—Entonces hable con la dueña de la sociedad.
Arturo lo miró directamente.
—Eso hice.
Ricardo perdió la sonrisa.
El hombre sacó una hoja.
—La beneficiaria y propietaria final de la sociedad es la señora Elena Montiel.
Durante varios segundos Ricardo creyó haber escuchado mal.
—¿Elena?
—Sí.
—Mi esposa Elena.
—Su esposa, hasta donde entiendo.
Ricardo miró la hoja.
Luego volvió a mirar al hombre.
—No puede ser.
Arturo mantuvo la voz tranquila.
—La propiedad pertenece a su familia desde hace décadas y fue transferida a una estructura patrimonial a nombre de la señora Montiel hace varios años.
Ricardo sintió un vacío en el estómago.
—Pero yo envío dinero todos los meses.
—Es una aportación para mantenimiento y algunos gastos administrativos.
—Yo pago esta casa.
—Usted contribuye a determinados gastos de una casa que pertenece a la señora Montiel.
Cada palabra parecía eliminar una parte de la realidad de Ricardo.
—Ella me dijo que era de una pariente.
—Parece que la señora Montiel prefería mantener los detalles de su patrimonio en privado.
Karla apareció en la escalera.
—¿Quién es?
Ricardo no respondió.
Ella bajó.
—¿Pasa algo?
Arturo cerró la carpeta.
—Estamos aclarando quién tiene autorización para permanecer en la propiedad.
Karla miró a Ricardo.
—¿Qué significa eso?
Nadie respondió inmediatamente.
Finalmente Ricardo dijo:
—La casa está a nombre de Elena.
Karla parpadeó.
—¿Qué?
—Es una cuestión administrativa.
Arturo negó suavemente.
—No exactamente.
Karla miró alrededor.
—Espera. ¿La casa es de Elena?
Ricardo apretó la mandíbula.
—Karla…
—¿La casa es de ella?
—Sí.
La expresión de Karla cambió.
No fue dramático.
Fue peor.
La admiración desapareció.
—Me dijiste que tú mantenías todo esto.
—Y lo hacía.
Arturo intervino.
—La señora Montiel asumía directamente la mayor parte de los gastos asociados a la propiedad.
Ricardo lo miró furioso.
—No necesito que dé detalles.
Pero ya era tarde.
Karla había entendido.
—¿Entonces ella era rica?
Ricardo no respondió.
Arturo sí.
—La situación económica de mi clienta no es asunto mío para comentar. Solo puedo confirmar que la residencia es completamente suya.
Karla miró a Ricardo como si acabara de conocerlo.
—Tú la echaste.
—No la eché.
—Anoche me dijiste que la habías sacado de tu casa.
—Creía que…
Karla soltó una risa corta.
—Ese es el problema.
Subió las escaleras.
Quince minutos después regresó con su bolsa.
—¿Adónde vas?
—A mi casa.
—Karla, espera.
—Tengo una reunión.
—Podemos hablar después.
Ella abrió la puerta.
—No creo.
—¿Después de todo esto vas a irte?
Karla se volvió.
—Ricardo, hace tres días dejaste a una mujer con la que llevabas diez años porque pensabas que ya no estaba a tu nivel.
Señaló el interior de la casa.
—Y resulta que ni siquiera sabías quién era.
Salió.
Ricardo quedó solo.
Arturo esperó unos segundos antes de hablar.
—La señora Montiel pidió que sus pertenencias personales sean preparadas para su entrega. Un equipo puede ayudarle.
Ricardo se pasó las manos por la cara.
—Necesito hablar con Elena.
—Puede intentar comunicarse con ella.
Lo hizo.
Una llamada.
Dos.
Cinco.
Diez.
Nada.
Envió mensajes.
“Elena, necesito hablar contigo.”
“No sabía nada.”
“Esto se ha salido de control.”
“Por favor, llámame.”
No obtuvo respuesta.
En las siguientes horas, Ricardo caminó por aquella casa como un extraño.
Cada objeto parecía burlarse de él.
La mesa que había presumido ante sus compañeros.
El jardín que aseguraba pagar.
La biblioteca donde Elena pasaba tardes enteras leyendo mientras él se reía porque decía que aquello era “perder el tiempo”.
Por primera vez se preguntó cuánto sabía realmente de la mujer con la que había compartido una década.
La respuesta fue insoportable.
Muy poco.
Había sabido qué café tomaba.
Qué libros prefería.
Qué flores plantaba.
Pero nunca se había interesado de verdad por la historia de su familia.
Elena había mencionado a su abuelo algunas veces.
Ricardo nunca prestó demasiada atención.
Recordaba algo relacionado con fábricas.
Negocios.
Propiedades.
Había supuesto que se trataba de una familia acomodada, nada más.
Aquella noche se instaló temporalmente en un pequeño hotel para ejecutivos.
Sentado en la cama, abrió el ordenador.
Buscó el nombre completo de Elena.
Los resultados lo dejaron inmóvil.
Su abuelo había creado décadas atrás un grupo industrial privado.
Con el tiempo había vendido varias operaciones y distribuido parte del patrimonio entre sus descendientes.
No había fotografías recientes de Elena.
No daba entrevistas.
No aparecía en eventos.
Pero encontró antiguas notas sociales donde una joven Elena acompañaba a su familia en actos privados.
En una fotografía tendría diecisiete o dieciocho años.
Vestido elegante.
Cabello recogido.
Una sonrisa tranquila.
Ricardo amplió la imagen.
Era ella.
La misma mujer que compraba sus camisetas en tiendas sencillas.
La misma mujer a la que había llamado poco ambiciosa.
La misma mujer que nunca mencionaba cuánto dinero tenía.
Ricardo cerró los ojos.
De repente entendió algo que lo hizo sentirse todavía peor.
Elena no vestía de manera sencilla porque no pudiera comprar lujo.
Vestía así porque no lo necesitaba.
No conducía un automóvil discreto porque no pudiera pagar otro.
Lo hacía porque le gustaba.
No había admirado el sueldo de Ricardo porque el dinero nunca había sido lo que admiraba de él.
Diez años antes se había enamorado de un hombre endeudado, agotado y asustado.
Un hombre que preparaba café en casa para ahorrar.
Un hombre que caminaba varias calles porque no quería pagar estacionamiento.
Un hombre que una noche le había dicho:
—Si algún día gano suficiente dinero, quiero seguir siendo exactamente como soy ahora.
Ricardo abrió los ojos.
No recordaba cuándo había traicionado a aquel hombre.
Pero sabía que lo había hecho.
El martes llegó otra sorpresa.
Cuando entró en la oficina, el ambiente era extraño.
Su asistente apenas lo miró.
Antes de llegar a su escritorio recibió una llamada.
—Ricardo, ven a la sala de reuniones.
Era Ernesto Cárdenas, el director general.
Cuando entró, había otras dos personas sentadas.
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