La noche del karaoke no acabó con la llamada de mi hijo.
Acabó cuando, justo antes del último estribillo, vi entrar a dos policías por la puerta del bar y supe, sin necesidad de que nadie me lo explicara, que David había montado un pequeño apocalipsis por su cuenta.
Uno de ellos miró alrededor.
El otro levantó la vista hacia el escenario.
Y yo, con el micrófono en la mano y media canción todavía en la boca, pensé: Pilar, si estás viendo esto, te estás riendo.
La música bajó un poco.
Hubo ese murmullo raro que se forma cuando la gente huele el problema pero aún no sabe si es serio o ridículo.
Uno de los agentes se acercó al borde del escenario y me dijo:
—¿Andrés?
—Ese mismo —le contesté.
—Su hijo ha llamado muy preocupado. Solo queríamos comprobar que está bien.
Medio bar se volvió hacia mí.
Yo miré mi cerveza, miré a Álvaro, a Lucía y a Dani, que tenían cara de no saber si salir corriendo o ponerse a aplaudir, y luego miré al agente.
—Estoy estupendamente —le dije—. Un poco desafinado, eso sí.
Hubo unas cuantas risas.
El policía, que debía de tener poco más de treinta años, dejó escapar media sonrisa.
—Mejor así —dijo—. Llame a su hijo cuando termine. Le va a dar algo.
Asentí.
Y entonces ocurrió una de esas cosas tontas que, sin embargo, se te quedan clavadas.
El otro agente, antes de irse, miró hacia el grupo de chavales que me acompañaba y dijo:
—Pues disfrute la noche, hombre. No todo el mundo tiene tanta gente pendiente de él.
Aquella frase se me quedó dentro.
Porque era verdad.
Mi hijo estaba asustado.
Y esos tres críos también.
Volví a coger el micrófono.
Alguien gritó desde el fondo:
—¡Que siga, que siga!
Y seguí.
Canté peor que antes y mejor que nunca.
Porque ya no estaba cantando solo para acordarme de Pilar.
Estaba cantando para celebrar que todavía seguía aquí.
Cuando salimos del bar eran más de las dos y media.
El aire de la calle estaba frío y me despejó la cabeza de golpe.
Lucía me pasó su bufanda sin preguntarme nada, como hacen las personas que ya te han cogido cariño de verdad.
—Tu hijo te va a matar —dijo Dani, medio riéndose.
—No —contesté—. Mi hijo está asustado.
Álvaro, que a veces parecía mayor de lo que le tocaba, asintió despacio.
—Es casi peor —dijo.
Llamé a David desde la acera.
Tardó medio segundo en cogerlo.
—Papá, ¿dónde estás?
Ya no gritaba.
Eso fue lo que más me dolió.
No estaba enfadado.
Estaba asustado de verdad.
—Estoy saliendo del bar —le dije—. Estoy bien. No me ha pasado nada.
Se quedó callado.
Luego respiró hondo, como si llevara un rato entero sin hacerlo del todo.
—He pensado cualquier cosa —murmuró—. He visto el vídeo. Era tarde. No me cogías. No sabía qué estaba pasando.
Miré el suelo mojado bajo las farolas.
Por un momento vi a mi hijo con ocho años, después de una pesadilla, intentando hacerse el valiente desde la puerta de nuestra habitación.
—Mañana vienes a verme y hablamos —le dije—. Pero hablamos de verdad. Sin tratarme como si se me hubiera ido la cabeza.
No contestó enseguida.
—Voy —dijo al final.
A la mañana siguiente el piso olía a café, a pan tostado y a cebolla porque Dani había decidido, por razones que todavía desconozco, empezar el día intentando hacer una tortilla a las once y media.
Yo estaba poniendo la mesa cuando sonó el timbre.
Álvaro abrió.
David entró con la mandíbula apretada, los hombros tensos y esa expresión de hombre que cree venir preparado para todo y, aun así, no lo está.
Llevaba una bolsa con naranjas, galletas y mis pastillas para la tensión, como si eso pudiera ordenar lo que sentía.
—Pasa —le dije.
Miró alrededor.
El salón pequeño.
Los apuntes.
Una manta tirada en el sofá.
Un vaso con pinceles de Lucía junto a la ventana.
Un tendedero con calcetines de tres tamaños distintos.
No era un sitio elegante.
Era un sitio vivido.
David saludó a los chicos con educación, pero con esa educación fría que se usa cuando todavía no has decidido si fiarte.
Lucía levantó la mano manchada de azul.
Dani dijo “hola” como quien se presenta a un profesor exigente.
Álvaro se limitó a asentir.
Nos sentamos en la cocina.
Mi hijo dejó la bolsa encima de la mesa y tardó menos de un minuto en decir lo que venía a decir.
—Papá, esto no puede seguir así.
Lo dijo bajo.
Como si hablar más fuerte fuera a romper algo.
—¿Así cómo? —pregunté.
Miró hacia el pasillo, hacia las habitaciones, hacia las voces jóvenes al otro lado de la casa.
—Así. En un piso de estudiantes. Saliendo a esas horas. En bares. Con gente que apenas conoces.
No respondí enseguida.
Porque lo que oí no fue “me importas”.
Lo que oí fue “me das miedo cuando te sales del papel que yo te había asignado”.
—Los conozco bastante mejor que tú —le dije.
David cerró los ojos un segundo.
—Papá, no estoy siendo cruel.
—No. Solo estás siendo cómodo.
Levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo dices?
—Digo que era más cómodo para ti imaginarme en mi casa antigua, con la tele puesta, la persiana a medias y el mismo plato de sopa de siempre, que verme aquí, viviendo una vida que no controlas.
Su cara cambió.
Le hice daño.
Y lo sabía.
Pero a veces la verdad también raspa.
—Yo solo quiero que estés bien —dijo.
—No, David. Tú quieres estar tranquilo.
Se hizo un silencio.
De esos silencios que, si no los dejas respirar, se pudren.
Entonces Dani apareció con una sartén en la mano y una expresión de auténtica tragedia.
—Andrés… creo que esto se me ha pegado.
Nos miró.
Nos vio las caras.
Y se quedó clavado.
Por primera vez en mi vida sentí ganas de reírme en mitad de una discusión seria con mi hijo.
Me levanté.
—Apaga el fuego y no toques nada —le dije.
David me observó ir hacia la cocina.
Yo cogí la sartén, la aparté, abrí la ventana y empecé a explicarle a Dani, con calma, cómo salvar lo poco salvable y cómo no volver a destrozar una tortilla antes del mediodía.
Cuando me giré, David seguía allí.
Mirándome.
No sé exactamente qué vio.
Tal vez no vio a un hombre mayor haciendo el ridículo en un piso compartido.
Tal vez vio a su padre ocupando un lugar.
Sirviendo para algo.
Aun así, no se rindió.
Durante las dos semanas siguientes me llamó más de lo habitual.
Me preguntaba si dormía bien.
Si comía.
Si los chicos cumplían con su parte.
Si no había demasiado ruido.
Si no me convenía algo “más estable”.
Yo ya sabía que detrás de todas esas preguntas había una sola.
¿Y si te pasa algo?
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