Desperté después de cuatro días al borde de la muerte… y la mujer que sostenía mi mano era mi exesposa, a quien no veía desde hacía tres años.
Lo primero que escuché fue el sonido constante de un monitor.
Después llegó el dolor.
Sentía el pecho pesado, la cabeza partida y cada parte de mi cuerpo parecía protestar cuando intentaba moverme.
Abrí los ojos lentamente.
Las luces del techo estaban borrosas. Mi boca estaba seca y durante unos segundos no pude recordar dónde estaba ni qué había ocurrido.
Entonces giré un poco la cabeza.
Había una mujer sentada junto a mi cama.
Sujetaba mi mano entre las suyas con tanta fuerza que podía sentir sus dedos temblando.
Tenía los ojos hinchados y el rostro agotado. Parecía no haber dormido en días.
Cuando mi vista terminó de enfocarse, sentí un golpe más fuerte que cualquier dolor físico.
Era Mariana.
Mi exesposa.
La mujer con la que no había tenido una conversación de verdad desde hacía casi tres años.
—Alejandro…
Pronunció mi nombre y empezó a llorar.
No entendía nada.
Intenté hablar, pero apenas salió un sonido de mi garganta.
Mariana se levantó de inmediato y llamó a una enfermera.
En pocos minutos entraron varias personas. Revisaron los aparatos, me hicieron preguntas sencillas y comprobaron si podía mover las manos y los pies.
Yo respondía como podía.
Nombre.
Edad.
Dónde vivía.
Qué recordaba.
La última imagen que tenía en la cabeza era estar conduciendo de regreso a casa después de una reunión de trabajo.
Vivía en Querétaro y trabajaba como arquitecto independiente. Aquel día había pasado horas revisando un proyecto y solo pensaba en llegar a casa.
Recordaba el tráfico.
Un claxon.
Un vehículo grande apareciendo demasiado cerca.
Un destello de metal.
Después, nada.
El médico me explicó que había sufrido un accidente serio.
Tenía varias fracturas, una lesión en un pulmón, una fuerte conmoción y otras heridas que habían requerido vigilancia constante.
Durante cuatro días mi estado había sido delicado.
Cuatro días.
La cifra me dejó helado.
Había perdido cuatro días completos de mi vida.
Cuando los médicos salieron y la habitación volvió a quedar en silencio, miré otra vez a Mariana.
Seguía allí.
Sentada exactamente en el mismo lugar.
Con mi mano todavía entre las suyas.
Solo había una pregunta que podía pensar.
¿Por qué?
Nuestro divorcio había terminado casi tres años atrás.
No teníamos hijos.
No compartíamos negocios.
No existía ninguna razón práctica para que ella estuviera allí.
Habíamos firmado los documentos, dividido nuestras cosas y seguido caminos diferentes.
Al menos eso era lo que yo creía.
Mariana bajó la mirada.
Las lágrimas volvieron a recorrerle las mejillas.
No lloraba de forma exagerada.
Era ese llanto silencioso de alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo el miedo.
Una enfermera me explicó después lo ocurrido.
Cuando encontraron mi teléfono después del accidente, Mariana todavía aparecía como mi contacto de emergencia.
Nunca había cambiado ese dato.
El hospital la llamó.
Ella llegó menos de media hora después.
Y desde entonces apenas se había separado de mi cama.
Durante cuatro días había dormido en aquella silla.
Había comido allí.
Había preguntado por cada cambio en mi estado.
Había esperado.
Cuatro días esperando que un hombre del que llevaba tres años divorciada volviera a abrir los ojos.
No sabía qué decir.
Durante nuestro matrimonio hubo una época en que Mariana había sido la persona más cercana a mí.
Mi mejor amiga.
La primera persona a la que llamaba cuando algo salía bien.
Y también la primera cuando todo salía mal.
Nos conocimos cuando los dos teníamos veintisiete años.
Yo acababa de conseguir un trabajo estable en un pequeño despacho de arquitectura.
Ella era maestra de primaria.
Nos encontramos por primera vez en una librería del centro de Querétaro.
Yo estaba buscando un libro sobre diseño urbano.
Mariana intentaba sacar una novela de una repisa alta.
Al tirar de ella, varios libros cayeron al suelo.
Me agaché para ayudarla.
Ella estaba tan avergonzada que no dejaba de disculparse.
Yo terminé riéndome.
Ella también.
Fuimos por un café después.
Nuestra primera cita duró casi seis horas.
Ninguno quería marcharse.
Dos años más tarde nos casamos.
Cinco años después conseguimos comprar una casa pequeña en una colonia tranquila, lejos del ruido del centro.
No era una casa impresionante.
Tenía una cocina estrecha, un patio pequeño y una sala donde apenas cabía el sofá que habíamos comprado.
Pero era nuestra.
Durante años fuimos felices allí.
Cocinábamos juntos.
Los domingos salíamos a desayunar.
Planeábamos viajes que a veces nunca hacíamos porque aparecía algún gasto inesperado.
Nos reíamos de tonterías.
Hablábamos de envejecer juntos.
Yo estaba convencido de que nada podía separarnos.
Pero las relaciones rara vez se rompen de un día para otro.
A veces comienzan a deshacerse lentamente.
Primero murió mi padre de manera inesperada.
Yo no supe manejarlo.
Me encerré en el trabajo porque trabajar era más fácil que aceptar que estaba triste.
Llegaba tarde a casa.
Comía cualquier cosa.
Dormía poco.
Cuando Mariana intentaba hablar conmigo, yo decía que estaba cansado.
Un año después, su madre enfermó gravemente.
Mariana empezó a dedicar casi todo su tiempo libre a cuidarla.
Yo quería ayudar, pero también estaba agotado y lleno de un dolor que nunca había aprendido a expresar.
Así empezó nuestra distancia.
Ella sentía que yo no estaba presente.
Yo sentía que ella ya no tenía espacio para mí.
Ninguno se detuvo a pensar que los dos estábamos sufriendo por razones diferentes.
Las conversaciones se convirtieron en discusiones.
Las discusiones terminaron convirtiéndose en silencio.
Dejamos de salir juntos.
Dejamos de preguntarnos cómo había ido el día.
Dormíamos en la misma cama, pero parecíamos vivir en casas distintas.
Todavía recuerdo la noche en que comprendí que algo estaba muy mal.
Mariana estaba sentada en la cocina.
Yo entré después de trabajar.
Me preguntó si quería cenar.
Respondí que ya había comido.
Eso fue todo.
Dos personas que habían pasado años contándose cada detalle de sus vidas ya no podían mantener una conversación de treinta segundos.
Meses después hablamos del divorcio.
No hubo gritos.
Ni platos rotos.
Ni grandes acusaciones.
Eso, de alguna manera, lo hizo todavía más triste.
Simplemente estábamos cansados.
Firmamos los papeles intentando comportarnos como dos adultos razonables.
Cuando salimos de la oficina aquel día, nos abrazamos.
—Cuídate —me dijo.
—Tú también.
Y cada uno caminó en una dirección distinta.
Durante tres años casi no volvimos a hablar.
Yo trabajé más que nunca.
Conseguí mejores proyectos.
Ganaba suficiente dinero.
Mi casa estaba ordenada.
Mi agenda estaba llena.
Desde fuera parecía que me había recuperado.
Pero cuando llegaba por la noche y cerraba la puerta, el silencio me recordaba otra cosa.
Nunca admití cuánto extrañaba a Mariana.
Pensaba que ella ya había rehecho su vida.
Imaginaba que probablemente estaba tranquila, feliz y agradecida de haber dejado atrás nuestro matrimonio.
Por eso verla junto a mi cama resultaba tan difícil de entender.
Durante los siguientes días, Mariana siguió apareciendo.
Llegaba temprano.
A veces traía un libro.
Otras veces simplemente se sentaba conmigo.
Cuando una enfermera cambiaba las almohadas, ella ayudaba.
Cuando los médicos explicaban algo que yo no entendía bien, Mariana pedía que lo repitieran más despacio.
Cuando empecé la rehabilitación, caminaba a mi lado aunque apenas pudiera avanzar unos pasos.
Nunca me trató como a alguien inútil.
Tampoco me hablaba con lástima.
Solo estaba allí.
Una tarde desperté después de dormir un rato.
Mariana estaba dormida en la silla.
Tenía el cuello inclinado en una posición incómoda y profundas ojeras bajo los ojos.
La observé durante varios minutos.
Aquella mujer había dejado su rutina durante casi una semana por mí.
Y no tenía obligación de hacerlo.
Legalmente no éramos nada.
No me debía cuidados.
No me debía tiempo.
Ni siquiera me debía una explicación.
Entonces entendí algo que llevaba días intentando ignorar.
La gente no hace eso únicamente por educación.
La gente se queda porque le importa.
Una tarde, cuando la habitación quedó tranquila, reuní fuerzas para preguntarlo.
—Mariana.
Ella levantó la vista.
—¿Por qué estás aquí?
Se quedó inmóvil.
Durante unos segundos pensé que no iba a responder.
Miró nuestras manos.
Después respiró profundamente.
—Porque cuando me llamaron del hospital pensé que ibas a morir.
Sentí un nudo en la garganta.
Mariana continuó.
Me contó que había recibido la llamada mientras estaba preparando unas cosas para la escuela.
Al principio creyó que se habían equivocado.
Cuando escuchó mi nombre completo y supo que se trataba de un accidente, empezó a temblar.
Condujo hasta el hospital casi sin recordar el trayecto.
Durante el camino solo podía pensar en todas las conversaciones que nunca habíamos terminado.
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