El perro que enseñó a mi padre a llorar y a volver a vivir

Creí que la historia de mi padre y Rufo había terminado en aquel suelo de la cocina. Me equivocaba. En realidad, aquella despedida fue el principio de algo que ninguno de los dos esperaba.

Durante los primeros días después de la muerte de Rufo, mi padre dejó su cama junto al sillón.

No la guardó.

Tampoco lavó la manta fina sobre la que había pasado sus últimas horas. La dobló con cuidado y la colocó dentro de la cesta de los juguetes, junto a una pelota de goma mordida y una cuerda que Rufo casi nunca había usado.

El cuenco del agua permaneció en la cocina.

Cada mañana, mi padre lo llenaba sin pensar.

Después se quedaba mirándolo durante unos segundos, como si acabara de recordar que nadie iba a beber de allí.

La primera vez que lo vi hacerlo, no dije nada.

Él tampoco.

Se limitó a vaciar el agua en el fregadero, secó el recipiente con un paño y volvió a dejarlo en el mismo lugar.

Durante semanas, siguió levantándose a la hora en que Rufo solía pedirle que salieran.

Se ponía los pantalones, se abrochaba la camisa y buscaba las llaves.

Entonces veía la correa colgada detrás de la puerta.

Y se quedaba quieto.

Algunas mañanas regresaba al dormitorio.

Otras salía solo.

Daba la misma vuelta alrededor de la manzana que había hecho con Rufo durante tres años. Caminaba hasta la plaza, se sentaba en el mismo banco y permanecía allí mirando pasar a la gente.

Una tarde me llamó desde aquel banco.

—Hoy he visto una paloma —dijo.

Esperé a que continuara.

—Era igual de descarada que la que Rufo intentó perseguir aquella vez.

Su voz sonaba tranquila, pero sabía que estaba llorando.

—Seguro que todavía se está riendo de él —respondí.

Mi padre soltó una risa pequeña.

—Probablemente.

A partir de ese día empezó a hablar de Rufo con más frecuencia.

No lo hacía durante mucho rato. Tampoco convertía cada conversación en un recuerdo triste.

Simplemente decía su nombre.

—Rufo se tumbaba ahí.

—A Rufo no le gustaban las judías verdes.

—Rufo sabía cuándo iba a llover porque no quería salir al patio.

Cada vez que lo nombraba, parecía respirar un poco mejor.

También empezó a hablar de mi madre.

Me contó cosas que yo no conocía.

Me dijo que, la primera vez que la invitó a bailar, había pisado su zapato y casi la hizo caer.

Me contó que ella odiaba conducir por carreteras estrechas, aunque fingía que no le daban miedo.

Recordó que guardaba las monedas pequeñas en una lata de galletas y que, durante años, él había creído que allí dentro había botones.

—Tu madre tenía secretos muy raros —dijo.

—Tú tampoco eras precisamente fácil.

—Yo nunca he tenido secretos.

—Papá, escondías el chocolate detrás de las latas de tomate.

Se quedó callado.

—Eso era una medida de protección.

—¿Protección contra quién?

—Contra tu madre.

Volvimos a reírnos juntos.

Por primera vez desde el funeral, hablar de ella no parecía abrir una herida.

Parecía abrir una ventana.

Un domingo, mi padre me pidió que lo ayudara a revisar el armario del dormitorio.

La ropa de mi madre seguía allí. Vestidos, blusas, chaquetas, zapatos y un abrigo oscuro que llevaba años sin ponerse.

Mi padre cogió una de sus bufandas.

La acercó a su cara y respiró profundamente.

—Ya casi no huele a ella —dijo.

No supe qué responder.

Se sentó en el borde de la cama, con la bufanda entre las manos.

—Durante mucho tiempo creí que, si guardaba todas sus cosas exactamente como estaban, ella no se iría del todo.

—Lo entiendo.

—Pero se fue igualmente.

No había amargura en su voz.

Solo cansancio.

Pasamos toda la tarde colocando algunas prendas en cajas. Conservó la bufanda, el abrigo y un vestido azul que mi madre llevaba en casi todas las fotografías familiares importantes.

También dejó sus gafas sobre la mesa auxiliar.

—Las gafas se quedan —dijo—. Sin ellas, la habitación parece de otra persona.

No discutí.

Cuando terminamos, el armario estaba medio vacío.

Mi padre se quedó delante de las puertas abiertas.

—Pensaba que esto iba a doler más.

—¿Y no duele?

—Sí. Pero no como imaginaba.

Cerró el armario despacio.

—Supongo que el dolor también se cansa de estar siempre de pie.

Aquella noche cocinamos juntos.

Intentamos preparar la tortilla de mi madre, aunque ninguno de los dos recordaba exactamente cuánto tiempo dejaba la cebolla en la sartén.

La primera tortilla se rompió al darle la vuelta.

La segunda quedó demasiado hecha.

La tercera se parecía un poco más.

Mi padre probó un trozo.

—No es igual.

—No.

—Pero se puede comer.

—Eso ya es un triunfo.

Después de cenar, guardó un pedazo en un recipiente.

Durante un instante estuvo a punto de colocarlo en el suelo para Rufo.

Lo vi detenerse con el plato en la mano.

Esta vez no apartó la mirada ni fingió que no había ocurrido.

—Todavía hago eso —dijo.

—Es normal.

—Lo echo de menos hasta cuando cocino.

—Yo también.

Dejó el recipiente en la nevera.

Más tarde, antes de acostarnos, descolgó la correa de detrás de la puerta.

Pensé que iba a guardarla en una caja.

En cambio, la sostuvo entre sus manos y me la entregó.

—Llévatela tú.

—¿Estás seguro?

—Aquí solo estoy esperando que vuelva alguien que no puede volver.

Guardé la correa en mi bolso.

Pero cuando regresé a mi casa, tampoco fui capaz de esconderla.

La colgué junto a la puerta de entrada.

Pasaron los meses.

Mi padre continuó con sus paseos. Al principio recorría la manzana rápidamente, como si quisiera terminar cuanto antes.

Después empezó a detenerse para hablar con otras personas.

La mayoría lo conocía por Rufo.

Algunos ni siquiera sabían su nombre. Para ellos era simplemente el señor del perro de la oreja doblada.

Una mujer de la plaza le preguntó un día dónde estaba su compañero.

Mi padre le contó la verdad.

—Era un buen perro —dijo ella.

—El mejor que he conocido.

Cuando me relató la conversación, pareció sorprendido de haber podido decirlo sin romperse.

Un sábado por la mañana fui a visitarlo.

Al llegar, encontré sobre la mesa de la cocina un folleto doblado.

En la portada aparecía la fotografía de varios perros adultos que necesitaban una familia.

No mencioné nada.

Mi padre preparó café, cortó pan y puso tomate rallado en un cuenco.

Se sentó frente a mí.

—No voy a adoptar otro perro.

—Yo no he dicho nada.

—Pero has mirado el papel.

—Solo lo he visto.

—Me lo dieron en la plaza.

—De acuerdo.

—No significa nada.

—De acuerdo.

—Lo he traído porque no había una papelera cerca.

Miré por la ventana.

Había una papelera justo enfrente de su puerta.

Él siguió hablando.

—Además, ya estoy demasiado mayor. Y no quiero pasar otra vez por lo mismo.

—Lo entiendo.

—No necesito otro perro.

—No he dicho que lo necesites.

—Bien.

Terminamos de desayunar.

Antes de irme, vi que había alisado cuidadosamente las esquinas del folleto.

Dos semanas después, me llamó un martes por la tarde.

—¿Tienes algo que hacer el sábado?

—Depende.

—Necesito que me lleves a un sitio.

—¿Dónde?

Hubo un silencio.

—A conocer a una perra.

No pude evitar sonreír.

—Pensaba que no necesitabas otro perro.

—No he dicho que vaya a traerla a casa.

—Claro.

—Solo quiero verla.

—Por supuesto.

—Y no te hagas ilusiones.

—No se me ocurriría.

La perra se llamaba Luna.

Era una mestiza de unos diez años, de tamaño mediano, pelo negro con manchas blancas en el pecho y una cicatriz antigua en una pata delantera.

No se parecía en nada a Rufo.

No tenía la mirada tranquila de él.

Luna observaba todo con desconfianza. Cuando alguien se acercaba demasiado, retrocedía y bajaba la cabeza.

Nos explicaron que había vivido muchos años con una persona mayor que ya no podía cuidarla.

Llevaba varios meses esperando una casa.

Mi padre permaneció a unos pasos de ella.

No intentó tocarla.

No la llamó.

Simplemente se sentó en una silla de plástico y esperó.

Luna lo miró desde la otra punta de la habitación.

Después de varios minutos, se acercó despacio.

Primero olió sus zapatos.

Luego sus pantalones.

Mi padre mantuvo las manos quietas sobre las rodillas.

—No pasa nada —murmuró—. Tú tampoco tienes que confiar en mí todavía.

Luna dio otra vuelta a su alrededor.

Finalmente, se tumbó junto a sus pies.

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