Pensé que echar a Sergio de mi casa sería el final de aquella historia.
No lo fue.
Tres semanas después, una llamada sobre Tomás me obligó a enfrentarme a algo mucho más doloroso que una ruptura.
Durante los primeros días después de que Sergio se marchara, esperé que volviera.
No porque quisiera recuperarlo.
Esperaba que regresara para disculparse. Para decirme que había hablado desde el enfado, que no pensaba realmente que mis gatos daban asco, que había entendido lo cruel que había sido.
Cada vez que sonaba el telefonillo, se me encogía el estómago.
Cada vez que el móvil vibraba sobre la mesa, miraba la pantalla demasiado rápido.
Pero Sergio no volvió.
Solo mandó un mensaje dos días después.
“Espero que algún día entiendas que yo solo quería una vida normal contigo.”
Lo leí varias veces.
Luego dejé el teléfono boca abajo.
Antes, aquella frase me habría hecho sentir culpable. Me habría preguntado si de verdad yo era complicada. Si mis costumbres, mis gatos y mi manera de vivir hacían imposible compartir la vida conmigo.
Pero entonces miré a Tomás dormido bajo el radiador.
Nube estaba sentado en el alféizar, observando a una paloma con una concentración casi ridícula.
Aquello también era una vida normal.
Era mi vida.
Y por primera vez, no sentí la necesidad de defenderla.
Los días fueron recuperando su forma.
Volví a dejar abierta la puerta del dormitorio.
Tomás regresó a dormir junto a mis rodillas. Nube tardó una semana más en subirse a la cama, como si todavía esperara que alguien lo echara.
Yo seguía aspirando el piso, claro.
Pero ya no lo hacía con miedo a que alguien encontrara un pelo sobre el sofá y lo utilizara como prueba de que yo no sabía vivir.
Volví a hablar con ellos al llegar del trabajo.
—Ya estoy en casa —decía al abrir la puerta.
Nube aparecía primero, con la cola levantada.
Tomás tardaba un poco más.
A veces lo oía caminar desde el dormitorio, con ese paso lento y desigual que se había vuelto más evidente durante los últimos meses.
Una tarde, al volver de comprar pan, encontré a Tomás sentado en medio del pasillo.
No parecía asustado.
Solo estaba quieto, mirando la pared.
—Tomás —lo llamé.
Movió una oreja, pero no se giró.
Me agaché a su lado y le acaricié el lomo.
Entonces intentó levantarse.
Las patas traseras le fallaron.
Cayó de lado sin hacer ruido.
Sentí un golpe seco dentro del pecho.
—No pasa nada, cariño —le dije, aunque no sabía si se lo decía a él o a mí.
Lo levanté con cuidado.
Pesaba menos de lo que recordaba.
Lo dejé sobre su manta y se acomodó como siempre, con la cabeza apoyada entre las patas.
Cinco minutos después estaba ronroneando.
Yo quise convencerme de que había sido un tropiezo.
Tomás era viejo.
Los gatos viejos se caían alguna vez.
Los gatos viejos caminaban despacio.
Los gatos viejos dormían mucho.
Pero esa noche no terminó su comida.
A la mañana siguiente, seguía sin querer comer.
Llamé a la clínica del barrio en cuanto abrieron.
La veterinaria que atendía a Tomás desde hacía años se llamaba Elena. Tendría unos cincuenta y tantos, llevaba el pelo corto y siempre hablaba con una calma que a veces ayudaba y otras veces daba miedo.
Lo revisó durante mucho rato.
Le tocó el abdomen. Le miró los ojos. Escuchó su corazón.
Tomás no protestó.
Solo escondió la cabeza contra mi abrigo.
—Necesitamos hacerle unas pruebas —dijo Elena.
Yo asentí.
No pregunté nada todavía.
Tenía la sensación de que, mientras no formulara la pregunta, la respuesta no existiría.
Esperé en una sala pequeña con tres sillas de plástico y una planta artificial en una esquina.
Nube se había quedado en casa.
Antes de salir, había olido el transportín y luego había seguido a Tomás hasta la puerta, inquieto.
Nunca se separaban demasiado.
Incluso cuando fingían ignorarse, siempre sabían dónde estaba el otro.
Elena volvió casi una hora después.
Se sentó frente a mí.
No se quedó de pie.
Aquello fue lo primero que me asustó de verdad.
—Tomás tiene una enfermedad renal bastante avanzada —dijo—. Y hay algo más que me preocupa.
Sentí que el suelo se alejaba.
Me explicó que su cuerpo estaba cansado. Que podíamos ayudarlo a encontrarse mejor durante un tiempo. Que había tratamientos para aliviar algunos síntomas.
Pero no podía prometerme cuánto tiempo.
Semanas.
Tal vez algunos meses.
Dependería de cómo respondiera.
Yo miré el transportín a mis pies.
Tomás tenía los ojos cerrados.
Parecía estar durmiendo.
—¿Está sufriendo? —pregunté.
Elena tardó un segundo en responder.
—Ahora mismo podemos controlar el malestar. Pero tendrás que observarlo mucho. Habrá un momento en que él te dirá que ya no puede más.
No pude evitarlo.
Empecé a llorar allí mismo, delante de aquella planta de plástico y una mujer que había visto llorar a muchas personas por muchos animales.
—Acabo de elegirlo —dije.
Elena frunció un poco el ceño.
—¿Cómo?
—Hace tres semanas elegí que se quedara conmigo. Eché a una persona de mi vida por él y por Nube. Y ahora me dicen que se va a morir.
No sé por qué lo dije así.
Sonó injusto, incluso infantil.
Como si tomar la decisión correcta tuviera que protegerme de todo lo malo que pudiera venir después.
Elena acercó su silla.
—No lo elegiste para que viviera para siempre —dijo—. Lo elegiste para que no tuviera que irse sintiendo que estorbaba.
Aquellas palabras me rompieron.
Pero también me sostuvieron.
Volvimos a casa con medicación, comida especial y una lista de cosas que debía vigilar.
Nube esperaba detrás de la puerta.
En cuanto puse el transportín en el suelo, se acercó y olfateó a Tomás de arriba abajo.
Tomás salió despacio.
Nube le dio un pequeño golpe con la cabeza.
Después caminó a su lado hasta la manta del salón.
Me quedé mirándolos desde la entrada.
No sabía cuánto tiempo nos quedaba.
Así que decidí no medirlo todavía.
Los días siguientes cambiaron nuestra rutina.
Aprendí a darle la medicación escondida en una pequeña cantidad de comida.
Puse un cuenco de agua en cada habitación para que no tuviera que caminar demasiado.
Moví su manta más cerca del radiador.
Compré una rampa pequeña para que pudiera subir al sofá sin saltar.
La primera vez que la usó, se detuvo arriba y me miró como si quisiera decirme que aquello era humillante.
—No pongas esa cara —le dije—. Los dos sabemos que ya no estás para hacerte el joven.
Tomás parpadeó lentamente.
Nube intentó subir por la rampa corriendo y se cayó por un lado.
Me reí.
Fue una risa breve, sorprendida.
La primera risa de verdad desde la visita a la clínica.
A partir de entonces empecé a guardar pequeños momentos.
No en fotos.
No todos.
Algunas cosas quería recordarlas desde dentro.
El peso de Tomás contra mi pierna mientras yo leía.
La forma en que Nube lo limpiaba detrás de las orejas.
El sonido de sus patas sobre el suelo durante la madrugada.
El modo en que ambos me esperaban en la cocina aunque acabaran de comer.
Volví a abrir la caja de zapatos de mi madre.
Leí todas sus recetas.
Había una para hacer rosquillas, escrita en una servilleta. Otra para un guiso de lentejas, con una mancha de aceite en una esquina.
El domingo siguiente preparé las lentejas.
No porque fueran el plato favorito de nadie.
Solo porque mi madre las había escrito.
Mientras cocinaba, Tomás dormía en una silla con una manta doblada.
Nube estaba debajo de la mesa, esperando que cayera algo.
Por primera vez entendí que una casa no conserva a las personas porque nada cambie.
Las conserva porque algunas cosas continúan.
Una receta.
Una frase escrita en una tarjeta.
Un animal que se queda a tu lado cuando tú ya no sabes qué hacer contigo misma.
Pasaron dos meses.
Tomás tuvo días buenos y días malos.
En los buenos, caminaba hasta la ventana y se tumbaba al sol.
Comía casi todo.
Incluso intentaba quitarle comida a Nube.
En los malos, apenas se movía de su manta.
Yo llamaba a Elena más de lo necesario.
Ella nunca parecía molesta.
—Mientras todavía busque tus caricias, mientras coma algo y tenga momentos tranquilos, seguimos —me decía—. Pero no tengas miedo de aceptar cuando esos momentos desaparezcan.
Yo sí tenía miedo.
Mucho.
Por las noches apoyaba una mano sobre el costado de Tomás para sentirlo respirar.
A veces me despertaba porque había dejado de notar el movimiento.
Entonces contenía el aire hasta que su barriga volvía a subir.
Nube empezó a dormir también junto a él.
Se pegaba a su espalda, como si quisiera sujetarlo allí.
Una mañana de finales de otoño, Tomás no se levantó para desayunar.
No era la primera vez.
Pero aquella mañana fue distinta.
Me miró desde la manta.
No intentó incorporarse.
Le acerqué comida.
Giró la cabeza.
Le ofrecí agua.
Tampoco quiso.
Me senté en el suelo.
—¿Es hoy? —pregunté.
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