El Gato Que Todos Temían Solo Necesitaba Que Alguien Leyera Su Segunda Línea

Pensé que enmarcar aquel cartel era cerrar la historia de Simón.

Me equivoqué.

Porque tres años después, una mañana de martes, la misma lavandería donde lo encontré volvió a ponerme delante algo que yo no sabía si estaba preparada para mirar.

Ese día no iba a lavar nada.

Había salido solo a comprar pan, leche y esas cosas pequeñas que una apunta en un papel y luego se olvida en la cocina.

Era una mañana parecida a aquella.

Gris.

Fría.

Con la gente caminando deprisa y las persianas de los bajos todavía medio bajadas.

Al pasar frente a la lavandería, miré hacia el poste metálico sin querer.

Ya no estaba el transportín.

Claro que no.

Pero yo seguía viéndolo allí.

Seguía viendo a aquel gato flaco, con la oreja rota, mirando al mundo como si el mundo le hubiera fallado demasiadas veces.

Iba a seguir caminando cuando Marisa, la mujer que llevaba la lavandería desde hacía años, salió a la puerta con un trapo en la mano.

—Oye —me dijo—. Tú eres la del gato gris, ¿verdad?

Me quedé quieta.

No sé por qué, pero me dio un vuelco el estómago.

—Sí —respondí—. Simón.

Ella asintió despacio.

—Ha venido un hombre preguntando por él.

Sentí que se me enfriaban las manos.

No dije nada.

Marisa bajó la voz, como si estuviéramos hablando de algo delicado.

—Es mayor. Muy mayor. Dice que conocía a un gato gris con una oreja rota. No sabía si era el mismo. Ha visto una foto que puse en el tablón, la de la recogida de mantas para la clínica.

Yo recordaba esa foto.

Simón estaba tumbado encima de una pila de toallas limpias, mirando a la cámara con esa cara suya de juez cansado.

Había dejado que la doctora Herrera usara la foto para pedir mantas viejas y sábanas que la gente ya no necesitara.

Nada grande.

Nada heroico.

Solo una caja en la entrada de la clínica y otra junto a la lavandería.

Pero aquella foto había llegado a unos ojos que yo no esperaba.

—¿Qué hombre? —pregunté.

Marisa se limpió las manos en el delantal.

—Se llama Julián. Vive con su sobrina, en el portal de al lado de la frutería. Me dijo que antes vivía en otro barrio, con su mujer. Que tenían un gato gris. Que se perdió cuando él estuvo malo.

No sé explicar lo que sentí.

No fue una sola cosa.

Fue miedo.

Celos.

Culpa.

Rabia.

Y también una tristeza rara, de esas que no sabes de quién son.

Durante tres años yo había pensado en Simón como en alguien que apareció de la nada.

Como si la vida me lo hubiera dejado allí, roto y solo, para que yo lo encontrara.

Pero claro que antes de mí había habido otra historia.

Todos tenemos una.

Incluso cuando nadie se molesta en preguntarla.

—¿Quiere llevárselo? —pregunté, casi sin voz.

Marisa negó rápido con la cabeza.

—No. No puede. Solo quiere saber si está vivo.

Aquello me rompió un poco.

Volví a casa con la barra de pan bajo el brazo y la leche olvidada en alguna parte.

Cuando abrí la puerta, Simón estaba en el recibidor.

No porque me echara de menos, no nos pongamos cursis.

Estaba allí porque era la hora de su comida y, según él, yo siempre llegaba tarde.

Me miró con sus ojos verdes, serios, como si yo fuera una empleada poco eficiente.

—Tenemos que hablar —le dije.

Él maulló una vez.

Corto.

Seco.

Como diciendo: primero la comida.

Le puse su cuenco.

Mientras comía, me senté en el suelo de la cocina.

A mi edad, sentarse en el suelo es fácil.

Levantarse ya es otra historia.

Lo miré comer despacio, con esa tranquilidad que tanto había tardado en aprender.

Y pensé en el hombre que quizá lo había querido antes que yo.

Pensé en una mujer que tal vez le había puesto otro nombre.

Pensé en una casa que olía a sopa, a lana, a medicinas, a vida de antes.

Y pensé en lo injusta que puede ser la memoria cuando solo conserva el final.

Llamé a la doctora Herrera.

No sabía qué le estaba pidiendo exactamente.

Quizá permiso.

Quizá consejo.

Quizá que me dijera que no fuera, que era mejor dejar las cosas como estaban.

Ella me escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, se quedó callada unos segundos.

Luego dijo:

—Simón no es un objeto que alguien pueda reclamar como quien reclama un paraguas perdido.

Tragué saliva.

—Ya lo sé.

—Pero tampoco es una página en blanco —añadió—. Si ese hombre lo quiso, quizá los dos necesitan verse.

Miré a Simón.

Se estaba lavando una pata con una concentración absoluta, como si todo aquello no fuera con él.

—¿Y si lo pasa mal?

—Entonces paras —dijo ella—. Igual que hiciste el primer día. Despacio. Sin forzar. Dejándole elegir.

Dejándole elegir.

Otra vez esa era la clave.

Al día siguiente fui a ver a Julián.

Vivía en un segundo sin ascensor, de esos edificios antiguos donde cada escalón parece guardar una conversación vieja.

Me abrió una mujer de unos cincuenta y muchos, con la cara cansada y amable.

—Soy Teresa —me dijo—. Mi tío está en el salón.

Julián estaba sentado junto a la ventana.

Tenía las manos grandes, manchadas por la edad, y una manta sobre las rodillas.

No parecía peligroso.

No parecía culpable.

Parecía simplemente un hombre al que la vida le había quitado demasiadas cosas y le había dejado mucho silencio.

Cuando me vio, intentó levantarse.

—No, por favor —dije rápido—. No se mueva.

Él sonrió con vergüenza.

—Usted es la señora que lo encontró.

Asentí.

—Sí.

Durante un momento ninguno de los dos habló.

En la mesa había una foto antigua.

Un gato gris, más gordo, más joven, tumbado sobre las piernas de una mujer con bata de casa.

La oreja rota era la misma.

Los ojos también.

Sentí un nudo en la garganta.

—Se llamaba Mateo —dijo Julián.

Yo bajé la mirada.

Mateo.

Antes de ser Simón, había sido Mateo.

No sé por qué aquello me dolió tanto.

Como si quererlo con otro nombre hubiera sido robarle algo.

Julián acarició el borde de la foto con el pulgar.

—Mi mujer decía que tenía alma de viejo. Siempre miraba como si supiera más que nosotros.

Sonreí, porque era verdad.

—Eso no lo ha perdido.

Él soltó una risa pequeña.

Luego se le humedecieron los ojos.

—Cuando mi mujer murió, él dejó de dormir en la cama. Se metía debajo del armario. Yo estaba también… bueno, como estaba. Mal. No sabía cuidar ni de mí.

Teresa, su sobrina, se quedó en la puerta, callada.

Julián siguió hablando despacio.

—Después me dio un susto el corazón. Me llevaron al hospital. Cuando volví, ya no estaba. Me dijeron que se había escapado. Que quizá alguien lo había recogido. Que quizá era mejor no buscar demasiado, porque estaba asustado y arañaba.

Se tapó los ojos con una mano.

—Yo no sé cómo acabó allí. No lo sé. Pero cuando Marisa me habló de un cartel que decía MUERDE… me pasé la noche sin dormir.

No supe qué decir.

Porque hay dolores que no se arreglan diciendo “no pasa nada”.

Sí pasa.

Pasan muchas cosas.

Pasa el tiempo.

Pasa la culpa.

Pasa que uno pierde fuerzas justo cuando más falta hacen.

—No vengo a quitarle nada —dijo él de pronto.

Me miró con una seriedad que me dejó clavada.

—Solo quería saber si alguien le habla bonito.

Ahí se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Sí —dije—. Aunque él hace como que no le importa.

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