Ataron las cuatro patas de una perra y la dejaron en un canal; cuando la vimos, apenas podía mantener la nariz fuera del agua.
Luis tocó el claxon dos veces.
Yo todavía no entendía qué había visto.
Éramos seis motociclistas regresando hacia Tepatitlán, Jalisco, después de llevar comida, pañales y botellas de agua a un pequeño comedor comunitario de una población cercana.
Luis levantó el brazo y frenó.
—¡Ahí! ¡Miren ahí!
A un lado de la carretera había un canal de desagüe lleno de agua turbia.
Al principio pensé que aquella cosa marrón junto a una tubería era una bolsa atrapada entre las ramas.
Entonces levantó la cabeza.
Era una perra.
Solo se veía su cara.
Mi nombre es Roberto Salgado, aunque desde hace años casi todos me llaman Oso. Tenía 58 años, una barba gris bastante descuidada, el pelo largo recogido, brazos tatuados y unas manos llenas de pequeñas cicatrices de trabajar con herramientas.
Sé perfectamente qué impresión doy cuando alguien me ve bajar de una motocicleta grande con un chaleco de cuero.
Pero nuestro pequeño grupo de motociclistas pasaba más tiempo llevando despensas y arreglando casas de personas mayores que buscando problemas.
Aquella tarde, las seis motos se detuvieron casi al mismo tiempo.
La perra volvió a levantar la cabeza.
Era de tamaño mediano, café y blanca, con una franja clara en el hocico y las orejas pegadas hacia atrás.
Intentó moverse.
No pudo.
Su cabeza desapareció durante un segundo bajo el agua.
Volvió a salir.
—Oso —dijo Ernesto, que estaba a mi lado—. Sus patas no se están moviendo.
Entonces lo entendí.
No estaba atrapada en el barro.
Sus cuatro patas estaban atadas.
Alguien había unido las delanteras con las traseras de manera que no pudiera nadar, ponerse de pie ni trepar por la orilla.
Solo podía levantar la cabeza y buscar aire.
Sentí un golpe en el estómago.
A unos metros había una camioneta gris parada en el acotamiento. Un hombre estaba cerca de la puerta del conductor.
Nos miró.
No parecía sorprendido por la perra.
Parecía sorprendido de vernos a nosotros.
—Luis, la placa —dije.
Luis ya tenía el teléfono en la mano.
—La tengo.
El hombre subió rápidamente a la camioneta y arrancó.
Ernesto llamó a emergencias.
Yo no esperé.
Dejé el chaleco sobre la moto, me quité las botas y agarré una pequeña herramienta de corte que llevaba con el equipo de carretera.
Bajé por el talud.
El barro casi me hizo caer.
Cuando entré en el canal, el agua me llegó cerca del pecho.
La perra me vio.
Jamás olvidaré esos ojos.
No eran ojos agresivos.
Eran ojos cansados.
Parecía haber llegado al punto en que ya no sabía si seguir luchando.
Le enseñé una mano.
—Tranquila. Voy contigo.
Intentó levantar la cabeza.
El agua volvió a cubrirle el hocico.
Me lancé hacia ella y conseguí pasar un brazo por debajo de su pecho justo cuando volvía a hundirse.
La levanté.
Tosió.
Con la otra mano busqué debajo del agua.
Encontré la cuerda.
Estaba muy apretada.
Demasiado.
La perra comenzó a temblar contra mi cuerpo.
—Ya te tengo —le dije—. No te voy a soltar.
Desde arriba, Ernesto gritó:
—¡Ya vienen!
Luis hablaba por teléfono describiendo la camioneta.
Los demás colocaron las motos de forma que los vehículos que pasaban redujeran la velocidad.
Pero para mí la carretera había desaparecido.
Solo existían aquella perra, aquella cuerda y el sonido de su respiración.
Metí dos dedos entre la cuerda y una de sus patas.
Ella se estremeció.
Y comprendí algo que me dolió todavía más.
También tenía miedo de mis manos.
Claro que lo tenía.
Unas manos humanas la habían atado.
Para ella, yo podía ser simplemente otro hombre que iba a hacerle daño.
—Esta mano es diferente —le susurré.
Empecé a cortar.
La cuerda húmeda resbalaba.
El primer hilo cedió.
Luego otro.
La perra se movió y su cabeza volvió a quedar bajo el agua.
La levanté contra mi pecho.
—Vamos, pequeña. Respira.
Tosió otra vez.
Ese sonido fue suficiente.
Seguí cortando.
Una pata delantera quedó libre.
Al principio no la movió.
Después hizo un pequeño temblor.
Busqué el resto del nudo.
La cuerda estaba marcada contra la piel de sus patas traseras.
Sentí una rabia enorme.
Pero la rabia no podía ayudarla.
Cortar sí.
Así que respiré y seguí.
Finalmente cedió el último tramo.
Las cuatro patas quedaron libres.
La perra intentó moverlas, pero no tenía fuerzas.
—¡Sáquennos! —grité.
Ernesto y Luis habían lanzado una cuerda hacia mí.
Me sujeté como pude mientras ellos tiraban y yo empujaba con los pies contra la pendiente.
El barro se deshacía debajo de mis piernas.
Cuando llegamos arriba, Ernesto se arrodilló y me ayudó a levantarla.
La dejamos sobre el pasto.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
La perra tosió agua.
Respiraba muy rápido.
Sus patas temblaban.
Luis cortó los últimos restos de cuerda que seguían alrededor de sus tobillos.
Yo estaba arrodillado frente a ella.
Empapado.
Cubierto de barro.
Sin saber qué hacer después.
La perra abrió los ojos.
Miró mi mano.
Y lentamente acercó el hocico.
Me lamió los nudillos.
Solo una vez.
Ernesto se dio la vuelta fingiendo que estaba mirando la carretera.
Luis bajó la cabeza.
Yo no pude hablar durante unos segundos.
—Después de lo que te hicieron, todavía haces eso —murmuré.
Me volvió a lamer.
Fue entonces cuando pensé en su nombre.
Río.
Porque el agua casi se la había llevado.
Y porque yo quería creer que algún día esa palabra significaría algo diferente para ella.
Poco después llegó personal de atención animal.
Una mujer llamada Marisol se acercó despacio con una manta y una camilla.
No tocó a Río inmediatamente.
Primero se agachó a unos pasos.
—Hola, pequeña. Ya pasó lo peor.
Río miró hacia mí.
Cuando intenté apartarme para dejar trabajar a Marisol, sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos.
Marisol se dio cuenta.
—Quédate cerca —me dijo—. Ahora mismo, tu voz es lo único que reconoce como seguro.
Así que me quedé.
Mientras revisaban su respiración, le hablé.
Le hablé de cualquier cosa.
De las motos.
Del comedor donde habíamos estado.
De Ernesto, que roncaba como una máquina vieja cuando dormíamos durante viajes largos.
Le dije que sus patas estaban libres.
Le dije que nadie iba a devolverla a aquel canal.
No sabía si entendía mis palabras.
Pero cada vez que escuchaba mi voz, dejaba de temblar un poco.
La llevaron a una clínica veterinaria de la zona.
Yo fui detrás.
La veterinaria, la doctora Elena Ramos, la examinó durante mucho tiempo.
No tenía fracturas.
Eso fue una suerte enorme.
Sí tenía lesiones causadas por la cuerda, agotamiento extremo y músculos muy lastimados por haber intentado moverse mientras estaba atada.
También existía el riesgo de complicaciones por haber tragado agua.
—Las próximas horas son importantes —nos dijo la doctora.
Miré a Río envuelta en mantas.
—¿Va a sobrevivir?
La doctora guardó silencio un segundo.
—Está luchando.
Yo también decidí quedarme.
Esa noche recibimos noticias de las autoridades.
La camioneta había sido localizada.
La información de Luis y los testimonios de quienes habíamos estado en la carretera permitieron abrir una investigación sobre lo ocurrido.
No sentí satisfacción.
En ese momento no me interesaba escuchar excusas ni imaginar castigos.
Había una perra temblando en una mesa.
Eso era lo único que importaba.
Río pasó casi dos semanas en la clínica.
Su cuerpo mejoró antes que su miedo.
Las marcas de las patas fueron cerrándose.
Comenzó a comer.
Primero muy poco.
Después esperaba su plato.
A los pocos días logró ponerse de pie.
Pero había algo que seguía siendo difícil.
Las manos.
Si alguien acercaba una mano demasiado rápido, Río se pegaba al suelo.
Si veía una correa, apartaba la cara.
Si alguien intentaba revisar sus patas, empezaba a temblar.
Nadie necesitaba preguntarse por qué.
Así que aprendimos a ayudarla de otra manera.
Marisol le ofrecía comida con la palma abierta.
La doctora Elena se detenía cada vez que Río mostraba miedo.
Ernesto apoyaba su enorme mano tatuada en el suelo y simplemente esperaba.
Una vez estuvo sentado casi veinte minutos antes de que Río se acercara a olerlo.
Luis descubrió que pequeños trozos de pollo funcionaban bastante bien.
Yo tardé más en entender qué necesitaba de mí.
Mi primer impulso era acariciarla.
Quería ponerle una mano encima y hacerle comprender que estaba protegida.
Pero Río no necesitaba que yo decidiera por ella.
Necesitaba poder elegir.
Así que me sentaba frente a su espacio y dejaba la mano quieta.
No la llamaba.
No intentaba tocarla.
Algunos días se acercaba.
Otros no.
Yo regresaba de todos modos.
Por la mañana cuando podía.
Después del trabajo.
Por la tarde.
Siempre decía lo mismo.
—Volví, Río.
Durante los primeros días no reaccionaba.
Al quinto, movió las orejas.
Al séptimo, golpeó una vez la manta con la cola.
Al décimo día ocurrió algo que todavía puedo ver con claridad.
Entré.
Me senté.
Extendí la mano.
—Volví, Río.
Ella se levantó.
Caminó hasta mí.
Y apoyó la nariz en mis dedos.
La doctora Elena estaba al otro lado de la habitación.
—Creo que ya eligió —dijo.
Poco después pudimos salir al pequeño patio de recuperación.
Había un banco, algo de pasto y un recipiente con agua cerca de la pared.
Río salió lentamente.
En cuanto vio el agua, se detuvo.
Su cuerpo se endureció.
Retrocedió.
El arnés quedó tenso.
Yo aflojé la correa inmediatamente y me puse entre ella y el recipiente.
—No tienes que acercarte.
La doctora Elena nos observaba.
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