El último regalo de mi hija: la gata que me salvó del silencio

Un año después de encontrar aquella carta en el armario, yo seguía hablando solo en la cocina.

No en voz alta todo el tiempo.

Solo a ratos.

Cuando se me quemaba el café.

Cuando se me caía una cucharilla al suelo.

Cuando Caos me miraba desde la encimera con esa cara de delincuente pequeña que siempre pone antes de hacer algo que sabe que no debe.

Entonces decía:

“Lucía, mira lo que me dejaste.”

Y durante un segundo, solo uno, la casa volvía a sonar como antes.

Caos había engordado un poco.

No mucho.

Seguía teniendo aquella oreja rajada, la cola torcida y esa forma de andar como si siempre estuviera entrando en un sitio donde no la habían invitado, pero ahora el pelo le brillaba más y se había vuelto experta en dormirse en el lugar exacto que más me estorbaba.

Encima del periódico.

Encima del mando.

Encima de mi pecho cuando peor dormía.

Como si tuviera un mapa de mis puntos débiles.

Yo había vuelto al trabajo meses atrás, aunque la palabra “volver” se me hacía grande.

No era volver.

Era aparecer.

Cumplir.

Hacer lo que tocaba.

Había días buenos, o casi buenos. Días en los que conseguía preparar la comida, poner una lavadora y hasta abrir las ventanas sin sentir que el aire me hacía daño.

Y luego estaban los otros.

Los días en los que una canción en la radio me dejaba sin respiración.

Los días en los que encontraba una goma del pelo de Lucía detrás del sofá y me tenía que sentar.

Los días en los que el silencio se ponía otra vez pesado, como una manta mojada encima del pecho.

En esos días, Caos no se separaba de mí.

Ni un metro.

Me seguía hasta el baño.

Se tumbaba en el pasillo si yo fregaba la cocina.

Y si me quedaba demasiado quieto en el salón, venía, me tocaba la mano con la cabeza y luego se iba dos pasos, como diciéndome: venga, muévete.

Yo nunca había sido persona de animales.

Ni de hablar de sentimientos.

Ni de pedir ayuda.

Pero aquella gata parecía tener más claro que yo lo que había que hacer para seguir vivo.

Una tarde de marzo, bajé a tirar la basura y me crucé con Teresa, la vecina del segundo.

Llevábamos años saludándonos sin más.

Hola.

Qué tal.

Hace frío.

Va a llover.

Ese tipo de relación que tienen los vecinos que comparten pared pero no vida.

Teresa me miró el cubo de basura en una mano y la bolsa de arena de gato en la otra.

Y sonrió un poco.

“Así que al final te la quedaste.”

Yo no sabía que ella supiera nada de Caos.

Supongo que en un edificio se sabe todo, aunque nadie pregunte.

Le dije que sí.

Que al final me había ganado por insistencia o por agotamiento, no estaba seguro.

Teresa asintió despacio, como si entendiera más de lo que yo había dicho.

“Tu hija siempre me la enseñaba en fotos. Decía que esa gata tenía carácter de camionera.”

Yo solté una risa seca.

La primera de verdad en varios días.

“Eso suena bastante a Lucía.”

Teresa se quedó callada unos segundos.

Luego dijo, muy suave:

“La echo de menos. Me alegraba las mañanas cuando coincidíamos en el portal.”

Aquello me pilló desarmado.

Porque el dolor, cuando es tuyo, se te olvida que también deja huecos en otros sitios.

Yo asentí.

No me salieron más palabras.

Ella tampoco forzó nada.

Solo me tocó un momento el brazo y dijo:

“Si algún día te sobra café, a mí me falta conversación.”

Aquella frase se me quedó dando vueltas toda la tarde.

No porque fuera profunda.

Sino porque era simple.

Y a veces lo simple es lo único que entra cuando uno lleva demasiado tiempo roto.

Durante una semana no hice nada con eso.

Seguí con mis horarios cortados y mis cenas tristes y mis conversaciones con una gata insolente.

Pero el sábado siguiente hice café de más.

No sé muy bien por qué.

Quizá porque era un sábado largo.

Quizá porque Caos se sentó junto a la puerta después de verme sacar dos tazas.

Quizá porque la carta de Lucía seguía doblada en el cajón de la cocina y a veces tenía la sensación de que aún me estaba diciendo cosas.

Subí al segundo con la cafetera pequeña y una bolsa de magdalenas del horno de la esquina.

Teresa abrió en zapatillas y con cara de sorpresa de la buena, de esa que no incomoda.

“Vaya,” dijo. “Así que hoy sí te sobra café.”

Le contesté:

“Y me faltan excusas para no subir.”

Nos sentamos en su cocina.

Era una cocina pequeña, ordenada, con una radio bajita y un mantel de cuadros que parecía de otra época.

Hablamos del edificio.

Del ascensor que llevaba meses haciendo un ruido raro.

Del pan, que cada vez duraba menos tierno.

De si el barrio había cambiado o si éramos nosotros los que habíamos cambiado primero.

Y luego, sin planearlo, hablamos de Lucía.

Teresa la recordaba con detalle.

Más del que yo esperaba.

Recordaba cómo ayudó una vez a una mujer a subir un carrito por las escaleras cuando se estropeó el ascensor.

Cómo llevaba siempre una bolsa con pienso por si veía gatos callejeros.

Cómo se había quedado una tarde cuarenta minutos hablando con el hijo adolescente del portero porque el chico había suspendido y pensaba que era un inútil.

“Tu hija tenía ese don,” me dijo Teresa. “Hacía que la gente no se sintiera una molestia.”

Yo miré mi taza.

No respondí enseguida porque noté que si abría la boca demasiado pronto, se me rompía la voz.

Al final dije:

“Yo no sé de quién lo sacó.”

Teresa me miró por encima del borde de la suya.

“A lo mejor de ti, aunque no te guste admitirlo.”

Aquello me habría parecido un disparate un año antes.

Incluso seis meses antes.

Pero esa tarde no discutí.

Porque había una gata medio rota durmiendo en mi cama por pura obstinación.

Y porque yo había dado media vuelta en el aparcamiento de un refugio.

Y porque quizá querer no siempre se parece a las películas.

A veces querer es quedarse.

A veces querer es volver.

A veces querer es no cerrar una puerta.

Empecé a subir a casa de Teresa algunos sábados.

No todos.

Lo justo.

A veces llevaba café yo.

A veces ella bajaba con tortilla.

A veces no hablábamos de nada importante y precisamente por eso me hacía bien.

Caos tardó poco en decidir que Teresa también era de su propiedad.

La primera vez que subió conmigo, inspeccionó el salón, olfateó las cortinas, se metió debajo del sofá y salió con una bola de polvo en el bigote, como una señora que viene a hacer una auditoría.

Teresa se rió tanto que tuve que reírme yo también.

“Ahora entiendo lo de camionera,” dijo.

Con el tiempo, empezó a pasar algo que al principio me dio hasta culpa nombrar.

Había mañanas en las que me sentía… normal.

No feliz del todo.

No ligero.

No curado, porque esas cosas no se curan así.

Pero sí normal.

Me levantaba, abría la persiana y, por un momento, el día no parecía un castigo.

Entonces venía la culpa.

Rápida.

Traicionera.

Como si estar un poco mejor fuera una manera de alejarme de Lucía.

Como si el dolor tuviera que quedarse enorme para demostrar algo.

La noche que entendí que eso no era verdad llegó por culpa de Caos, cómo no.

Serían casi las dos de la mañana cuando empezó a maullar en la puerta de la calle.

No un maullido cualquiera.

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