Creíamos que aquel viaje a Asturias serviría para recordar quiénes habíamos sido antes de ser padres. No imaginábamos que, al volver, tendríamos que aprender a ser una familia completamente distinta.
Salimos temprano, aunque no teníamos ninguna prisa.
Durante los primeros kilómetros, Beatriz miró varias veces el asiento trasero. Lo hacía de forma disimulada, como si esperara encontrar allí la mochila de Marina, sus auriculares y alguna chaqueta tirada.
—Es raro —dijo finalmente.
—Mucho.
—Parece que nos hemos olvidado algo.
Los dos sabíamos que no se refería a las maletas.
El teléfono de Beatriz estaba colocado junto a la palanca de cambios. Cada vez que se iluminaba la pantalla, ella bajaba la mirada.
Marina todavía no había salido para su viaje. Se marcharía dos días después con sus amigas, pero ya nos había prometido escribirnos cuando llegara.
—No tienes que mirar el teléfono cada minuto —le dije.
—No lo estoy mirando.
En ese momento volvió a encenderse la pantalla y Beatriz lo cogió inmediatamente.
Era un mensaje del supermercado.
Nos echamos a reír.
Aquella risa rompió algo que llevaba demasiado tiempo entre nosotros. Una tensión que ninguno quería reconocer.
Puse una canción que escuchábamos cuando éramos jóvenes.
Beatriz tardó unos segundos en identificarla.
—No puede ser.
—Claro que puede ser.
—¿Todavía escuchas esto?
—Cuando nadie me oye.
Subió el volumen.
Durante varios kilómetros cantamos mal, nos equivocamos con la letra y nos reímos de nuestras propias voces.
No hablamos de Marina.
No hablamos del trabajo.
Tampoco hablamos de la compra que habíamos dejado hecha ni de si habíamos cerrado bien todas las ventanas.
Éramos solo dos personas viajando juntas.
Al llegar a Asturias, nos alojamos en una casa pequeña a las afueras de un pueblo. La habitación era sencilla, con una cama demasiado estrecha, un armario antiguo y una ventana desde la que se veía una ladera verde.
No tenía televisión.
La conexión a internet funcionaba cuando quería.
Y el baño era tan pequeño que, al cerrar la puerta, las rodillas casi tocaban la pared.
Beatriz observó la habitación en silencio.
—No se parece en nada al apartamento que había encontrado.
—Ese era más grande.
—También tenía lavavajillas.
—Y dos habitaciones que no necesitábamos.
Dejó la maleta sobre la cama.
—Esta habitación es horrible.
La miré.
Ella intentó mantener la cara seria, pero terminó riéndose.
—Es perfecta —dijo.
Después de guardar la ropa, salimos a caminar sin haber decidido adónde ir.
Al principio avanzamos en silencio. Yo llevaba las manos en los bolsillos y Beatriz miraba los escaparates de las pequeñas tiendas.
No sabíamos muy bien cómo comportarnos.
Durante veinte años, siempre había habido alguien caminando entre nosotros o unos pasos por delante.
Alguien que preguntaba dónde íbamos a comer.
Alguien que se cansaba.
Alguien que quería volver al apartamento o entrar en una tienda.
Ahora podíamos hacer lo que quisiéramos.
El problema era que no sabíamos qué queríamos.
—¿Te apetece tomar algo? —pregunté.
—Me da igual.
—¿Quieres seguir caminando?
—Como quieras.
Nos detuvimos en mitad de la acera.
—Esto no va a funcionar —dije.
Beatriz me miró preocupada.
—¿El qué?
—Responder siempre “me da igual” o “como quieras”. Tenemos que tomar decisiones.
—¿Qué clase de decisiones?
—Decisiones importantes. Por ejemplo, si quieres sentarte a tomar un café o seguir andando.
Sonrió.
—Quiero un café.
—Bien. Yo quiero sentarme al sol.
—Pues buscamos una mesa al sol.
Parecía una tontería, pero aquel fue el primer plan que hicimos pensando únicamente en nosotros.
Nos sentamos en una terraza y pedimos dos cafés.
Beatriz sacó el teléfono.
No había mensajes.
Lo volvió a guardar.
—No sé por qué estoy así —dijo—. Marina está en casa. Ni siquiera se ha ido todavía.
—No te preocupa el viaje.
—¿Entonces qué me preocupa?
—Que empiece a tener una vida en la que no estemos nosotros.
Beatriz removió el café sin beberlo.
—Sé que es normal.
—Yo también.
—Pero saberlo no hace que sea más fácil.
No supe qué contestar.
Durante años, habíamos medido el tiempo por las necesidades de nuestra hija.
El primer día de colegio.
La primera noche que durmió fuera.
El primer teléfono.
La primera vez que volvió sola a casa.
Su primer trabajo.
Siempre había un siguiente paso.
Nunca habíamos pensado que, con cada paso hacia delante, Marina se alejaba un poco de la niña que había sido.
—¿Y si un día solo nos llama por obligación? —preguntó Beatriz.
—No lo hará.
—No puedes saberlo.
—No, pero podemos evitar convertir cada llamada en un interrogatorio.
Ella levantó la vista.
—Yo no la interrogo.
—Ayer le preguntaste qué amigas iban, dónde estaba el apartamento, cuántas camas tenía, cuánto dinero llevaba, a qué hora salía el tren y si había una farmacia cerca.
—Eso son preguntas normales.
—Le preguntaste si la cerradura de la puerta parecía segura después de ver una foto del salón.
Beatriz intentó defenderse, pero terminó encogiéndose de hombros.
—Quizá pregunté demasiado.
—Un poco.
—Tú también estabas preocupado.
—Claro. Pero lo disimulo mejor.
Me dio un pequeño golpe en el brazo.
Terminamos el café y seguimos caminando.
En una tienda vi un cuaderno de dibujo con una tapa sencilla. Recordé que Beatriz dibujaba cuando la conocí.
No era una afición de la que hablara mucho. Durante los primeros años de nuestro matrimonio llenaba cuadernos con dibujos de calles, ventanas y personas sentadas en cafeterías.
Después nació Marina.
Los cuadernos desaparecieron.
—Mira —le dije, señalando el escaparate.
—¿Qué?
—Ese cuaderno.
—Es un cuaderno normal.
—Antes dibujabas en cuadernos normales.
Beatriz siguió andando.
—Eso fue hace muchísimo tiempo.
Entré en la tienda y lo compré.
Cuando se lo entregué, puso cara de no saber qué hacer con él.
—Miguel, no dibujo desde hace veinte años.
—Entonces ya has descansado suficiente.
—No voy a acordarme.
—No tienes que enseñárselo a nadie.
Abrió el cuaderno y pasó la mano sobre la primera página.
Durante el resto del paseo lo llevó apretado contra el pecho.
Aquella tarde nos acercamos a un sendero junto a la costa.
Caminamos despacio. No teníamos que llegar a ningún sitio ni regresar a una hora concreta.
En un punto del camino encontramos un muro bajo de piedra.
Beatriz se sentó para descansar.
Al verla allí, recordé la fotografía que habíamos encontrado en casa. La joven de poco más de veinte años que se reía mirando a la cámara seguía estando delante de mí.
Tenía más arrugas.
El pelo más corto.
Y una forma distinta de sentarse porque últimamente le molestaba una rodilla.
Pero seguía siendo ella.
Saqué el teléfono.
—No me hagas una foto.
—Demasiado tarde.
—Miguel, bórrala.
—Ni hablar.
Se tapó la cara con las manos.
—Salgo fatal.
—Todavía no la has visto.
—Siempre salgo fatal cuando me haces fotos.
—Porque siempre te aviso y pones una expresión rara.
Se acercó para mirar la pantalla.
En la imagen aparecía riéndose, con el cuaderno sobre las rodillas y el pelo desordenado.
Se quedó callada.
—Me gusta —admitió.
—Te pareces a la chica de la otra fotografía.
—La chica de la otra fotografía pesaba diez kilos menos.
—Y estaba casada con un hombre que tenía pelo.
Volvió a reírse.
Después abrió el cuaderno.
—Quédate quieto —me dijo.
—¿Vas a dibujarme?
—No. Voy a dibujar el muro.
Tardó casi media hora.
Yo me senté cerca y procuré no mirar por encima de su hombro.
De vez en cuando, Beatriz borraba algo o inclinaba la cabeza. Parecía completamente concentrada.
Cuando terminó, me enseñó el dibujo.
No era perfecto.
Las piedras tenían tamaños extraños y el camino parecía más estrecho de lo que era.
Pero en una esquina había dibujado dos figuras pequeñas sentadas juntas.
—Es precioso —dije.
—No exageres.
—No estoy exagerando.
Cerró el cuaderno con cuidado.
Aquella noche cenamos en un sitio pequeño cerca de la habitación.
Hablamos durante casi dos horas.
No de Marina.
No de los problemas del trabajo.
Hablamos de nosotros.
Beatriz me contó que desde hacía tiempo quería apuntarse a clases de dibujo, pero siempre encontraba una razón para dejarlo para más adelante.
Yo reconocí que llevaba años diciendo que quería aprender a cocinar algo más que huevos fritos, pero nunca lo intentaba porque ella terminaba entrando en la cocina para ayudarme.
—Porque dejas todo perdido —dijo.
—Eso forma parte del aprendizaje.
También hablamos de lo que nos daba miedo.
A Beatriz le preocupaba que Marina se marchara definitivamente de casa y nosotros empezáramos a llevar vidas separadas bajo el mismo techo.
A mí me preocupaba la jubilación.
No por el dinero ni por el trabajo.
Me daba miedo levantarme una mañana y descubrir que, sin horarios ni obligaciones, Beatriz y yo no teníamos nada que decirnos.
—Podríamos aprender —dijo ella.
—¿A qué?
—A estar juntos otra vez.
La camarera retiró nuestros platos.
Beatriz apoyó una mano sobre la mesa.
—Pero tenemos que hacerlo antes de que Marina se vaya. No después.
—¿Qué propones?
—Una noche a la semana sin hablar de ella.
—Eso suena cruel.
—No significa que no nos importe. Significa que también existimos nosotros.
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