Empujó sus fichas.
David miró a ambos.
—Muestren las cartas.
Damián las volteó con una sonrisa.
Dos ases.
La mejor pareja inicial posible.
Varias personas reaccionaron al instante.
Rosa se llevó una mano a la boca.
Camila mostró sus dos reyes.
Damián se levantó.
—Se acabó.
Rosa cerró los ojos.
Pero David no recogió nada.
—La mano todavía no termina.
Damián volvió a sentarse, satisfecho.
Salieron las tres primeras cartas comunes.
Un as.
Un nueve.
Un cuatro.
Damián ya tenía tres ases.
Camila seguía con sus reyes.
La diferencia era enorme.
—Ahora sí —dijo él—. Puedes ir diciéndole a tu madre que haga las maletas.
Camila levantó la mirada.
Algo no encajaba.
Damián tenía una mano casi imposible de derrotar.
Debería haber estado tranquilo.
Sin embargo, estaba gritando.
Señalaba.
Presumía.
No estaba jugando.
Estaba actuando.
Y entonces Camila entendió que las cartas nunca habían sido el verdadero juego.
—Está mintiendo —dijo.
Damián parpadeó.
—¿Qué?
—Está mintiendo.
El salón quedó en silencio.
—¿Sobre mis cartas? Las estás viendo.
—No hablo de sus cartas.
Camila giró hacia Roberto Salgado, el responsable del hotel, que observaba desde unos metros atrás.
—Señor Salgado, ¿mi madre trabaja para usted?
Roberto parecía incómodo.
—Sí.
—¿El señor Vega puede despedirla?
Nadie hizo un sonido.
Damián dejó de sonreír.
Camila continuó.
—¿Puede quitarle el departamento? ¿Puede decidir sobre su contrato?
Roberto miró las cámaras.
Después miró a Rosa.
—No.
Damián golpeó la mesa.
—Era parte de la apuesta.
—No —respondió Camila—. Usted apostó algo que no le pertenece.
David dejó las cartas sobre la mesa.
—Tiene razón.
Damián giró hacia él.
—Cállate y reparte.
—La amenaza sobre el empleo de la señora no puede formar parte de ninguna apuesta. Usted no tiene autoridad sobre su contrato.
Un empresario que antes había reído levantó la voz desde el público.
—La chica tiene razón.
Otros comenzaron a murmurar.
La situación cambió en segundos.
Damián había querido convertir a Camila en entretenimiento.
Ahora todos lo estaban mirando a él.
Roberto dio un paso adelante.
—Rosa no está despedida. Su empleo y su vivienda no están en juego. Nunca lo estuvieron.
Rosa soltó el aire de golpe.
Camila la miró.
Su madre estaba llorando.
Pero esta vez no era de miedo.
Damián estaba rojo de furia.
—Perfecto. Quiten esa parte. Pero la mano sigue.
Señaló las fichas.
—Hay doscientos mil pesos en la mesa. Ella puso sus fichas. Yo igualé. Quiero terminar.
David miró a Camila.
—Podemos concluir la mano de exhibición si estás de acuerdo.
Camila recordó otra frase de Ernesto.
—Cuando alguien pierde el control, no lo interrumpas. A veces termina haciendo por ti todo el trabajo.
Asintió.
—Termínela.
David sacó la cuarta carta.
Un rey.
El salón explotó.
Camila tenía ahora tres reyes.
Damián seguía teniendo tres ases.
Todavía iba ganando.
Pero dejó de sonreír.
—No importa —dijo rápidamente—. Mis ases son mayores.
Tenía razón.
Sólo quedaba una carta.
Y únicamente otro rey podía salvar a Camila.
Damián comenzó a murmurar.
—Cualquier cosa menos un rey.
David colocó la mano sobre la última carta.
Camila no miraba la baraja.
Miraba a Damián.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía pequeño.
David volteó la carta.
Rey.
Durante varios segundos nadie entendió lo que acababa de pasar.
Dos reyes en la mano de Camila.
Dos reyes entre las cartas comunes.
Cuatro reyes.
David señaló la mesa.
—Camila gana.
Damián miró las cartas una vez.
Después otra.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






