Paciencia estaba detrás de mi pierna.
Roberto se agachó.
—Hola, Mora.
—Se llama Paciencia.
Sonrió.
—Suena como una crítica para los dos.
Solté una pequeña carcajada.
La cara de Roberto cambió.
Bajó la mirada y fingió arreglarse el zapato.
Era la primera vez que me escuchaba reír desde que murió Diego.
Nos sentamos a tomar café.
Roberto me contó cómo había encontrado a la perra.
Había visto una publicación del refugio con una fotografía donde ella permanecía sentada junto a la puerta mientras otros perros buscaban atención.
La descripción decía que no pedía ser elegida.
Solo esperaba para descubrir si alguien la elegiría.
—¿Por qué ella? —pregunté.
Roberto tardó en responder.
—Porque sabía quedarse cerca de una puerta cerrada sin creer que todo era culpa suya.
Lo miré mal.
—Eso no tiene gracia.
—No estaba bromeando.
Entonces confesó algo.
La primera noche no se había ido del todo.
Había estacionado la camioneta unas calles más adelante y regresado varias veces.
Llevaba cobijas y una transportadora por si Paciencia necesitaba refugio.
La segunda noche hizo lo mismo.
—¿Pasaste dos noches vigilándonos?
—A las dos.
Sentí ganas de enfadarme.
Pero imaginar a mi hermano pasando horas dentro de su camioneta porque no quería abandonar ni a la perra ni a mí hizo que el enojo se desinflara.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque entonces la historia habría sido sobre mí.
Miró a Paciencia.
—Tenía que ser sobre si tú abrías la puerta.
Después de que se marchó, Paciencia caminó conmigo hasta el cuarto de Diego.
Por primera vez se detuvo justo en la entrada.
Olfateó.
Dio un paso hacia atrás.
Pensé que respondía a mi dolor.
Todavía no sabía que conocía aquel olor.
Tres meses después de su llegada, una noche hubo una tormenta fuerte.
Encontré a Paciencia escondida debajo de la mesa del comedor.
Cada trueno hacía que su cuerpo se tensara.
Me senté a unos metros.
No intenté abrazarla.
No le pedí que se calmara.
Solo esperé.
Después de casi una hora, arrastró el cuerpo lentamente y apoyó el hocico sobre mi tobillo.
Eso fue todo.
Me quedé ahí.
Cuando intenté levantarme, alzó la cabeza con tanto miedo que fui por unas cobijas y dormí en el piso junto a ella.
Era parecido a nuestra primera noche.
Pero ahora los papeles se habían invertido.
La primera vez yo me acosté junto a ella porque había olvidado cómo dormir sola con mis pensamientos.
Aquella noche me quedé porque Paciencia necesitaba saber que alguien permanecería cuando el ruido fuera demasiado fuerte.
Por la mañana desperté antes.
Su espalda estaba pegada a la mía.
No me sentía curada.
Había dejado de confiar en esa palabra.
Pero sí me sentía necesaria.
Y descubrí que había una gran diferencia.
Durante las semanas siguientes empecé a salir por motivos que no tenían relación con la perra.
Visité mi antigua biblioteca después del horario.
Comí en casa de Roberto.
Finalmente asistí a una reunión para personas que habían perdido familiares.
La primera vez solo dije:
—Soy Elena.
Otra mujer habló después.
Había perdido a su hija.
Nadie intentó arreglar su frase.
Nadie dijo “por lo menos”.
Regresé la semana siguiente.
Paciencia también empezó a acompañarme.
En algunas reuniones esperaba en una sala exterior.
Una tarde un hombre salió llorando y se sentó en el piso.
Paciencia caminó hacia él.
No lo lamió.
No se echó encima.
Simplemente se acostó a cierta distancia.
El hombre extendió una mano, pero se detuvo.
Ella esperó.
Al final, él fue quien cerró la distancia.
Aquello se convirtió en algo que Paciencia hacía con frecuencia.
Nunca fue la perra alegre y extrovertida que algunas personas imaginan cuando piensan en un animal de apoyo.
Tenía otra cualidad.
Entendía la dignidad del silencio.
Parecía decir:
“No necesitas demostrarme que estás mejor.”
Un año después de la muerte de Diego fui por primera vez al pequeño memorial que habíamos colocado cerca del tramo de carretera donde ocurrió el accidente.
Roberto condujo.
Paciencia iba atrás.
Permanecí dentro del vehículo casi veinte minutos.
Ella no me presionó.
Cuando finalmente abrí, salió y esperó.
Caminamos juntas.
Toqué la fotografía de Diego.
Luego me senté.
Cada vez que pasaba un vehículo rápido, Paciencia se tensaba.
Pero no se marchó.
Yo tampoco.
Creí que ese sería el momento más difícil de nuestra historia.
Me equivocaba.
Dos semanas después llevé a Paciencia al mismo refugio donde Roberto la había encontrado.
Íbamos por una revisión rutinaria.
Una mujer mayor cruzó el área de recepción, vio a Paciencia y dejó caer lo que llevaba entre las manos.
—Dios mío —susurró—. Es la perra de Diego.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Qué dijo?
La mujer se acercó lentamente.
Se llamaba Carmen.
Llevaba muchos años ayudando allí.
Se agachó a varios pasos de Paciencia.
—Hola, Pacientita.
La cola de la perra se movió.
Una sola vez.
Despacio.
Exactamente como lo había hecho conmigo cuando empecé a llamarla Paciencia.
—¿Cómo la llamó? —pregunté.
—Pacientita. Así le decía uno de nuestros voluntarios.
Carmen levantó la mirada.
—¿Usted es la mamá de Diego Salgado?
Sentí que el lugar se volvía más pequeño.
—Sí.
La mujer se llevó una mano a la boca.
Diego había trabajado con Paciencia durante los últimos meses de su vida.
Cuando ella llegó al refugio todavía se llamaba Mora.
No permitía que las personas se acercaran.
Si alguien permanecía frente a ella, retrocedía.
Solo se aproximaba a la puerta cuando todos se marchaban.
Diego empezó a pasar las tardes de los sábados sentado dentro de su espacio.
No intentaba tocarla.
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