A los 71 crucé la piscina y encontré a quienes sí me veían

La mañana que Rosa no apareció a las siete, el agua volvió a parecerme más honda que nunca.

No fue por el agua.

Fue por el hueco.

Hay ausencias que hacen ruido aunque no digan nada. La calle estaba igual, el vapor empañando los cristales igual, Luis entrando despacio con su bastón igual. Pero el hueco de Rosa se notaba como se nota una baldosa floja: no la ves al principio, y aun así todo el cuerpo la esquiva.

Miré el reloj de pared tres veces.

Las 7:02.

Las 7:04.

Las 7:07.

Rosa nunca llegaba tarde.

No era una manía de militar ni nada parecido. Simplemente era de esas personas que aparecen. Y cuando una persona así no aparece, algo dentro de ti se pone en guardia.

Nuria también lo notó.

—A lo mejor hoy no viene —dijo, pero lo dijo mirando la puerta.

Luis no dijo nada. Se colocó las dos manos en el bordillo, respiró hondo y empezó con sus ejercicios. A veces la gente mayor tiene esa forma de aguantar el miedo: seguir con lo que toca.

Yo intenté hacer lo mismo.

Me metí en la parte baja. El agua templada me subió por las piernas. Antes me aliviaba. Aquella mañana me parecía más pesada.

Y entonces vi al chico.

Era el adolescente nuevo, el de la ansiedad. Llevaba unos días viniendo, siempre con los hombros en tensión, como si el bañador no fuera una prenda sino una exposición. No hablaba casi nada. Entraba, caminaba un poco, se mojaba la nuca, y se iba antes que nadie.

Ese día estaba parado junto a la escalera, sin entrar.

Con la toalla apretada entre las manos.

Mirando el agua como yo la miré durante sesenta y dos años.

Yo habría esperado a Rosa para que se acercara. Habría pensado que ella sabía mejor qué decir, cómo decirlo, dónde poner la voz. Pero Rosa no estaba.

Y por primera vez entendí algo que no me había planteado nunca: quizá, cuando alguien te sostiene mucho tiempo, llega un día en que te toca sostener un poco tú.

Me acerqué despacio.

—Hoy cuesta, ¿eh?

El chico levantó la vista. Tendría quince o dieciséis años. Esa edad extraña en que el cuerpo crece más rápido que las certezas.

Asintió.

—No pasa nada si hoy solo te mojas los pies —le dije.

Se encogió de hombros. Tenía la mandíbula apretada.

—No es eso —murmuró—. Es que cuando hay gente me falta el aire.

La frase se me metió en el pecho de una forma rara. Porque yo sabía lo que era pensar que el problema era el agua, cuando en realidad era otra cosa. El recuerdo. La vergüenza. El miedo a perder pie delante de los demás.

Así que le dije lo mismo que Rosa me dijo a mí el primer día.

—Quédate donde haces pie. Camina. Aquí estamos cada mañana.

No fue una gran frase. Ni siquiera era mía.

Pero funcionó.

El chico me miró como si necesitara unos segundos para creer que aquello bastaba. Luego dejó la toalla en el banco y bajó un escalón. Después otro.

Entró en el agua sin elegancia, sin épica, sin música de película. Como entramos casi todos en las cosas que nos asustan de verdad: a trozos.

Se llamaba Álex.

Lo supe diez minutos después, cuando ya estaba caminando despacio de un lado a otro, con el agua por la cintura y la respiración menos rota. Nuria le sonrió desde más allá. Luis levantó una mano en un saludo pequeño, de esos que dicen más de lo que aparentan.

Rosa seguía sin llegar.

Al salir, preguntamos en la entrada. Nos respondieron con amabilidad lo mismo de siempre: no podían dar información. Dejamos un mensaje. Solo una frase, escrita en un papel doblado.

“Tus nadadores de la mañana te están esperando.”

Volví a casa con una inquietud absurda, casi infantil.

A los setenta y un años una se supone que ya sabe medir las cosas. Sabe distinguir entre una preocupación razonable y una imaginación desbocada. Pero la verdad es que no. La edad no te vacuna contra ciertos miedos. Solo te enseña a disimularlos mejor.

Esa tarde me senté en el balcón.

La piscina estaba ahí, quieta, azul, igual que el día anterior. La gente entraba y salía. Una madre secaba a una niña junto a la puerta. Un hombre cargaba con una bolsa de deporte y una espalda cansada. Todo seguía.

Y, sin embargo, yo sentía que algo había cambiado.

Mis hijos me llamaron esa noche. Era domingo.

El mayor me habló de una avería en su coche. La mediana, de que el niño pequeño llevaba dos días con tos. La pequeña, de que quizá en verano podrían venir a verme más tiempo. Yo escuché, hice los ruidos adecuados, pregunté lo que tocaba.

Luego la pequeña me dijo:

—Mamá, ¿y tú qué tal?

Casi siempre contesto lo de siempre.

“Tirando.”

“Bien.”

“Lo normal.”

Pero aquella noche dije otra cosa.

—Estoy preocupada por una amiga.

Se hizo un silencio pequeño. No incómodo. Sorprendido.

—¿Una amiga? —repitió ella.

Y de pronto me di cuenta de que esa palabra, en mi boca, sonaba nueva. No porque antes no hubiera querido a gente. Claro que sí. He querido a mis hijos, a mi marido, a vecinas, a compañeras de trabajo, a primas, a personas que estuvieron y luego ya no.

Pero “una amiga” era distinto.

No era familia. No era obligación. No era costumbre.

Era alguien a quien había elegido con la rutina, con la presencia, con el simple hecho de estar.

—Sí —dije—. Una amiga.

Al día siguiente Rosa tampoco vino.

Ni al siguiente.

El tercero apareció una mujer menuda en la entrada preguntando por “el grupo de las siete”. Nos miramos entre nosotros. Luis señaló con la barbilla, como hace él cuando algo le emociona y no quiere que se le note demasiado.

La mujer se acercó.

—¿Vosotros sois Rosario, Luis y Nuria?

Nos quedamos quietos.

—Soy Elena —dijo—. Soy la hermana de Rosa.

Sentí ese segundo exacto en que el cuerpo se prepara para una mala noticia. El estómago, la garganta, las manos. Todo se coloca para el golpe.

Pero Elena sonrió enseguida, como quien entiende lo que está provocando.

—No os asustéis. Está bien. Se cayó en casa y se ha fisurado el tobillo. Nada grave, pero la tienen quieta unos días y está insoportable.

Luis soltó el aire con tanto ruido que nos echamos a reír.

La risa salió rara, nerviosa, casi tonta. Pero qué alivio tan inmenso puede caber en una risa tonta.

—Me ha mandado —siguió Elena— porque dice que sabe que estaréis preocupados. Y también me ha dicho una cosa muy suya: que no dejéis de flotar por su culpa.

—Eso es muy de Rosa —dijo Nuria.

Elena asintió.

Entonces sacó de su bolso una libreta pequeña.

—Y me ha pedido otra cosa. Que os diga, sobre todo a ti, Rosario, que ya sabes hacerlo sola.

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