Han pasado dos años desde que mi esposa murió. Ayer, mi hijo me dijo que la había visto en el colegio, y que ella le pidió que ya no se fuera con ella. Hoy fui a recogerlo antes de la hora de salida… y lo que vi lo cambió todo.
Habían pasado dos años desde que Laura Morales falleció en un accidente de coche en la carretera nacional, a las afueras de Valencia. Su marido, Daniel, había intentado reconstruir su vida y la de su hijo de ocho años, Diego, en un piso tranquilo de la ciudad.
Trabajaba como consultor informático, recogía a Diego del colegio todas las tardes y trataba de llenar, como podía, el silencio que Laura había dejado atrás.
Pero ayer, ese silencio se rompió.
Cuando Daniel llegó a casa después del trabajo, encontró a Diego sentado a la mesa de la cocina, muy pálido y con las manos temblando alrededor de un vaso de leche casi intacto.
—Papá —dijo el niño, con la voz bajita—, hoy vi a mamá.
Daniel se quedó helado. La taza de café se le resbaló de los dedos y unas gotas oscuras mancharon su camisa.
—¿Qué has dicho, hijo? —susurró.
Diego tragó saliva.
—Estaba de pie, junto a la verja del patio, después del recreo. Me miró, me saludó con la mano y me dijo: “No te vayas más conmigo”. Luego se dio la vuelta y desapareció detrás del aparcamiento.
Daniel no durmió esa noche. La lógica le decía que era el duelo, la imaginación de un niño que todavía echaba mucho de menos a su madre. Los psicólogos ya le habían dicho que podían aparecer “visiones” o sueños muy reales.
Pero algo en la voz de Diego, aquella seguridad tranquila con la que había contado la historia, le removió algo muy hondo.
Al día siguiente, Daniel decidió llegar al Colegio Central una hora antes. Aparcó en una calle lateral, desde donde podía ver la puerta principal y el patio.
Tenía el corazón golpeándole el pecho con cada minuto que pasaba. A las dos y media empezaron a salir los primeros niños, corriendo, cargados de mochilas de colores. Daniel examinó cada rostro, cada adulto que se acercaba, cada gesto.
Y entonces la vio.
Una mujer, de la misma estatura que Laura, con el mismo cabello castaño rojizo que ella solía llevar recogido en una coleta baja. Llevaba una chaqueta negra muy parecida a la que Laura usaba en otoño. Estaba de pie junto a la valla del patio, con los ojos clavados en Diego, que acababa de salir con su clase.
A Daniel se le cortó la respiración.
La mujer esbozó una sonrisa casi imperceptible y movió la mano, llamando al niño para que se acercara.
Daniel salió del coche de un salto.
—¡Diego, no te muevas! —gritó.
La mujer se giró hacia él. Durante un segundo, Daniel habría jurado que era Laura: los mismos ojos, el mismo gesto de sorpresa, la misma forma de apretar los labios. Pero el instante se rompió. Ella echó a correr, en dirección al aparcamiento.
Se subió deprisa a un todoterreno plateado aparcado junto a la esquina. El motor rugió y el vehículo salió disparado. Daniel corrió detrás, pero apenas logró llegar al final de la calle cuando el coche ya se alejaba. Aun así, alcanzó a ver la matrícula, iluminada un segundo por la luz del sol.
“3182-LMR.”
Aquella combinación de letras y números se le quedó grabada.
Esa noche, Daniel se sentó frente al ordenador, con la mesa llena de papeles sin revisar. Los números de la matrícula le daban vueltas en la cabeza. Hizo varias búsquedas, llamó a un viejo conocido que trabajaba en la administración de tráfico y, con muchos rodeos, logró que comprobara el registro del vehículo.
El nombre que apareció en la pantalla hizo que Daniel sintiera un frío extraño en la nuca.
“Laura M. Ríos”.
No Morales. Ríos. Pero el apellido de soltera de Laura, antes de casarse con él, también era Ríos.
Daniel no le contó a Diego lo que había descubierto. El niño ya había pasado por suficientes sesiones con psicólogos para aceptar la muerte de su madre. Remover todo aquello, abrir otra vez la herida, podía destrozarle. Pero Daniel tampoco fue capaz de dejarlo pasar.
Recordó entonces a una amiga de la universidad, Raquel Pardo, que ahora trabajaba como periodista de investigación en una gran ciudad. La llamó esa misma noche. Le explicó, con calma, la historia de la matrícula, de la mujer junto a la verja del colegio, de la coincidencia del nombre.
—¿Crees que alguien está haciéndose pasar por Laura? —preguntó Raquel, al otro lado de la línea.
—No lo sé. Pero quien sea, sabe dónde estudia Diego. Y se le acercó como si le conociera.
Raquel se quedó pensativa unos segundos.
—Mándame todos los datos que tengas. Matricula, nombre, cualquier cosa. Veré qué puedo encontrar.
En menos de cuarenta y ocho horas, Raquel le devolvió la llamada.
—He localizado el registro del coche —le dijo—. La identidad es bastante reciente, casi provisional. Hay un domicilio en una ciudad a dos horas en coche de la tuya. Y una copia del documento de identidad, aunque la foto es borrosa.
Le envió la imagen al móvil. Daniel amplió la foto con los dedos. La calidad era mala, pero el contorno del rostro, el cabello, la forma de los ojos… Todo le resultaba inquietantemente familiar.
Aquello fue suficiente para decidirse.
El fin de semana, Daniel condujo hasta aquella ciudad del interior. La dirección le llevó hasta una casa pequeña de dos plantas, cerca de una vieja vía de tren en desuso. La calle estaba casi vacía. Llamó al timbre. Nadie respondió. Esperó. Volvió a insistir.
Silencio.
Se fijó entonces en el buzón, con unas letras pequeñas: “L. M. R.”. Se le encogió el estómago. Rodeó la casa despacio hasta encontrar una ventana entreabierta en la planta baja. A través del cristal, vio parte del salón: un sofá gris, una estantería con libros, unos juguetes de plástico en el suelo.
Y, sobre una mesita baja, en un marco sencillo, una fotografía.
Daniel sintió que las piernas casi no le respondían. Se acercó cuanto pudo al cristal.
En la foto estaba Diego, con la camiseta de fútbol que había llevado en su último cumpleaños, sonriendo junto a una mujer que parecía Laura, con la mano en su hombro.
El problema era que esa foto nunca se había hecho. Aquel cumpleaños lo habían celebrado solos, padre e hijo, con una tarta pequeña y una vela grande con el número ocho.
Al notar cómo le temblaban las manos, Daniel sacó el teléfono y llamó a Raquel.
—Tiene fotos de Diego —susurró—. Fotos que no existen, que nunca hemos hecho. Nos ha estado vigilando.
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