Luna permaneció al fondo de la jaula.
Lucía no intentó tocarla.
Se sentó de lado y comenzó a hablarle suavemente.
Diez minutos después, Luna avanzó y puso una pata sobre su bota.
Tomás recibió a Oso.
Era un mastín mestizo enorme, atigrado, con una cicatriz en una oreja.
Tres familias lo habían rechazado porque su tamaño parecía intimidante.
Tomás leyó la nota.
—Eso también me pasa a mí, amigo.
Oso movió la cola una sola vez.
Después comenzaron a salir los demás.
Una beagle de tres patas.
Un mestizo negro de pecho blanco.
Una pastora anciana y sorda.
Un sabueso cuyas orejas terminaban dentro del plato de agua.
Una perrita nerviosa que observaba cada movimiento.
Un perro peludo sin la mitad de la cola.
Cuarenta animales.
Algunos salían emocionados.
Otros tenían que ser cargados.
Varios temblaban.
Algunos se aferraban a los trabajadores que los habían cuidado durante meses.
Las despedidas fueron difíciles.
—No le toques las patas traseras al principio.
—Ella come mejor si su plato está junto a la pared.
—Él tiene miedo de los sombreros.
—Ella necesita que te sientes en el suelo.
—Este duerme mucho.
—Aquel ronca.
—Por favor, manden fotografías.
Cada detalle importaba.
Porque no estábamos recogiendo cuarenta números.
Eran cuarenta individuos.
Con miedo.
Con hábitos.
Con historias.
Con pequeñas cosas que alguien se había tomado el tiempo de aprender.
Galleta fue el último para mí.
Estaba acostado sobre aquella manta roja.
Cuando escuchó los motores afuera, levantó la cabeza.
Me agaché frente a su jaula.
—Hola, Galleta.
Miró mi barba.
Miró mis manos.
Miró mis botas.
Pensé que retrocedería.
En cambio, caminó despacio hacia mí y acercó la nariz entre los barrotes.
Elena se llevó una mano a la boca.
—No había hecho eso con nadie en dos semanas.
Abrimos la puerta.
Me senté en el suelo.
Galleta olfateó mi manga.
Después subió medio cuerpo sobre mis piernas y apoyó la barbilla en mi brazo.
Tuve que mirar hacia otro lado.
Ernesto apareció detrás.
—¿Estás llorando?
—No.
—Parece que tienes una fuga.
Galleta movió la cola.
Ya no pude ocultarlo.
A las siete y media, los cuarenta perros estaban preparados.
Elena salió hasta la entrada.
Miró las motocicletas.
Miró a sus trabajadores.
Miró el edificio donde había pasado tantos años.
Después pronunció cuatro palabras.
—Llévenlos a casa.
Los motores comenzaron a encenderse.
Los perros levantaron las cabezas.
Y aquella calle escuchó el sonido de cuarenta vidas empezando de nuevo.
Cuando llegamos a una avenida más concurrida, la gente salió de los negocios.
Al principio era por el ruido.
Luego vieron los sidecars.
Bruno iba junto a Ernesto como un viejo rey.
Luna llevaba una manta rosa que Lucía había elegido para ella.
Oso ocupaba casi todo el espacio junto a Tomás.
La beagle de tres patas lanzó un aullido.
Otros perros respondieron.
Y Galleta seguía conmigo debajo de su manta roja.
La expresión de la gente cambiaba mientras pasábamos.
Primero sorpresa.
Después curiosidad.
Luego sonrisas.
Algunas personas aplaudieron.
Otras grababan.
Una niña pequeña saludó a Galleta desde la banqueta.
Galleta la vio.
Su cola se movió debajo de la manta.
—¡Me saludó! —gritó la niña.
Su padre comenzó a reír.
Yo también.
Cuando llegamos al centro comunitario donde terminaríamos los trámites, había recipientes de agua, mesas veterinarias, carpetas y camas para perros.
Todo se hizo lentamente.
Sin prisas.
Cada perro fue revisado.
Cada documento volvió a comprobarse.
Cada persona recibió instrucciones.
Al mediodía, los cuarenta tenían oficialmente un hogar.
El último formulario fue el de Galleta.
Propietario: Ramón Salgado.
Me quedé mirando mi nombre.
Durante meses había pensado que la parte de mi vida donde había perros había terminado con Trueno.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






