Abrió la puerta a una anciana perdida y descubrió que aquella noche cambiaría para siempre la vida de su hija

—Tomás murió hace muchos años.

Miró a Javier con tristeza.

—Te pareces a él cuando sonríes.

Javier sintió un escalofrío.

Ahora comprendía por qué lo había llamado así.

—¿Y su marido?

—También se fue.

Carmen guardó la fotografía con cuidado.

—A veces todos regresan en mi cabeza. Después vuelvo a perderlos.

Lucía dejó de jugar con la servilleta.

—Yo no quiero que estés sola.

Carmen le acarició el cabello.

—Ahora no lo estoy.

Javier pidió tres platos de tortitas.

Costaban mucho más de lo que podía permitirse.

El desayuno completo, con las bebidas, consumiría casi todo su dinero.

Estuvo a punto de pedir solo uno y decir que él no tenía hambre.

Pero Carmen llevaba horas sin comer y Lucía observaba la cocina con ilusión.

—Tres platos —confirmó.

Cuando llegaron, Carmen cortó las tortitas de Lucía en pedazos pequeños.

La niña le llenó el plato de sirope.

—Así las comía Elena —dijo Carmen—. Siempre ponía demasiado.

Lucía rio.

—Yo también.

Durante unos minutos, parecían una abuela y su nieta.

Carmen le enseñó a convertir una servilleta en un pájaro. Lucía intentó copiarla y terminó creando algo que parecía una pelota arrugada.

Las dos rieron tanto que varios clientes se volvieron para mirarlas.

Javier las observaba desde la barra.

No recordaba la última vez que había visto a su hija tan contenta con otro adulto.

Lucía no conocía a sus abuelos.

La madre de Javier había muerto antes de que ella naciera. Del resto de la familia apenas recibían alguna llamada durante las fiestas.

Carmen, en cambio, escuchaba cada palabra de la niña como si fuera importante.

—¿De dónde ha salido esa señora? —preguntó José.

Javier le contó lo ocurrido mientras preparaban cafés.

José dejó de limpiar una taza.

—¿La metiste en tu casa sin saber quién era?

—Se estaba congelando.

—También podrías haber llamado a la policía.

—Lo intenté esta mañana. Me dejaron esperando.

—Eso puede traerte problemas.

—Lo sé.

José miró hacia la mesa.

Carmen estaba limpiando una mancha de chocolate de la cara de Lucía.

—Pero no podías dejarla fuera.

—No.

—Yo tampoco habría podido.

El turno avanzó entre pedidos, quejas y platos acumulados.

Javier intentó llamar a varios centros de atención a mayores, pero nadie podía darle información sin datos completos.

También preguntó a Carmen por calles, estaciones y edificios.

Sus respuestas cambiaban.

A veces decía que había llegado en autobús.

Otras veces aseguraba que Tomás la había acompañado.

En un momento afirmó que Elena aún estaba en el colegio.

Javier comenzó a entender que no se trataba de un simple despiste.

Carmen estaba enferma.

Cerca de las tres de la tarde, el televisor del local interrumpió su programación habitual.

Apareció una fotografía en la pantalla.

Javier la reconoció antes de escuchar el nombre.

Era Carmen.

En la imagen llevaba el cabello perfectamente peinado y sonreía frente a una pared blanca.

“Se busca a Carmen Ruiz, de setenta y siete años, desaparecida desde la tarde de ayer.”

Javier dejó caer una cuchara.

El presentador explicó que la mujer padecía problemas de memoria y se había marchado de una residencia para mayores sin ser vista.

Su familia llevaba casi veinticuatro horas buscándola.

Habían revisado hospitales, estaciones, parques y calles.

La hija de Carmen pedía ayuda desesperadamente.

En la parte inferior de la pantalla apareció un número de contacto.

—Es ella —dijo José.

—Ya lo sé.

Javier sacó el teléfono.

Marcó.

La llamada pasó a una grabación automática.

Volvió a intentarlo.

Lo mismo.

Una tercera vez.

Nada.

—¿Cómo pueden no responder? —preguntó, frustrado.

—Habrá cientos de llamadas.

Javier miró a Carmen.

La anciana estaba enseñándole a Lucía una canción de palmas.

No tenía idea de que su rostro acababa de aparecer en televisión.

—Dicen que vive en una zona residencial al oeste de la ciudad —recordó José—. Podrías llevarla.

—No tengo coche.

—Toma un taxi.

Javier sacó la cartera.

Después de pagar el desayuno y los billetes de autobús, le quedaban once euros.

—No me alcanza.

José miró hacia la cocina.

Sacó varios billetes arrugados de su bolsillo.

—Tengo treinta y cinco.

—No puedo aceptarlos.

—Me los devuelves cuando cobres.

—Puede que mañana ya no tenga el otro trabajo.

—Entonces me los devuelves cuando puedas.

Javier cerró la mano alrededor del dinero.

—Gracias.

—Espera. ¿Qué harás con Lucía?

Javier miró a su hija.

No podía llevársela en un trayecto incierto con una mujer desaparecida. Tampoco podía dejarla sola.

—¿Podrías vigilarla?

José abrió mucho los ojos.

—Estoy trabajando.

—Solo será un par de horas.

—Tu encargado puede despedirnos a los dos.

—Lo sé.

—¿Y si le pasa algo?

—José, no tengo a nadie más.

Su amigo respiró hondo.

—Ve. Pero vuelve antes del cierre.

Javier abrazó a Lucía.

—Tengo que llevar a Carmen con su familia.

—Quiero ir.

—No puedes.

—Pero ella me necesita.

Carmen se agachó frente a la niña.

—Tu papá tiene razón. Tú te quedarás con José.

Lucía apretó los labios.

—¿Vas a volver?

—Claro que sí.

—¿Mañana?

Carmen miró a Javier, como si tampoco supiera la respuesta.

—Volveré cuando pueda.

Lucía le entregó su oso de peluche.

—Llévatelo para no tener miedo.

Carmen abrazó el juguete contra el pecho.

—Te lo cuidaré muy bien.

El taxi tardó casi una hora en llegar a la dirección mostrada en las noticias.

Era una casa grande, con una entrada amplia y varias personas esperando fuera.

En cuanto Carmen bajó del vehículo, una mujer corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Carmen se quedó quieta.

La mujer la abrazó con tanta fuerza que ambas estuvieron a punto de caer.

—Elena —susurró Carmen.

La hija comenzó a llorar.

Tenía poco más de cuarenta años y vestía un traje oscuro. Hasta ese momento parecía una persona acostumbrada a controlar cada detalle de su vida.

Al ver a su madre, perdió por completo la compostura.

—¿Dónde estabas? Pensamos que te había pasado algo.

—Fui a visitarte.

—Mamá, mi casa no está cerca de tu residencia.

Carmen miró a Javier.

—Él me cuidó.

Elena levantó la vista.

Su expresión cambió.

Durante unos segundos lo examinó de arriba abajo: la sudadera gastada, el uniforme de cafetería bajo el abrigo, los zapatos manchados de aceite.

—¿Quién es usted?

—Javier Morales.

—¿Dónde encontró a mi madre?

—Ella llamó a mi puerta anoche.

Elena frunció el ceño.

—¿Y no avisó a nadie?

La pregunta golpeó a Javier como una acusación.

—Intenté llamar esta mañana. Después vi la noticia. He marcado varias veces al número que aparecía en la pantalla.

—Mi madre lleva desaparecida casi un día.

—Lo sé.

—¿Pasó la noche en su casa?

—Sí.

Una mujer que estaba junto a la puerta observó a Javier con desconfianza.

Él sintió que el pecho se le cerraba.

Había temido exactamente aquel momento.

—No le hice daño —dijo—. Estaba mojada, temblando y no sabía dónde vivía. Le di una manta y algo caliente.

Elena miró a su madre.

Carmen sostenía el oso de Lucía.

—¿Es verdad?

—Javier fue muy bueno conmigo.

—Mamá, ¿estás segura?

La anciana la tomó de la mano.

—Me trató como si fuera de su familia.

Elena volvió a mirar a Javier.

Esta vez su rostro se suavizó.

—Gracias.

Él asintió.

—Solo quería que regresara sana y salva.

—Permítame pagarle el taxi.

—No hace falta.

—Por favor.

—Mi amigo me prestó el dinero. Ya se lo devolveré.

—Entonces deje que se lo devuelva yo.

Javier negó con la cabeza.

No quería una recompensa.

No quería que aquella mujer creyera que había ayudado a Carmen esperando cobrar.

—Mi hija está esperándome. Tengo que volver al trabajo.

Antes de marcharse, Carmen lo abrazó.

—Dile a Lucía que cuidaré bien de su oso.

—Se lo diré.

—Y dile que no me he olvidado de ella.

Javier regresó a la cafetería casi tres horas después.

Su encargado lo esperaba junto a la puerta.

—Quítate el delantal.

—Puedo terminar el turno.

—Te fuiste sin permiso.

—Era una emergencia.

—Siempre tienes una emergencia.

—La señora estaba desaparecida.

—Este negocio no puede detenerse por los problemas de cada empleado.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. Hoy terminaste aquí.

Javier no discutió.

Guardó el delantal en una bolsa y recogió sus pocas pertenencias.

José se acercó antes de que se marchara.

—Lo siento.

—No es culpa tuya.

—¿La encontraste con su familia?

—Sí.

—Entonces hiciste lo correcto.

Javier miró a Lucía, dormida en dos sillas unidas.

—Hacer lo correcto no paga el alquiler.

Aquella noche regresaron a casa en autobús.

Lucía despertó cuando Javier la acostó.

—¿Carmen está bien?

—Está con su hija.

—¿Y mi oso?

—Se lo llevó para no tener miedo.

La niña sonrió.

—Entonces puede quedárselo esta noche.

Javier se sentó junto a la cama.

—Tal vez no vuelva pronto.

—Sí volverá.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo prometió.

Javier le acarició el cabello.

Deseó tener la misma confianza.

Al día siguiente fue a la tienda de recambios.

Su encargado lo esperaba con una hoja en la mano.

—Necesito empleados en quienes pueda confiar.

—Puede confiar en mí.

—Ayer no viniste.

—Había una anciana perdida en mi casa.

—Ese no es mi problema.

—Lo sé.

—Recoge lo tuyo.

En menos de veinticuatro horas, Javier perdió sus dos trabajos.

Al regresar al piso, colocó sobre la mesa todo el dinero que le quedaba.

Cuatro euros con sesenta y ocho céntimos.

El alquiler vencía en doce días.

Había suficiente leche para una mañana.

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