El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Pensé que después de aquello Paco ya no podía sorprenderme más. Me equivoqué, claro. Uno no adopta a un gato como Paco. Paco te admite en su agenda y luego reorganiza tu vida sin pedir permiso.

La primera semana viviendo oficialmente entre mi piso y el de la señora Beltrán fue tranquila.

O todo lo tranquila que puede ser una casa con un gato gordo que se comporta como encargado de finca.

Paco tenía horarios.

A las ocho de la mañana se sentaba frente a mi puerta.

A las cuatro de la tarde bajaba al bajo.

A las siete se tumbaba en el rellano, justo donde más molestaba.

Y a las diez de la noche subía otra vez, con la expresión cansada de quien ha tenido demasiadas reuniones importantes.

Yo empecé a dejar una manta vieja en mi sillón.

La señora Beltrán puso su toalla doblada junto al radiador.

Y el resto del edificio, sin que nadie lo decidiera, empezó a girar alrededor de ese animal.

Don Ernesto, el del segundo, decía que a él los gatos nunca le habían gustado.

Pero cada mañana bajaba con una loncha de pavo doblada en una servilleta.

—No es para él —decía—. Es que me sobra.

Claro.

A todos nos sobraban cosas de repente.

A la chica del tercero le sobraban caricias.

Al matrimonio del primero le sobraba un platito de agua.

Al vecino del ático le sobraban diez minutos para quedarse hablando en la escalera.

Y a mí, sin darme cuenta, me empezó a sobrar menos silencio.

Una tarde de sábado ocurrió algo pequeño.

Tan pequeño que, antes de Paco, nadie lo habría notado.

Yo estaba sentado en el rellano con la señora Beltrán. Ella llevaba una chaqueta de lana verde y sostenía una taza de café con las dos manos.

Paco estaba estirado entre nosotros, ocupando más espacio del que parecía físicamente posible.

Entonces se abrió la puerta del segundo.

Salió Don Ernesto con una caja de herramientas.

—Señora Beltrán —dijo—, la he oído esta mañana decir que el grifo del baño gotea.

Ella se puso colorada.

—Ay, no, no se preocupe. Es una tontería.

—Las tonterías hacen ruido por la noche —respondió él—. Déjeme verlo.

Subió veinte minutos después con cara seria.

—Ya está.

La señora Beltrán le quiso dar dinero.

Él levantó la mano.

—Ni hablar. Me ha pagado el gato.

Paco abrió un ojo, como si confirmara la operación.

Aquel día entendí que algo estaba cambiando de verdad.

No era solo que habláramos más.

Era que empezábamos a estar pendientes unos de otros.

Antes, si alguien no bajaba la basura, pensábamos que estaría ocupado.

Ahora alguien tocaba al timbre.

Antes, si una persiana seguía bajada todo el día, nadie decía nada.

Ahora la señora Beltrán preguntaba.

Antes, si yo volvía del supermercado con dos bolsas pesadas, subía solo.

Ahora siempre aparecía una mano.

Y todo empezó porque un gato con barriga de cojín decidió sentarse encima de mi felpudo.

Pero Paco también tenía sus misterios.

Seguía desapareciendo algunas mañanas.

Volvía con polvo en los bigotes, alguna hoja pegada al lomo y esa mirada de “no hagas preguntas si aprecias tu dignidad”.

La señora Beltrán estaba convencida de que tenía otra familia en la calle de atrás.

Don Ernesto decía que seguro cobraba alquiler en tres portales distintos.

Yo pensaba que simplemente era Paco.

Y con eso bastaba.

Hasta que un domingo de noviembre no quiso levantarse.

Al principio creí que estaba enfadado.

Le puse comida.

No se movió.

Le hablé.

Solo movió un poco la oreja doblada.

—Paco —dije—, no me hagas esto.

Su cuerpo seguía caliente, pero su respiración era rara. Lenta. Pesada.

Sentí algo en el pecho que no había sentido desde hacía años.

Ese miedo seco, sin ruido, que aparece cuando alguien que quieres se queda demasiado quieto.

Bajé corriendo al piso de la señora Beltrán.

Ni siquiera llamé como una persona educada.

Toqué tres veces, fuerte.

Ella abrió con el delantal puesto.

—¿Qué pasa?

—Es Paco.

No hizo falta decir más.

Subió conmigo despacio, pero con una firmeza que me recordó que los años no siempre quitan fuerza. A veces solo la esconden.

Cuando lo vio, se llevó una mano al pecho.

—Ay, don Pelayo…

—Paco —corregí, por pura costumbre.

Ella me miró.

Los dos estábamos demasiado asustados para discutir por un nombre.

Llamamos a una clínica veterinaria del barrio. No era ninguna cadena grande ni nada elegante. Un sitio pequeño, con una puerta blanca, dos sillas de plástico y una señora amable detrás del mostrador.

Lo llevamos en una caja de cartón con una manta.

Paco, que siempre había caminado como un alcalde, iba en silencio.

Yo conduje.

La señora Beltrán iba detrás, con una mano metida en la caja, acariciándole la cabeza.

—Tranquilo, mi rey —le decía—. Ya nos has dado demasiadas órdenes para irte ahora sin permiso.

El veterinario era un hombre joven, con gafas y voz tranquila.

Lo examinó con cuidado.

Nos dijo que Paco era mayor.

Más de lo que parecía.

Que tenía el corazón cansado, algo de infección y que necesitaba medicación, descanso y vigilancia.

Vigilancia.

Casi me reí.

Si algo sabía hacer nuestro edificio era vigilar a Paco.

Cuando volvimos, el portal entero parecía estar esperándonos.

Don Ernesto estaba en el primer escalón.

La chica del tercero bajó con una manta limpia.

El matrimonio del primero trajo un cuenco nuevo.

El vecino del ático preguntó si hacía falta subir bolsas, bajar algo o llamar a alguien.

Yo miré a la señora Beltrán.

Ella me miró a mí.

Y Paco, desde su caja, soltó un maullido flojo.

Como diciendo: “Bueno, tampoco exageréis”.

Durante los días siguientes organizamos turnos sin decir que eran turnos.

Yo le daba la medicina por la mañana, con más torpeza que éxito.

La señora Beltrán le hablaba por las tardes.

Don Ernesto se encargaba de que nadie dejara ventanas abiertas en el portal.

La chica del tercero imprimió un papel y lo puso junto a los buzones.

“Paco está descansando. Por favor, cerrar suave la puerta.”

Alguien añadió debajo, con bolígrafo:

“También conocido como Don Pelayo.”

Otro vecino escribió:

“Y Manolo.”

A los dos días el papel parecía el registro civil de un rey callejero.

Paco.

Don Pelayo.

Manolo.

El Gris.

El Jefe.

El Señor del Felpudo.

El Gordo.

Cuando lo vi, me reí por primera vez en varios días.

La señora Beltrán también.

—Mira que si al final resulta que el gato tiene más nombres que amigos teníamos nosotros —dijo.

No contesté.

Porque era verdad.

Y porque, gracias a él, eso ya no era tan cierto.

Paco fue mejorando poco a poco.

No de golpe.

No como en las películas.

Primero levantó la cabeza.

Luego volvió a comer tres bocados.

Después cinco.

Una mañana se bajó del sillón, caminó hasta mi puerta y se sentó mirando el pomo.

—No —le dije—. Tú no sales todavía.

Me miró con una decepción tan profunda que casi le pedí perdón.

—No pongas esa cara. Lo dijo el veterinario.

Paco parpadeó.

Le dio igual el veterinario.

Le dio igual mi autoridad.

Le dio igual todo.

Pero se quedó dentro.

Eso, en el idioma de Paco, era cariño.

Pasaron dos semanas.

El edificio había cambiado tanto que, si mi yo de antes lo hubiera visto, habría pensado que se había equivocado de portal.

En la entrada había una pequeña mesa que nadie sabía de quién era.

Encima, la gente dejaba cosas.

Naranjas de más.

Un libro ya leído.

Un paquete de galletas.

Una nota que decía: “Me sobra caldo, tercer piso.”

Otra que decía: “Mañana bajo al mercado, por si alguien necesita algo.”

Nada obligatorio.

Nada formal.

Solo vecinos comportándose como vecinos.

La señora Beltrán empezó a subir a mi casa los jueves para cenar sopa.

Yo bajaba los domingos a arreglarle pequeñas cosas que ella decía que no importaban.

A veces no arreglaba nada.

Solo me sentaba en su cocina mientras ella me contaba historias de su marido.

Se llamaba Antonio.

Tenía una risa fuerte.

Le gustaban los geranios.

Nunca aprendió a hacer arroz sin pasarse.

A ella le brillaban los ojos cuando hablaba de él.

A mí me dolía un poco escucharla.

Pero era un dolor limpio.

De esos que no destruyen.

De esos que recuerdan que uno ha querido.

Un día le hablé de mi mujer.

Se llamaba Carmen.

Siempre llegaba tarde.

Cantaba mientras doblaba la ropa.

Le ponía nombre a todas las plantas, aunque luego se le murieran la mitad.

La señora Beltrán me escuchó sin interrumpir.

Paco dormía bajo la mesa, con una pata encima de mi zapato.

Cuando terminé, ella dijo:

—Qué suerte tuvimos, ¿verdad?

Me quedé mirando la taza.

—Sí.

No dijimos nada más.

No hacía falta.

Esa noche, al subir, me di cuenta de que no había contado esa historia en años.

No porque no quisiera.

Sino porque no había nadie sentado al otro lado de la mesa.

Paco volvió al rellano a finales de noviembre.

No como antes.

Más lento.

Más pesado.

Con menos orgullo físico, pero con la misma autoridad moral.

El primer día que se tumbó otra vez entre mi puerta y las escaleras, una vecina aplaudió.

Don Ernesto dijo:

—Hombre, ya está aquí el administrador.

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