Durante dos semanas este viejo perro esperó una puerta, sin saber quién lo esperaba al otro lado

Se sentaba junto a ella.

Y esperaba.

Una tarde Teresa recibió una llamada del hospital.

Ernesto había sufrido una complicación grave.

Su corazón estaba muy débil.

Los médicos habían logrado estabilizarlo, pero su estado seguía siendo delicado.

Teresa fue a verlo.

Cuando entró en la habitación, casi no reconoció al hombre que conocía desde hacía quince años.

Ernesto parecía mucho más pequeño dentro de aquella cama.

Tenía tubos y cables alrededor.

Respiraba lentamente.

—Don Ernesto.

El hombre abrió los ojos.

—Teresa.

Su voz apenas se escuchaba.

Ella se acercó.

—Bruno está conmigo.

Ernesto cerró los ojos un instante.

—¿Está bien?

Era la primera pregunta que hacía.

Teresa sintió un nudo en la garganta.

—Sí. Está bien.

No era completamente cierto.

—¿Está comiendo?

Teresa dudó.

—Poco.

Ernesto intentó sonreír.

—Es terco.

—Se parece a alguien que conozco.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa muy pequeña.

Después volvió a ponerse serio.

—Debe pensar que lo dejé.

Teresa negó con la cabeza.

—Seguro que no.

Pero ambos sabían que podía ser exactamente lo que Bruno sentía.

Ernesto miró hacia la ventana.

—Cuando Clara murió, estuvo esperando junto a la puerta una semana.

Teresa permaneció callada.

—Yo podía explicarme por qué ella no regresaba —continuó Ernesto—. Él no.

Respiró profundamente.

—Ahora tampoco entiende por qué no regreso yo.

Teresa le tomó la mano.

—Cuando usted salga, lo va a encontrar esperándolo.

Ernesto no respondió.

Miró el techo durante unos segundos.

Finalmente dijo:

—Sí.

Pero aquella noche los médicos hablaron con Teresa.

La situación había empeorado.

No sabían si Ernesto conseguiría recuperarse.

Quizás le quedaban días.

Quizás menos.

Cuando Teresa regresó a casa cerca de la medianoche, encontró a Bruno en el lugar de siempre.

Frente a la puerta.

No se levantó cuando ella entró.

Solo movió los ojos.

Teresa se sentó a su lado en el piso.

—Te está esperando también.

Bruno levantó ligeramente la cabeza.

Teresa comenzó a acariciarlo.

—Los dos están esperando.

Y entonces tomó una decisión.

A la mañana siguiente llamó al hospital.

Preguntó si existía alguna posibilidad de que Bruno pudiera visitar a Ernesto.

La respuesta inicial fue no.

Había reglas.

Había cuestiones de higiene.

Había pacientes delicados.

Teresa lo entendía.

Pero insistió.

Explicó que Ernesto vivía solo.

Explicó los doce años.

Explicó que el perro prácticamente había dejado de comer.

Explicó que posiblemente aquella fuera la última oportunidad para que se vieran.

Una trabajadora del hospital prometió consultar el caso.

Pasaron varias horas.

Finalmente llamaron.

Podrían permitir una visita breve durante la noche, cuando hubiera menos movimiento.

Bruno tendría que ir limpio.

No podría recorrer los pasillos libremente.

Teresa aceptó todas las condiciones.

Esa tarde bañó a Bruno.

El perro lo soportó con la resignación de quien ya no tiene energía para discutir.

Después lo cepilló.

—Vas a ir a ver a alguien.

Bruno la miró.

—Ojalá pudieras entenderme.

A las diez de la noche lo subió al automóvil.

Bruno no disfrutaba viajar.

Se acomodó incómodo en el asiento trasero.

Pero aquella vez ocurrió algo extraño.

Cuando llegaron cerca del hospital, levantó la cabeza.

Empezó a olfatear el aire.

Teresa no lo notó al principio.

Estaba concentrada en encontrar la entrada indicada.

Luego escuchó un pequeño gemido.

Miró por el espejo.

Bruno estaba de pie.

Sus patas temblaban.

La nariz se movía rápidamente.

—¿Qué pasa?

El perro volvió a gemir.

Entraron por una puerta lateral.

Los pasillos eran extraños para él.

Había luces brillantes.

Olores fuertes.

Sonidos de ruedas.

Personas con uniformes.

Bruno caminó despacio durante los primeros metros.

Después se detuvo.

Levantó la cabeza.

Y todo su cuerpo cambió.

Las orejas se adelantaron.

La cola se levantó ligeramente.

Respiró varias veces.

Entonces tiró de la correa.

—Bruno.

Teresa casi perdió el equilibrio.

El perro avanzó con una fuerza que ella no le había visto en semanas.

Doblaron una esquina.

Bruno tiró con más fuerza.

—Despacio.

Pero Bruno ya sabía.

Entre medicamentos, productos de limpieza, ropa de cama y cientos de olores desconocidos, había encontrado uno.

Un olor que conocía desde hacía doce años.

El olor de sus mañanas.

De sus noches.

De su casa.

De sus caminatas.

De aquellas manos que le rascaban detrás de las orejas.

Ernesto.

Bruno comenzó a llorar.

No era un ladrido.

Era un sonido bajo y desesperado.

Teresa sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Sí, Bruno.

El perro la miró.

—Está aquí.

Cuando la puerta de la habitación se abrió, Bruno entró primero.

Después se detuvo.

Ernesto estaba acostado en una cama alta.

Parecía más delgado.

Tenía los ojos cerrados.

Bruno permaneció inmóvil durante unos segundos.

Quizás la imagen no coincidía con el hombre que recordaba.

Pero el olor sí.

Avanzó.

Primero despacio.

Luego más rápido.

Llegó junto a la cama y trató de levantar las patas delanteras.

No pudo.

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