El banco bajo la encina y el perro que se negó a pasar de largo

Una semana después del banco bajo la encina, volví al parque con la correa en la mano y el corazón todavía raro, como si aquel aullido de Roco siguiera rebotando entre los árboles. No era nostalgia, ni curiosidad. Era una pregunta que no me dejaba en paz: ¿habrá alguien más sentado ahí, esperando sin decirlo?

El lunes amaneció como amanecen los lunes: con prisas que parecen inevitables y con la vida empujándote hacia delante. Yo también tenía trabajo, recados, mensajes sin abrir, cosas “importantes” que se comen el día sin dar las gracias. Y, aun así, esa imagen volvía: la vela sin encender, la cobertura rosa, el reloj.

Mi madre y yo hablamos largo aquella noche, más de lo que hablábamos desde hacía meses. No fue una conversación heroica, ni dramática. Fue algo más difícil: normal.

—¿Estás bien, hijo? —me preguntó, con esa voz que te conoce incluso cuando tú no te conoces.

—Estoy… espabilando —le dije—. Me he dado cuenta de que me estaba perdiendo cosas.

Hubo un silencio pequeño, de esos que no pesan, de esos que curan.

—Pues espabila aquí también —respondió ella, y noté la sonrisa en su tono—. Que tengo sopa para dos días y me sobra un plato.

Colgué y me quedé mirando el techo del salón un rato. Roco roncaba a mi lado, panza arriba, como si el mundo estuviera en orden. Yo, en cambio, sentía que algo se me había movido por dentro, como cuando cambias un mueble de sitio y de pronto la casa respira distinto.

El martes le compré a Roco una correa nueva, no porque la otra estuviera rota, sino porque me daba rabia la idea de repetir aquel “se me escapó”. A veces nos agarramos a símbolos tontos para decirnos que vamos en serio. La correa era uno de esos símbolos.

El miércoles pasé por casa de mi madre. Subí con una bolsa en una mano y la vergüenza en la otra, que pesaba más. Me abrió con el delantal puesto y una cara de “ya era hora” que no hacía falta traducir.

—No me mires así —protesté.

—Yo no miro —dijo ella, y me apartó para dejarme pasar—. Yo apunto mentalmente.

Nos reímos, y la risa, por simple que parezca, me alivió como abrir una ventana.

El jueves, sin saber muy bien por qué, metí en el bolsillo una cajita de cerillas. No fumo, ni he fumado nunca. Pero la semana anterior había buscado un mechero a la desesperada, y me había prometido no volver a improvisar con cosas importantes.

El sábado por la noche preparé una mochila pequeña: una botella de agua, unas servilletas, una manta fina y un bizcocho casero que me había dado mi madre “porque siempre viene bien”. Roco me miraba sentado, serio, como si estuviera aprobando el inventario.

—No te emociones —le dije—. Solo vamos a pasear.

Roco ladeó la cabeza, como si me contestara: “Ya. Pasear”.

El domingo fue igual de gris que el anterior. El viento estaba de mal humor y las hojas secas iban y venían como si no tuvieran casa. Y, sin embargo, yo caminaba más despacio, como quien no quiere llegar demasiado rápido por miedo a que, al llegar, ya no esté.

Al doblar el camino de grava, vi el banco bajo la encina. La mesita seguía allí. Y Enrique estaba sentado en el mismo sitio, con el mismo traje oscuro, pero no igual.

Tenía la espalda recta, sí, pero ya no parecía una defensa. Parecía… una elección.

Roco tiró de la correa antes de que yo pudiera pensarlo. No con ansiedad. Con decisión. Y cuando llegamos, hizo lo mismo que la semana anterior: se sentó y apoyó la cabeza en la rodilla de Enrique como si aquello fuera un saludo formal.

Enrique levantó la vista y, por un segundo, vi en su cara esa sorpresa infantil que aparece cuando alguien vuelve.

—Tomás… —dijo, como si el nombre le supiera raro por lo poco usado—. Ha vuelto.

—He vuelto —contesté, y noté que a mí también me temblaba algo, pero era otra cosa—. No me apetecía que este banco se quedara con la última palabra.

Enrique soltó una risa corta, y su mano buscó el lomo de Roco.

—Esta vez no he traído pastelito —confesó, señalando la mesa vacía—. Me pareció… no sé. Como tentar a la suerte.

—Yo he traído provisiones —dije, y saqué el bizcocho envuelto—. No es cobertura rosa, pero tiene corazón.

Se lo quedó mirando, como si no pudiera creer que alguien preparara un domingo pensando en él. Luego tragó saliva y bajó la mirada, rápido, para que el orgullo no se le resbalara por los ojos.

Nos sentamos. Hablamos sin prisa, de cosas pequeñas y grandes mezcladas como se mezclan siempre: del frío, de las rodillas, de lo rápido que cambia el barrio, de lo callado que se vuelve el piso cuando falta alguien. Enrique me contó que había soñado con su mujer esa noche, y que al despertar no sintió ese golpe seco en el pecho que suele venir después.

—Me desperté… más tranquilo —dijo—. Como si, por una vez, el día no empezara con una pérdida.

Yo no supe qué contestar. Así que no contesté. Me limité a estar.

A media mañana, Enrique miró su reloj por costumbre. Pero, esta vez, no lo miró como quien negocia con la realidad. Lo miró como quien acepta el tiempo sin pelearse.

—Mi hijo me llamó el martes —dijo de repente, como si sacara una piedra del bolsillo—. Me dijo “felicidades” y ya está. Dos minutos. Lo justo para que no parezca que no se acordó.

Sentí una rabia vieja subirme por el cuello. De esa rabia que uno reconoce porque no es por el otro, es por uno mismo: por las veces que tú también dices “luego llamo”.

Enrique alzó una mano, como adivinándolo.

—No le odio, Tomás —dijo—. Solo… me duele. Y a mi edad, el dolor se vuelve más claro. Ya no se esconde.

Se quedó mirando el camino, donde pasaban un par de personas con prisa, como si correr les diera la razón.

—A veces pienso que mi hijo me quiere, pero no sabe cómo —añadió—. Como si el cariño fuera una habitación a la que ya no encuentra la llave.

Se me apretó el pecho. Roco, que estaba tumbado con la cabeza en sus zapatos, levantó la oreja al oír su tono y le dio un empujoncito suave con el hocico, insistente, como diciendo: “Aquí. Ahora”.

Enrique sonrió.

—Este perro no te deja mentirte —murmuró.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.

Scroll al inicio