—Mariana, acabas de terminar tu turno.
—Voy para allá.
Así era ella.
Podía pasar doce horas cuidando personas y, aun así, encontrar un poco más de energía cuando veía sufrimiento.
La veterinaria examinó primero a la madre.
Tenía deshidratación grave, bajo peso, heridas en las patas y una infección leve en la piel. Su cuerpo estaba agotado por alimentar a cuatro cachorros sin recibir suficiente comida.
Los pequeños también estaban deshidratados y desnutridos.
Dos parecían responder mejor.
Los otros dos preocupaban más.
El menor estaba en estado crítico.
Cuando Mariana llegó, la madre seguía levantando la cabeza cada vez que alguno de sus cachorros hacía un sonido.
—Necesita un nombre —le dije.
Mariana la observó unos segundos.
—Alma.
—¿Alma?
—Sí. Porque esa perrita no tenía casi nada y, aun así, dio todo lo que tenía.
Así empezó a llamarse Alma.
También nombramos a los cachorros.
La negra con mentón blanco fue Luna.
El macho color arena fue Bruno.
La hembra café y blanca fue Canela.
Y el más pequeño se convirtió en Chispa.
Mariana dijo que alguien tan pequeño, pero todavía dispuesto a luchar, necesitaba un nombre así.
Nos quedamos hasta pasada la medianoche.
Chispa sobrevivió aquellas primeras horas.
Alma recibió líquidos y pequeñas cantidades de comida.
Los cachorros fueron calentados, hidratados y alimentados bajo supervisión.
Cuando finalmente vimos a Alma dormirse con una pata sobre dos de sus hijos, Mariana me dijo algo que cambiaría todo lo que vino después.
—No deberían separarlos todavía.
Yo sabía que tenía razón.
Durante la semana siguiente, nuestra vida empezó a organizarse alrededor de mensajes de la clínica.
Luna fue la primera en recuperar suficiente energía para ladrar.
Bruno descubrió que podía pasar por encima de sus hermanas.
Canela prefería quedarse pegada a Alma.
Y Chispa seguía siendo pequeño, pero cada día parecía tener un poco más de fuerza.
Alma también comenzó a recuperarse.
El problema llegó cuando la veterinaria explicó que necesitaba una casa temporal tranquila.
Los refugios de la zona estaban llenos.
Las familias voluntarias también tenían animales bajo cuidado.
Mariana me miró aquella noche mientras cenábamos.
—Tenemos el cuarto que no usamos.
La miré.
—Tenemos un cuarto.
—Exactamente.
—Los dos trabajamos muchas horas.
—Alma también trabajó muchas horas manteniendo vivos a cuatro cachorros.
No tuve respuesta.
Dos días después, nuestro cuarto de visitas tenía mantas lavables, recipientes, medicamentos, una báscula pequeña y una barrera en la puerta.
Alma llegó un miércoles.
Yo tuve que cargarla porque todavía estaba demasiado débil para subir los escalones de entrada.
Pero cuando escuchó a sus cachorros detrás, levantó inmediatamente la cabeza.
Entró en el cuarto.
Olfateó las esquinas.
Después revisó a cada cachorro.
Luna.
Bruno.
Canela.
Chispa.
Solo entonces se acostó.
—Los cuenta —susurró Mariana.
Sí.
Los contaba.
Las primeras semanas fueron agotadoras.
Había horarios de alimentación, medicamentos, limpieza, pesajes y montañas de toallas.
Aprendí a preparar alimento para cachorros a las tres de la mañana.
Aprendí que Bruno podía hacer un escándalo impresionante si tardábamos diez segundos en darle de comer.
Y aprendí algo más importante.
Alma solo comía tranquila cuando podía ver a sus cuatro hijos.
En la comandancia, todos comenzaron a preguntar por ellos.
Diego quería fotografías.
La supervisora Laura Méndez, de 44 años, decía que solo preguntaba “para conocer el estado del caso”, pero podía quedarse varios minutos viendo videos de los cachorros.
Otros compañeros llevaron mantas y juguetes.
Sin querer, aquella familia empezó a formar parte de nuestra propia rutina.
Para la tercera semana, Alma movió la cola cuando entré al cuarto.
Fue un movimiento pequeño.
Solo una vez.
Pero nunca olvidaré lo que sentí.
La primera noche me había mirado como si cualquier persona pudiera hacerle daño.
Ahora comenzaba a creer que quizá no todos íbamos a hacerlo.
Un mes después, los cachorros corrían por la habitación, mordían zapatos y se peleaban por juguetes.
Alma había ganado peso.
Sus ojos estaban más despiertos.
Sus costillas ya no sobresalían de la misma manera.
Una noche, Chispa caminó hacia mí, tropezó con su propia pata y se quedó dormido sobre mi bota.
Mariana se sentó a mi lado.
—Sabes que no podemos quedarnos con los cinco.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que terminen en lugares donde nunca vuelvan a verse.
Miramos a Alma.
Ella nos observaba desde su cama.
—¿Y si nosotros adoptamos a uno? —preguntó Mariana.
Miré a Chispa.
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