Todo siguió así, domingo tras domingo, hasta el día en que Carmen no llamó al timbre.
Lo supe antes de mirar el reloj.
Simón llevaba desde las cuatro de la tarde sentado junto a la puerta de casa, con esa quietud de los gatos viejos que no parece paciencia, sino memoria. A las cuatro y diez se lamió una pata. A las cuatro y cuarto se levantó, dio dos pasos por el pasillo y volvió a su sitio.
A las cuatro y media, yo ya no fingía que no estaba nerviosa.
Porque Carmen nunca llegaba tarde.
Venía siempre con el mismo bolso marrón, un paquete pequeño de galletas que decía que no hacía falta abrir pero que yo abría igual, y una manera de decir “hola” que sonaba como si entrara de puntillas incluso cuando estaba en mi propia casa.
Simón conocía el ritual mejor que nosotras.
Primero esperaba el timbre.
Luego la oía carraspear al otro lado.
Después se acercaba con esa dignidad un poco ofendida que tienen algunos gatos cuando quieren hacer ver que la alegría no va con ellos.
Carmen se sentaba en el sofá, se colocaba la falda sobre las rodillas, y él, sin fallar una sola vez, tardaba exactamente un minuto en subirse a su regazo.
Aquello se había convertido en una costumbre tan limpia que daba miedo mirarla mucho.
Como cuando algo te hace bien y, precisamente por eso, empiezas a sospechar que la vida te lo puede quitar.
A las cinco menos cuarto llamé.
No contestó.
Me dije que quizá se había entretenido. Que quizá estaba cansada. Que quizá se había quedado dormida con la tele puesta, como me pasaba a mí algunas noches desde que el invierno había empezado a aflojar y la luz se quedaba en las paredes un rato más.
Pero el estómago no entiende de explicaciones sensatas.
Simón seguía mirando la puerta.
A las cinco y diez sonó el teléfono y casi lo tiré al cogerlo.
Era Carmen.
—Perdona, hija —dijo, y ya con esas dos palabras supe que no estaba bien—. Hoy no voy a poder ir.
Tenía la voz pequeña.
No rota.
Pequeña.
Como si le costara empujarla hasta el auricular.
Le pregunté qué le pasaba y se echó a reír un poco, esa risa de la gente mayor que a veces sirve para restarle importancia a cosas que no la tienen.
—Nada que merezca una tragedia —dijo—. Me he levantado mareada. Me han dicho que descanse. Mañana estaré mejor.
Detrás de su voz se oía un ruido de vajilla y pasos de pasillo. Un sitio compartido. Un sitio donde nadie se cae del todo en silencio.
Miré a Simón.
Seguía junto a la puerta, tieso, con el cuerpo orientado hacia una ausencia que él no entendía.
—¿Quieres que vaya a verte? —pregunté.
Hubo un silencio.
—No hace falta.
Y esa fue precisamente la clase de respuesta que hace que una sepa que sí hace falta.
Colgué, le serví a Simón la cena y apenas la tocó.
Se subió a la ventana del salón y se quedó allí, mirando la calle gris como si esperara ver aparecer a Carmen desde muy lejos, más allá de los coches, más allá de la acera, más allá incluso de las cosas que un gato puede comprender.
Yo hice café a las seis de la tarde, que es una manera muy triste de no saber qué hacer con una preocupación.
Me senté en la cocina con la taza entre las manos y recordé la primera carta.
Aquella frase.
Por favor, no le cambie el nombre. Ya ha perdido demasiadas cosas.
Entonces entendí algo que hasta ese momento me había negado a mirar de frente: Carmen no venía solo por Simón.
Venía porque durante una hora y media, todos los domingos, dejaba de ser una mujer a la que la vida había ido estrechando el mundo hasta dejarle una cama individual, una lámpara y dos cajones.
Y yo tampoco preparaba té solo por educación.
Lo preparaba porque, por primera vez en muchísimo tiempo, había alguien esperando al otro lado del domingo.
Al día siguiente fui a verla.
No le pregunté dos veces.
Cogí una bufanda, una caja de pastas, la foto antigua de Simón que me había dejado el refugio y me planté allí con el pulso raro, como si fuera a hacer algo más importante que una visita.
Quizá lo era.
El edificio olía a jabón barato y sopa recalentada.
No era un olor horrible.
Era un olor resignado.
En la recepción me dijeron su número de habitación y subí despacio, con esa sensación absurda de estar entrando en la parte de la vida de alguien que solo se enseña cuando ya no quedan muchas fuerzas para adornarla.
Carmen me abrió con zapatillas de lana y una rebeca demasiado grande.
Se había peinado.
Eso me rompió un poco.
Porque hay gente que, incluso cuando se encuentra mal, se arregla un poco la cara para que la vulnerabilidad no entre tan despeinada en la habitación.
—Te dije que no hacía falta —murmuró.
—Y yo soy de las que no hacen mucho caso a eso —le respondí.
Sonrió.
Me dejó pasar.
Su cuarto era justo como lo había descrito en la carta, y peor precisamente por eso. La cama estrecha, la lámpara, dos cajones, una silla junto a la ventana. Encima de la mesilla había una caja metálica, un paquete de pañuelos y un vaso de agua a medio beber.
Todo limpio.
Todo correcto.
Todo demasiado pequeño para una vida entera.
Me senté a su lado y le pregunté si había comido.
Puso esa cara que ponemos las mujeres cuando sabemos que la otra ya ha adivinado la respuesta.
—Un yogur —dijo.
Le abrí la caja de pastas y me miró como si yo hubiera aparecido allí con un banquete de boda.
—No me mires así, que me vas a hacer sentir millonaria y solo he entrado a una panadería —le dije.
Se rió, esta vez de verdad.
Luego me preguntó por Simón.
No “cómo está”.
No “qué ha hecho”.
Preguntó:
—¿Me buscó?
Asentí.
Y no sé por qué esa fue la primera vez que vi el miedo entero en su cara.
No el miedo a ponerse enferma.
No el miedo a hacerse mayor.
El miedo a volver a desaparecer de algo que ama.
Le conté que se había pasado la tarde junto a la puerta. Que apenas había cenado. Que por la noche se quedó dormido en el sofá, pero con una oreja levantada, como si el timbre pudiera sonar incluso dentro del sueño.
Carmen cerró los ojos.
—Ese gato siempre ha sido más fiel de lo que conviene —dijo muy bajo.
Nos quedamos un rato calladas.
A veces el silencio entre dos mujeres no pesa. A veces abriga.
Al cabo de un momento señaló la caja metálica de la mesilla.
—Ábrela.
Dentro había un collar viejo de tela azul, doblado con mucho cuidado. Una foto más pequeña, todavía, de un Simón joven en el alféizar de una ventana. Y varias tiras de papel sujetas con una goma.
—Son notas de mi hermana —dijo—. Cosas suyas. Tonterías, en realidad. Que si hoy ha roto otra maceta. Que si le ha dado por dormir dentro del armario. Que si odia el pescado blanco, pero por educación se lo come igual.
Sonreí.
Carmen no.
Seguía mirando la caja.
—Anoche pensé que, si me pasaba algo, tú no sabrías algunas cosas.
No me gustó cómo sonó aquello.
Demasiado definitivo. Demasiado ordenado.
Como si hubiera pasado media noche colocando el miedo en filas.
—No hables así —le dije.
—No es dramatismo, hija. Es contabilidad. A cierta edad una empieza a poner etiquetas a los cajones por si luego falta tiempo.
Quise decirle que no.
Quise decirle que todavía quedaba muchísimo.
Quise decirle todas esas mentiras pequeñas y bienintencionadas con las que a veces intentamos taparle el frío a la gente.
Pero no se lo dije.
Porque había algo en Carmen que merecía respeto también cuando hablaba de las cosas feas.
Así que solo le pregunté qué era eso que yo no sabía.
Tardó unos segundos en responder.
—Cuando se asusta mucho, busca calor y tela.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Armarios. Cuartos de sábanas. Sitios con mantas. Una vez, cuando hubo fuegos artificiales en las fiestas del barrio, lo encontramos dormido encima de las toallas limpias del baño. Mi hermana decía que no se escondía; se cosía al mundo por donde todavía le parecía blando.
No sé por qué esa frase se me quedó metida tan dentro.
Se cosía al mundo por donde todavía le parecía blando.
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