Tal vez Bruno había intentado volver a casa y un vehículo lo había atropellado en el camino.
Era terrible.
Pero parecía lógico.
Hasta que una agente llegó al hospital con la otra bota morada de Sofía.
No la habían encontrado cerca del canal.
Estaba junto al camino.
A unos cien metros del lugar donde Sofía había quedado atrapada.
Había tierra en el talón.
Y polvo del camino en la punta.
Cerca de una alcantarilla también encontraron otro pequeño trozo amarillo de la chamarra.
La agente se sentó con nosotros mientras Sofía dormía bajo varias mantas.
Carlos acababa de regresar de la veterinaria.
Tenía manchas de sangre de Bruno en una manga.
—Creemos que su hija estaba siguiendo el barquito —nos explicó.
Sentí un golpe en el pecho.
Claro.
El barquito.
Sofía lo había dejado caer.
El agua que corría junto al camino se lo había llevado.
Bruno había ido detrás de ella.
Pero todavía faltaba entender algo.
Una cámara sencilla instalada por un vecino en su terreno había captado varias imágenes.
La primera estaba borrosa.
Sofía aparecía cerca de la orilla del camino intentando alcanzar el barquito.
Bruno estaba entre ella y la calle.
En la siguiente imagen ya no se veía a Sofía.
En la tercera, Bruno estaba tirado sobre el suelo.
No pude hablar.
La agente nos explicó lo que probablemente había ocurrido.
Un vehículo había tomado la curva sin alcanzar a verlos a tiempo.
Bruno se interpuso.
El impacto lo alcanzó a él.
No a Sofía.
La fuerza y el movimiento pudieron hacer que ella perdiera el equilibrio y cayera por la pendiente hacia el canal.
Cerré los ojos.
Hasta ese momento pensábamos que Bruno había sufrido el accidente cuando intentaba regresar.
Pero no.
Bruno había sido herido antes.
Primero había apartado a Sofía del camino.
Después, con las patas traseras inutilizadas, había intentado arrastrarse hacia ella.
Encontraron marcas profundas de sus patas delanteras cerca de la parte alta del canal.
Había círculos en el lodo.
Rasguños.
Señales de que había intentado acercarse a Sofía.
No pudo bajar.
Entonces hizo otra cosa.
Recordó.
—¡A casa, busca!
La orden de mi padre.
El viejo juego.
Bruno tuvo que arrastrarse casi doscientos metros hasta nuestra casa.
No estaba huyendo de Sofía.
Estaba buscando ayuda.
Y lo había hecho después de haberla salvado una primera vez.
La agente sacó una pequeña bolsa.
Dentro estaba la placa del collar de Bruno.
También el pedazo de tela amarilla.
—Parece que su hija se lo puso —dijo.
Cuando Sofía despertó mejor, nos contó lo que recordaba.
Bruno había caído junto al camino.
Ella se acercó llorando.
Él intentó incorporarse.
No pudo.
Sofía arrancó un pequeño pedazo de su chamarra y lo amarró al collar.
—Pensé que mamá vería el amarillo —nos explicó.
Después se acercó demasiado al borde.
La tierra cedió.
Sofía cayó.
Bruno la vio desaparecer.
Ella tocó el silbato.
Y desde abajo gritó la frase que mi padre le había enseñado años antes.
—¡A casa, busca, Bruno!
El perro obedeció.
Con dos patas rotas.
Con heridas.
Con dolor.
Obedeció.
Me senté junto a la cama de mi hija y entendí algo que todavía me cuesta explicar.
Mi padre llevaba años muerto.
Pero un juego que había inventado en nuestro patio acababa de ayudar a salvar a su nieta.
La operación de Bruno duró varias horas.
Sofía pasó la noche en observación.
Su muñeca necesitó un yeso.
Lo eligió morado.
Por supuesto.
Preguntaba por Bruno cada vez que despertaba.
Al día siguiente nos permitieron llevarla en silla de ruedas hasta donde estaba él.
Bruno permanecía acostado sobre una manta gruesa.
Tenía las patas inmovilizadas.
La oreja doblada parecía todavía más caída.
Al escuchar la voz de Sofía abrió los ojos.
Intentó levantar la cabeza.
—Quieto, amigo —le dijo suavemente una asistente.
Sofía comenzó a llorar.
No hizo ningún sonido.
Solo dejó que las lágrimas le corrieran por las mejillas.
Se acercó y tocó con dos dedos la pequeña cicatriz de su hocico.
—Yo le dije que fuera a casa —susurró.
Después me miró.
—Lo dije como el abuelo.
Carlos tuvo que apartar la cara.
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