Recé para que muriera el viejo vecino que maltrataba a un gato; tres días después descubrí por qué lo hacía.
Lo vi desde la ventana de mi sala.
El anciano levantó el bastón, golpeó con fuerza una de las tablas de su porche y gritó al gato callejero que temblaba junto a la puerta.
—¡Fuera! ¡Lárgate de aquí! ¡No vuelvas!
El animal salió corriendo y se escondió debajo de la casa.
Yo apreté la taza de café que tenía entre las manos.
Y pensé algo que todavía me avergüenza recordar.
Ojalá ese hombre desapareciera.
Me llamo Sergio Mendoza. Tenía cuarenta y cuatro años y vivía en una zona residencial en las afueras de Saltillo, en el norte de México.
Las casas de nuestra calle eran nuevas o acababan de ser remodeladas. Fachadas claras, cocheras amplias, jardines recortados y cámaras en las entradas.
Todas menos una.
La casa de mi vecino Arturo Salazar parecía haberse quedado atrapada treinta años atrás.
La pintura gris estaba descascarada. Una parte de la barandilla se inclinaba hacia afuera. Las macetas llevaban años vacías y el techo necesitaba reparaciones.
El comité de vecinos le enviaba avisos constantemente.
Arturo los ignoraba.
También rechazaba todas las ofertas de la gente que quería comprar su terreno para derribar la casa y construir algo moderno.
—Aquí me quedo —decía.
Y se quedaba.
Sentado en una vieja mecedora, con camisas gruesas gastadas, pantalones de trabajo y una expresión capaz de hacer que cualquiera cruzara la calle.
En el grupo privado de los vecinos lo llamaban de muchas maneras.
El amargado.
El terco.
La mancha de la calle.
Yo nunca escribí esos apodos.
Pero tampoco los defendí.
Y, para ser sincero, pensaba cosas peores.
Sobre todo por culpa del gato.
Era un gato atigrado grande, flaco y lleno de cicatrices. Le faltaba parte de una oreja y caminaba con una ligera cojera.
Nadie sabía de dónde había salido.
Los niños de la calle empezaron a llamarlo Huesos porque, cuando apareció por primera vez, se le marcaban todas las costillas.
Cada mañana ocurría casi lo mismo.
Huesos subía lentamente los tres escalones del porche de Arturo y se acercaba a la puerta.
Arturo salía.
Daba un golpe con el bastón.
A veces pateaba el suelo.
A veces lanzaba cerca del gato una lata vacía o una tapa de plástico para asustarlo.
—¡Fuera, animal! —gritaba—. ¡Aquí no tienes nada!
Huesos arqueaba el lomo, bufaba y desaparecía debajo de la vivienda.
Aquello me hervía la sangre.
Una mañana incluso saqué el teléfono dispuesto a grabar.
No lo hice.
Me limité a observarlo desde mi ventana, pensando que Arturo debía ser un hombre miserable.
Nadie lo visitaba.
Nunca veía familiares.
Nunca escuchaba risas dentro de aquella casa.
Yo había construido una historia completa sobre él sin haber cruzado más de cuatro frases en varios años.
Viejo.
Solo.
Malhumorado.
Cruel.
Para mí, todo encajaba.
Hasta que llegó aquel frente frío.
En nuestra zona los inviernos podían ser duros, pero esa semana fue diferente. Las temperaturas bajaron de golpe y durante dos noches el hielo cubrió calles, cables y techos.
Hubo cortes de electricidad.
Varias tuberías reventaron.
Algunas familias se marcharon con parientes porque sus casas se quedaron sin calefacción.
Yo tenía un pequeño generador y suficiente comida.
Arturo permaneció en su casa.
La primera noche todavía vi una luz amarilla detrás de sus cortinas.
La segunda noche no vi nada.
Pensé en tocar su puerta.
Lo pensé de verdad.
Pero enseguida encontré excusas.
Seguro tiene velas.
Seguro alguien lo está revisando.
Seguro me mandará al demonio si aparezco.
Al final hice lo que llevaba años haciendo.
Nada.
Tres días después de haber deseado que desapareciera, una ambulancia se estacionó frente a su casa.
No llegó con sirena.
Solo con las luces reflejándose sobre el pavimento húmedo.
Dos personas entraron.
Un rato después salieron empujando una camilla.
El rostro de Arturo estaba cubierto.
Me quedé de pie frente a mi cochera con una sensación extraña en el pecho.
Yo no quería a ese hombre.
Ni siquiera me caía bien.
Pero en ese momento recordé con una claridad insoportable lo que había pensado tres días antes.
Ojalá desapareciera.
Y ahora había desaparecido.
Entonces escuché un sonido.
No venía de la ambulancia.
Venía del porche.
Huesos estaba sentado junto a la puerta de Arturo.
Temblaba tanto que sus patas delanteras parecían no poder sostenerlo.
Tenía pequeños trozos de hielo pegados al pelo y lanzaba un gemido grave, largo, casi humano.
No era el maullido de un gato pidiendo comida.
Parecía estar llamando a alguien.
Me acerqué.
—Vamos, Huesos.
El gato ni siquiera me miró.
Seguía observando la mecedora vacía.
Subí al porche.
Sobre una pequeña mesa oxidada había una taza, una linterna y una hoja amarillenta doblada bajo una piedra.
La abrí.
La letra era temblorosa.
“Para quien encuentre esto:
La llave está debajo del tapete.
Por favor, no dejen entrar al gato.
Todavía no.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Sentí rabia.
Incluso después de muerto, pensé, Arturo seguía rechazando al pobre animal.
Levanté el tapete.
La llave estaba allí.
Abrí la puerta con la intención de hacer exactamente lo contrario de lo que aquel hombre había pedido.
Iba a meter a Huesos.
Iba a darle comida.
Iba a dejarlo dormir donde quisiera.
Y quizá una parte de mí quería hacerlo solo para demostrarme que yo era mejor persona que Arturo.
Entré.
Y me quedé inmóvil.
El pequeño recibidor no era el lugar frío y abandonado que imaginaba.
Junto a la pared había una cama térmica para animales, de las buenas.
Sobre una repisa encontré varias latas de comida húmeda, perfectamente apiladas.
Había un saco de alimento seco sin abrir.
Juguetes.
Mantas.
Un rascador nuevo.
Medicinas para parásitos.
Dos recipientes limpios para agua.
Y una pequeña puerta que comunicaba con el patio trasero.
En la pared había otra nota.
Esta vez era mucho más larga.
“Sé lo que piensan de mí.
También sé lo que dicen cuando creen que no escucho.
Que soy un viejo amargado.
Que mi casa arruina la calle.
Que debería vender.
Y sé lo que piensan cuando me ven echar al gato.”
Tuve que sentarme.
Seguí leyendo.
“Tengo cáncer de pulmón muy avanzado. Los médicos me dijeron hace meses que probablemente no llegaría al final del invierno.
Huesos no sabe eso.”
Levanté la vista.
El gato seguía fuera, junto a la puerta.
Continué.
“Empezó a venir el año pasado.
Al principio le dejaba comida.
Después comenzó a sentarse junto a mí.
Luego empezó a dormirse debajo de mi silla.
Una noche de mucho frío casi lo dejé entrar.
Entonces entendí algo.
Si permitía que se acostumbrara a esta casa, a mi comida, a mi regazo y a dormir cerca de una estufa, dependería de mí.
Y yo estaba desapareciendo.”
Sentí un nudo en la garganta.
“Ese gato ha sobrevivido solo durante años.
Es viejo.
Está lastimado.
Nadie hace fila para adoptar animales como él.
Cuando yo muriera, alguien cerraría esta casa.
Podían encontrarlo dentro días después.
Podían llevárselo a un refugio saturado.
O podía quedarse esperando detrás de una puerta que jamás volvería a abrirse.
No quería eso.”
Me limpié los ojos con la manga.
“Así que hice algo que odié hacer.
Comencé a echarlo.
Le gritaba.
Golpeaba el suelo.
Lanzaba cosas lejos de él para que se asustara.
Quería que dejara de confiar en este porche.
Quería que volviera a esconderse debajo de la casa, donde tiene una entrada hacia el patio y puede salir cuando quiera.
Quería que recordara cómo sobrevivir sin mí.”
La última parte estaba escrita con trazos más débiles.
“Cada vez que se iba corriendo, yo quería llamarlo de vuelta.
Cada vez.
Pero tenía que hacer que me odiara antes de que fuera demasiado tarde.
He dejado comida en el cuarto trasero y agua en el garaje.
Si vas a domesticarlo, hazlo solo si piensas quedártelo.
No le enseñes a confiar en otra persona que también vaya a desaparecer.
Ya ha perdido suficiente.”
La hoja se me resbaló de las manos.
Yo había pasado meses mirando a Arturo desde mi casa convencido de que estaba viendo crueldad.
Nunca se me ocurrió que pudiera estar viendo sacrificio.
Nunca pregunté.
Nunca llamé a su puerta.
Nunca traté de entender.
Abrí completamente la puerta.
Huesos retrocedió.
—Ven —le dije.
El gato me observó con aquellos ojos amarillos desconfiados.
Miró la mecedora.
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