qué quieres hacer hoy?
—¿Vemos una película?
—¿Jugamos algo?
—¿Quieres comer tu plato favorito?
Era amor.
Claro que era amor.
Pero también era agotador.
Bruno no necesitaba que Mateo estuviera de buen humor.
No necesitaba que fuera valiente.
No esperaba verlo sonreír.
No le pedía que aprovechara el día.
Bruno simplemente llegaba, se acostaba y respiraba a su lado.
Y por primera vez desde que empezó su enfermedad, mi hijo dejó de ser la persona más cansada de la habitación.
Tenía un amigo igual de cansado.
Mateo hablaba con él.
Lo descubrí una tarde cuando iba a entrar en la habitación y escuché su voz.
Me detuve detrás de la puerta.
—A mamá le da miedo cuando no quiero comer —decía—. Pero no siempre puedo.
Bruno hizo un pequeño ruido.
—Ya sé.
Hubo silencio.
—Papá cree que no lo veo llorar.
Me tapé la boca con una mano.
—Lo hace en el baño.
Otro silencio.
—No quiero que estén tristes todo el tiempo.
Quise entrar.
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