Creí que todos exageraban con mi olor, hasta que escuché la verdad

Pensé que todos exageraban con mi olor… hasta que una señora me dijo algo que me dejó callado

Después de escribir todo eso, me quedé con el móvil en la mano como diez minutos.

Yo esperaba que la gente me diera la razón.

No sé. Tal vez esperaba leer cosas como: “Tu cuerpo, tus reglas”, “la gente es muy metiche”, “tu familia no debería humillarte”.

Y sí, algunas personas dijeron eso.

Pero la mayoría no.

La mayoría me dijo lo mismo, con palabras más bonitas o más duras:

“Si varias personas te lo han dicho, el problema sí existe.”

Al principio me molesté.

Muchísimo.

Sentí que hasta desconocidos se estaban poniendo del lado de mi familia, de mis compañeros y de mi gerente. Cerré la aplicación y aventé el móvil al sofá.

Me dije a mí mismo que la gente en internet también exagera.

Pero hubo un comentario que se me quedó clavado.

Decía:

“Uno se acostumbra a su propio olor. Que tú no lo notes no significa que los demás no lo sufran.”

No sé por qué, pero esa frase me pegó.

Me levanté y me fui al baño.

Me olí la camiseta. Luego el cuello. Luego las axilas.

Nada.

O eso pensé.

Pero después abrí la cesta de la ropa sucia y ahí sí sentí algo.

No fue un olor horrible de golpe. No fue como en las películas.

Fue algo pesado.

Encerrado.

Agrio.

Como cuando entras a una habitación que lleva días sin ventilarse.

Me quedé parado ahí, con la tapa de la cesta en la mano, sintiéndome tonto.

Y aun así, mi primer pensamiento fue defenderme.

“Bueno, es ropa sucia. La ropa sucia huele.”

Pero luego miré mi camiseta.

La que traía puesta.

Y me di cuenta de que la había usado tres días seguidos.

No porque no tuviera más ropa.

Sino porque, sinceramente, ya ni me fijaba.

Esa noche no me bañé.

Lo digo con vergüenza, pero no voy a mentir.

Me fui a dormir enfadado, como si bañarme fuera darle la victoria a todos.

Como si el jabón fuera una bandera blanca.

Al día siguiente fui al trabajo.

Entré por la puerta de empleados y saludé bajito, como siempre.

Nadie me contestó con mala cara.

Eso me confundió.

Yo iba preparado para sentirme atacado otra vez.

Pero en la sala de descanso estaba Maribel, una compañera de unos cincuenta y tantos, que siempre lleva el pelo recogido y habla como si ya hubiera visto de todo en la vida.

Me miró, dejó su café y me dijo:

—¿Tienes cinco minutos?

Yo pensé: “Ya empezamos.”

Pero le dije que sí.

Nos sentamos en una mesa del fondo.

Ella no se rio. No hizo cara de asco. No puso jabón sobre la mesa ni nada de eso.

Solo me dijo:

—Te voy a hablar como le hablaría a mi hijo.

Eso me incomodó más que un insulto.

Porque cuando alguien te insulta, puedes defenderte.

Cuando alguien te habla con cariño, ya no sabes dónde poner la rabia.

Maribel respiró hondo y dijo:

—No eres mala persona. Nadie está diciendo eso. Pero sí hueles, cariño.

Me quedé helado.

No sé qué cara puse, pero ella siguió rápido.

—Y no te lo digo para humillarte. Te lo digo porque si nadie te lo dice bien, esto te va a hacer daño en el trabajo, con tu familia y contigo mismo.

Yo tragué saliva.

Quise decir lo de siempre.

Que no era para tanto. Que la gente exageraba. Que había formas de estar limpio sin meterse a bañar.

Pero ella levantó la mano, suave.

—Lavar los dientes y las manos está bien. Rasurarte está bien. Pero el cuerpo también suda. La piel guarda olor. La ropa lo absorbe. No es cuestión de lujo. Es convivencia.

Esa palabra me molestó.

Convivencia.

Como si mi cuerpo fuera un problema público.

Pero también me dio vergüenza.

Porque ella no estaba siendo cruel.

Estaba intentando evitar que yo siguiera quedando peor.

Le dije que yo no lo notaba.

Maribel asintió.

—Eso pasa. Te acostumbras. Igual que uno no nota el olor de su propia casa hasta que sale y vuelve a entrar.

No contesté.

Porque era exactamente lo que había leído la noche anterior.

Luego ella bajó más la voz.

—Y te voy a decir otra cosa. Cuando una persona empieza a dejar de cuidarse, a veces no es por flojera. A veces es porque algo por dentro se apagó.

Ahí sí sentí algo raro en el pecho.

Me dieron ganas de levantarme.

No quería que la conversación se metiera ahí.

No quería hablar de mi casa, de mis días iguales, de mi comida fría frente a la tele, de las semanas pasando como si fueran el mismo martes repetido.

No quería admitir que bañarme me parecía inútil porque, en el fondo, casi todo me parecía inútil.

Así que hice una broma mala.

Le dije:

—Pues mi agua caliente funciona, si eso te preocupa.

Maribel no se rio.

Solo me miró con esos ojos de señora que ya no se deja engañar por respuestas rápidas.

—A mí no me preocupa tu calentador. Me preocupas tú.

No supe qué decir.

Ese día trabajé callado.

Más callado que de costumbre.

En la caja pasaban clientes, bolsas, tickets, monedas, tarjetas.

Yo hacía todo en automático.

Pero cada vez que alguien se acercaba, me preguntaba si estaba aguantando la respiración.

Cada vez que una persona movía un poco la cabeza, pensaba que era por mí.

Y por primera vez no me sentí atacado.

Me sentí expuesto.

Como si hubiera andado meses con una mancha en la cara y todos la hubieran visto menos yo.

Al salir, mi gerente me pidió hablar.

Yo ya estaba cansado.

Le dije antes de que empezara:

—Ya sé. Es por lo mismo.

Él se quedó serio.

—Sí. Pero no quiero que esto se convierta en una pelea. Quiero que sigas trabajando aquí. Haces bien tu trabajo. Eres puntual. No robas tiempo. No tratas mal a los clientes.

Eso me sorprendió.

Porque yo pensé que para él yo era solo “el que huele mal”.

Luego agregó:

—Pero atender público implica ciertas cosas. No te estoy pidiendo que seas perfecto. Te estoy pidiendo lo básico para que todos podamos estar cómodos.

Me ardió la cara.

Le pregunté si me iban a despedir.

Él no respondió de inmediato, y ese silencio me asustó más que cualquier regaño.

—No quiero llegar a eso —dijo—. Por eso estoy hablando contigo ahora.

Ahí entendí algo.

No era una conspiración.

No era mi familia organizando un juicio contra mí.

No eran mis compañeros buscando divertirse a mi costa.

Era gente intentando decirme una verdad incómoda antes de que la vida me la dijera de una forma peor.

Esa tarde llegué a casa y me quedé sentado en el borde de la cama.

Mi apartamento olía raro.

Nunca lo había notado.

No era basura podrida ni nada así.

Era olor a encierro, a ropa usada, a sábanas que ya habían pasado demasiadas noches conmigo.

Abrí las ventanas.

Entró aire frío.

Me dio coraje admitir que se sentía bien.

Luego llamé a mi mamá.

Me contestó con cuidado, como si esperara otra discusión.

Yo también estaba listo para discutir.

Pero en vez de eso dije:

—Mamá, ¿de verdad huelo tan mal?

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