Durante los siguientes minutos, casi no hablaron.
Daniel pidió comida para llevar y algunas cosas para las niñas.
Después preguntó dónde estaban alojadas.
Cuando Mariana le explicó las condiciones temporales del albergue, tomó una decisión impulsiva.
Daniel era copropietario de varios departamentos que administraba como inversión. Había uno pequeño, amueblado, que llevaba semanas vacío.
—Pueden quedarse ahí por ahora.
Mariana casi se levantó de la mesa.
—Le dije que no quiero caridad.
—Y yo no quiero que dos niñas duerman preocupadas por dónde estarán la próxima semana.
—No nos conoce.
Daniel sostuvo su mirada.
—Creo que quizá nuestras vidas llevan conectadas más tiempo del que cualquiera de los dos sabía.
Mariana no pudo responder a eso.
Una hora después llegaron al departamento.
Era sencillo, limpio y tenía dos habitaciones.
Las niñas corrieron hacia la ventana.
—¡Mamá! ¡Hay un parque!
Renata abrió la puerta de una habitación.
—¿Podemos dormir aquí?
Mariana tuvo que girarse para que ellas no vieran sus lágrimas.
Daniel permaneció cerca de la entrada.
No quería convertir aquel momento en algo incómodo.
Cuando las niñas comenzaron a explorar el lugar, Mariana le hizo una señal.
—Venga a la cocina.
Sacó su teléfono.
Buscó durante algunos segundos y abrió una fotografía antigua.
—Mire.
Daniel tomó el aparato.
La imagen mostraba a una Mariana mucho más joven abrazada a otra muchacha frente a un edificio universitario.
La otra joven era Elena.
Daniel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Cómo…?
—Fuimos amigas.
—Nunca escuché su nombre.
—Ella me decía Mari. Éramos muy cercanas cuando estudiábamos.
Daniel amplió la fotografía con los dedos.
No podía dejar de mirar a su hermana.
—¿Por qué nunca conocimos a sus amigos de esa época?
—Elena separaba mucho su vida universitaria de su familia. Usted estaba ocupado empezando su carrera. Sus padres vivían fuera de la ciudad.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué tienen que ver Valeria y Renata con Elena?
Mariana comenzó a llorar otra vez.
—Todo.
Daniel sintió miedo antes incluso de escuchar la respuesta.
—Dígamelo.
Mariana apoyó las manos sobre la mesa.
—Meses antes del accidente, Elena descubrió que estaba embarazada.
Daniel negó inmediatamente.
—No.
—Sí.
—Me lo habría dicho.
—No se lo dijo a nadie de su familia.
Daniel retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
—Estaba asustada.
Mariana habló despacio.
Elena acababa de comenzar su vida profesional. Su relación con el padre de los bebés había terminado y no sabía cómo enfrentar a la familia.
Al principio creyó que podría resolverlo sola.
Luego descubrió que esperaba gemelas.
—Yo fui con ella a algunas consultas —continuó Mariana—. Me hizo prometer que no diría nada.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
—Porque sentía que había decepcionado a todos. Sé que quizá estaba equivocada, pero eso era lo que ella sentía.
Daniel miró nuevamente la fotografía.
Su hermana tenía veinticuatro años.
Él recordaba aquellos meses.
Recordaba haberla visto usando ropa más amplia.
Recordaba que Elena rechazó varias reuniones familiares diciendo que estaba ocupada.
Nunca sospechó nada.
—¿Qué pensaba hacer?
—Había comenzado un proceso para que los bebés fueran adoptados cuando nacieran. Todavía dudaba. Creo que una parte de ella quería criarlas, pero estaba aterrada.
Mariana hizo una pausa.
—Entonces ocurrió el accidente.
Daniel sintió que le faltaba aire.
—Elena tenía casi seis meses de embarazo.
La cocina quedó completamente en silencio.
Desde la habitación se escuchaban las voces de las niñas.
Daniel miró hacia la puerta.
—No…
—Los médicos no pudieron salvarla.
Mariana cerró los ojos.
—Pero salvaron a las bebés.
Daniel sintió que debía sentarse.
Lo hizo.
Durante varios segundos solo pudo mirar sus manos.
—Valeria y Renata…
Mariana asintió.
—Son las hijas de Elena.
Daniel se cubrió el rostro.
Su hermana había muerto cinco años atrás.
Y durante todo ese tiempo sus dos hijas habían estado vivas.
Sus sobrinas.
Las mismas niñas que, unas horas antes, se habían acercado a su mesa para pedirle las sobras.
—¿Cómo terminaron con usted?
Mariana respiró profundamente.
Después del accidente, el personal que llevaba el proceso de adopción intentó localizar familiares.
Pero Elena había puesto a Mariana como contacto de emergencia y había dejado muy poca información actualizada.
Mientras se resolvía todo, Mariana visitó a las pequeñas en el hospital.
Eran diminutas.
Valeria cabía casi entera entre sus antebrazos.
Renata tenía problemas para aumentar de peso.
—Yo tenía veinticinco años —explicó Mariana—. No sabía ni cómo iba a pagar mi propia renta. Pero eran las hijas de mi mejor amiga.
Las visitaba constantemente.
Las cargaba.
Les hablaba de Elena.
Y cuando llegó el momento de decidir qué pasaría con ellas, Mariana inició el proceso para adoptarlas.
—¿Las adoptó sola?
—Sí.
Daniel levantó los ojos.
—¿Por qué no nos buscó?
Mariana bajó la cabeza.
—Lo hice.
Aquella respuesta lo sorprendió.
—Encontré información sobre usted y su familia. Vi que tenían dinero, negocios, contactos…
—¿Y?
—Me asusté.
Daniel frunció el ceño.
—Pensé que si aparecía con las niñas, ustedes intentarían quitármelas.
—Eran nuestra familia.
—Lo sé ahora.
Mariana lloraba en silencio.
—Pero entonces yo era una mujer joven, sin dinero, criando dos bebés prematuras en un departamento diminuto. Trabajaba todo lo que podía y apenas dormía. Pensé que nadie iba a creer que podía cuidarlas.
Se secó las mejillas.
—Me convencí de que Elena me había confiado su secreto y que mi obligación era proteger a sus hijas.
Daniel sintió rabia.
Después dolor.
Después algo más complicado.
Quería preguntarle cómo había podido esconderlas durante casi cinco años.
Pero entonces miró hacia la habitación.
Vio dos camas pequeñas.
Dos mochilas gastadas.
La bolsa de Mariana con ropa doblada.
Y recordó a las niñas diciendo “por favor” antes de pedir comida.
—¿Ellas saben?
—No.
Mariana negó con la cabeza.
—Para ellas soy su mamá. Pensaba contarles la verdad cuando fueran mayores. Nunca quise borrar a Elena de sus vidas. Solo… siempre parecía demasiado pronto.
Daniel miró nuevamente la fotografía.
—Perdí cinco años.
—Lo sé.
—Mis padres murieron sin saber que tenían nietas.
Mariana cerró los ojos.
—Lo siento.
Aquella frase despertó nuevamente la rabia de Daniel.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Pudo haber gritado.
Pudo haber exigido respuestas.
Pero entonces oyó una carcajada desde el dormitorio.
Renata apareció corriendo.
—Mamá, Valeria dice que la cama junto a la ventana es suya porque llegó primero.
Mariana se secó rápidamente el rostro.
—Compartan.
—Pero somos dos.
—Precisamente por eso pueden hablarlo.
Renata miró a Daniel.
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