—Ya.
Colocó el otro extremo dentro de la botella.
—Bebe.
Durante varios segundos solo escuchó pequeños tragos desesperados.
Mateo bebió hasta que casi no quedó agua.
—Gracias.
Su voz sonaba algo más fuerte.
—Mateo, dime qué pasó.
El niño permaneció callado.
Después comenzó a hablar.
Días antes había visto a Adriana cerca de la alberca con Julián, el hombre encargado del mantenimiento de esa zona.
Se estaban besando.
Mateo se escondió y escuchó parte de una conversación.
Adriana decía que después de casarse todo sería más sencillo. Ricardo confiaría plenamente en ella y Mateo terminaría viviendo lejos.
El niño salió enfadado.
—Le dije que se lo contaría a mi papá.
Adriana lo siguió.
Lo llevó hasta su habitación y cerró la puerta.
En la parte posterior del vestidor había un antiguo espacio estrecho destinado a tuberías.
—Me metió aquí.
Mateo comenzó a llorar.
—Después puso una tabla. Escuché golpes y luego ya no pude salir.
No podía ponerse de pie.
Apenas podía cambiar de posición.
Había encontrado un pequeño objeto metálico y llevaba horas raspando el material del otro lado, esperando que alguien escuchara.
Sofía miró hacia el salón.
La fiesta continuaba.
Ricardo estaba celebrando mientras su hijo permanecía atrapado a pocos metros.
—Tengo que decírselo a tu papá.
—Adriana no te va a dejar.
Sofía lo sabía.
También sabía que no podía sacarlo sola.
Respiró profundamente.
Su abuelo Joaquín siempre le decía algo cuando ella tenía miedo:
Ser valiente no significaba dejar de sentir miedo.
Significaba hacer lo correcto a pesar de sentirlo.
Sofía caminó hacia el salón principal.
Esta vez no se escondió.
Atravesó las mesas directamente hacia Ricardo.
Un empleado intentó detenerla.
—Niña, regresa con tu mamá.
Sofía se soltó.
Siguió caminando.
Adriana la vio.
Se levantó rápidamente y llegó antes de que Sofía alcanzara la mesa principal.
Le agarró el brazo.
Desde lejos parecía una novia hablando cariñosamente con una niña.
De cerca era diferente.
—Te advertí.
Sofía intentó apartarse.
—Suéltame.
—Vas a regresar con tu madre. Las dos van a salir de esta casa y no vas a decir una sola palabra.
Adriana apretó más.
—Si inventas alguna historia, diré que estabas robando.
Sofía vio a Ricardo detrás de ella.
Estaba mirando la escena sin entender nada.
Aquella era su oportunidad.
Quizá la única.
—Está dentro de la pared —dijo Sofía.
Adriana se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Mateo está dentro de la pared.
Por primera vez, el rostro de la novia perdió todo control.
—Cállate.
—Yo hablé con él.
Sofía levantó la voz.
—¡Está vivo!
Adriana intentó llevársela.
Entonces Sofía gritó.
—¡Suélteme! ¡Me está lastimando!
La música se detuvo.
Las conversaciones desaparecieron.
Todo el salón quedó mirando.
Sofía se soltó y señaló a Ricardo.
—¡Señor Ricardo! ¡Mateo está aquí! ¡Nunca fue a Canadá!
El empresario dejó lentamente su copa sobre la mesa.
—¿Qué estás diciendo?
Adriana reaccionó enseguida.
—Ricardo, es una niña cansada. Lleva toda la noche caminando por donde no debe. Está confundida.
Elena apareció desde la zona de servicio.
Cuando vio a su hija frente a todos los invitados, casi se quedó sin aire.
—Sofía, ¿qué hiciste?
—Mamá, Mateo está atrapado.
Elena trató de llevársela.
—Nos vamos.
—¡No!
Sofía se resistió.
—Si nos vamos, puede morir.
Adriana perdió la paciencia.
—¡Saquen a esta niña de aquí!
—Esperen.
Ricardo se puso de pie.
Miró a Sofía.
—Mi hijo está fuera del país. Lo que estás diciendo es muy serio.
—Lo sé.
Sofía extendió su mano.
Los invitados pudieron ver los nudillos lastimados y el polvo acumulado bajo sus uñas.
—Esto me pasó quitando el pedazo de pared.
Sacó después los dos popotes y la botella casi vacía.
—Le di agua por aquí.
Ricardo dejó de mirar a Sofía.
Miró a Adriana.
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