—Ya tuvieron suficiente tierra. Vamos a hacer algo educativo.
Los niños miraron a Lucía.
Ella no respondió por ellos.
—Es su tarde —dijo—. Pueden decidir.
—Queremos terminar el jardín —respondieron.
Patricia apretó los labios.
Aquello no le gustó.
Al día siguiente propuso llevarlos a una enorme tienda de juguetes.
Alejandro tenía trabajo y aceptó.
Patricia estaba convencida de que allí demostraría que los niños seguían siendo impulsivos y caprichosos.
—Pueden elegir tres cosas cada uno —anunció al entrar.
Pero ocurrió lo contrario.
El ruido, las luces y cientos de juguetes dejaron a los gemelos paralizados.
Gael agarró la camiseta de Lucía.
—Hay demasiadas cosas.
Lucía se agachó.
—Entonces necesitamos una misión.
Les preguntó qué querían aprender a hacer.
Nicolás respondió:
—Quiero construir un robot que se mueva.
Gael pensó un poco.
—Yo quiero pintar algo que parezca real.
—Perfecto. Entonces no venimos a comprar juguetes. Venimos a buscar herramientas para dos proyectos.
Salieron una hora después.
Nicolás llevaba un kit para construir un pequeño robot.
Gael llevaba pinturas, pinceles y un lienzo.
Nada más.
Cuando Alejandro vio las cajas, comprendió algo.
Había comprado cientos de juguetes que sus hijos olvidaban después de unas horas.
Nunca les había dado un proyecto.
Patricia vio la expresión de su hermano y supo que estaba perdiendo influencia.
Al día siguiente ocurrió el desastre.
Alejandro estaba trabajando en su despacho cuando escuchó un grito.
Corrió hacia la sala.
Patricia estaba en el suelo sujetándose un brazo.
A su lado había un gran jarrón roto.
Gael y Nicolás estaban inmóviles.
Lucía acababa de entrar desde la cocina.
—¡Me golpearon! —gritó Patricia—. Estaban lanzando una pelota dentro de la casa. El jarrón cayó sobre mí.
Alejandro miró a sus hijos.
—¿Qué ocurrió?
—Jugábamos —susurró Nicolás—. Fue un accidente.
Patricia señaló a Lucía.
—Ella debía vigilarlos. Esto demuestra exactamente lo que llevo diciendo toda la semana.
Alejandro sintió miedo.
Miedo de haber cometido un error.
Miedo de haber puesto demasiada confianza en una niña.
Miró el jarrón roto.
Miró a su hermana en el suelo.
—Lucía, vete a casa.
La niña palideció.
—Señor Salazar…
—Hablaremos después.
Lucía bajó la cabeza y salió.
Gael empezó a llorar.
Nicolás también.
Patricia dejó de sollozar poco después.
Se levantó lentamente.
Movió el brazo que supuestamente estaba muy lastimado.
—Ahora entiendes —dijo—. Los niños necesitan profesionales. Conozco un internado privado que podría recibirlos.
Alejandro la miró.
Luego miró su brazo.
Algo no tenía sentido.
Fue hasta el sistema de cámaras de seguridad de la casa.
—¿Qué haces? —preguntó Patricia.
Alejandro no respondió.
Buscó la grabación.
En la pantalla aparecieron sus hijos jugando con una pequeña pelota de espuma.
Nicolás hizo un lanzamiento torpe.
La pelota pasó lejos de Patricia.
Golpeó el jarrón.
El jarrón cayó.
Y entonces Alejandro vio a su hermana.
Patricia miró los pedazos.
Esperó.
Se dejó caer al suelo.
Y gritó.
Alejandro levantó la vista.
—Sal de mi casa.
Patricia se quedó blanca.
—Alejandro, yo solamente…
—Usaste a mis hijos para fabricar una mentira.
—Intentaba ayudarte.
—Sal.
Esta vez no hubo discusión.
Cuando Patricia se marchó, Alejandro sintió vergüenza.
Había necesitado pocos segundos para desconfiar de Lucía.
Tomó las llaves del coche.
Encontró a la niña sentada frente a la pequeña casa donde vivía con Teresa.
Tenía los ojos rojos.
Alejandro se quedó de pie frente a ella.
Por primera vez en muchos años no tenía un discurso preparado.
—Me equivoqué.
Lucía no respondió.
—Vi la grabación. Patricia mintió. Debí escucharte antes de juzgarte.
Lucía bajó la mirada.
—Mi bisabuelo decía que la confianza se parece a un espejo. Cuando se rompe, puedes unirlo otra vez, pero las grietas permanecen.
Alejandro tragó saliva.
—Lo sé. Solo te pido la oportunidad de intentar repararlo.
Lucía lo observó durante unos segundos.
—Quedan dos días de nuestra semana.
—Sí.
—Entonces no los desperdiciemos.
Regresó.
Al día siguiente Nicolás abrió la caja del robot y se asustó al ver cientos de piezas.
—No puedo.
—No tienes que construir todo el robot ahora —dijo Lucía—. Solo encuentra la primera pieza.
Nicolás localizó un pequeño tornillo marcado en el dibujo.
Lo colocó.
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