Pensé que la historia de Rulo había terminado aquella tarde, cuando vi el sedán blanco alejarse con él sentado junto a Don Ramiro.
Me equivoqué.
Porque unas semanas después, alguien volvió a tocar mi puerta.
Y esta vez, Rulo venía solo.
Durante los primeros días después de que Ramiro se lo llevó, mi casa se sintió extraña.
No vacía.
Extraña.
Era absurdo, porque Rulo apenas había pasado una noche conmigo.
Pero durante esa noche había bebido de un recipiente que yo improvisé en la cocina.
Había dejado pelos negros y blancos sobre una esquina del sillón.
Y había dormido junto a mi puerta como si ahí estuviera su lugar.
Cuando se fue, limpié todo.
Guardé el recipiente.
Barrí los pelos.
Y seguí con mi vida.
O eso intenté.
De vez en cuando, al pasar frente a la puerta, todavía me parecía ver aquella figura echada junto a ella.
Un perro viejo esperando a alguien con una paciencia que yo no entendía.
Don Ramiro me llamó unos días después.
—Nomás para decirle que Rulo está bien.
Sonaba contento.
Me explicó que el nuevo departamento estaba en una zona tranquila, no muy lejos de un pequeño jardín donde podía sacar a Rulo a caminar despacio.
—Ya no corre como antes —me dijo—. Pero sigue queriendo hacer todo conmigo.
—Pues no lo vuelva a engañar con la pelota —le respondí.
Ramiro soltó una carcajada.
—Esa pelota ya está jubilada para esos asuntos.
Después de eso empezamos a hablar de vez en cuando.
Nada importante.
Conversaciones de cinco minutos.
A veces diez.
Me contaba que Rulo se había acostumbrado rápido al departamento.
Que al principio se quedaba junto a la puerta cada vez que Ramiro bajaba por algo.
Que cuando volvía, aunque hubieran pasado apenas quince minutos, Rulo lo recibía como si hubiera regresado de otro país.
—No guarda rencor —me dijo una vez.
Esa frase se me quedó dando vueltas.
Yo sí guardaba rencor.
Mucho más del que admitía.
Con mi exesposa.
Con algunas personas que habían dejado de buscarme.
Incluso conmigo mismo.
Había convertido ciertas decepciones en una especie de mueble viejo.
No me gustaban.
Pero ya me había acostumbrado a tenerlas ahí.
Rulo era distinto.
Aquel perro había corrido hasta que las patas dejaron de responderle.
Había pasado una noche esperando.
Y cuando Ramiro volvió, Rulo no perdió tiempo reclamándole.
Simplemente corrió hacia él.
Claro, un perro no piensa como nosotros.
Lo sé.
Pero eso no hacía menos difícil ignorar la lección.
Pasaron casi dos meses.
Una tarde estaba arreglando una llave del fregadero cuando escuché que alguien rascaba la puerta principal.
Pensé que era una rama.
Luego volvió a escucharse.
Ras.
Ras.
Me limpié las manos y fui a abrir.
Rulo estaba sentado frente a mí.
Durante unos segundos no dije nada.
—¿Qué haces aquí, viejo?
Movió la cola una vez.
Después dos.
Venía cansado.
No estaba lastimado, pero respiraba rápido.
Llevaba el mismo collar.
La misma placa.
Miré hacia la calle esperando ver el sedán de Ramiro.
Nada.
Sentí un golpe en el estómago.
Agarré el teléfono y marqué.
No contestó.
Volví a marcar.
Nada.
La tercera vez fue igual.
Rulo entró a mi casa sin que yo se lo pidiera.
Caminó directamente hacia la sala.
Olfateó el lugar donde había dormido aquella primera noche.
Luego volvió a la puerta.
Se sentó.
Eso me preocupó todavía más.
—No me hagas esto, Rulo.
Marqué de nuevo.
Esta vez contestó una mujer.
—¿Bueno?
—Busco a Don Ramiro Castañeda.
Hubo una pausa.
—¿Quién habla?
—Héctor Lozano. Tengo a su perro.
La mujer soltó un suspiro.
—Ay, bendito sea Dios.
Me explicó que era Clara, una vecina de Ramiro.
Esa mañana, Ramiro se había sentido débil.
Nada grave según lo que habían revisado después, pero suficiente para que un familiar lo acompañara a una clínica.
Clara se había quedado con Rulo.
Al abrir la puerta para sacar unas bolsas, el perro se escapó.
—Lo buscamos por todos lados —dijo—. No entendíamos a dónde podía haber ido.
Miré a Rulo.
Yo sí entendía.
Había venido conmigo.
No porque yo fuera su dueño.
No porque prefiriera mi casa.
Había venido al último lugar donde lo había dejado Ramiro una vez.
Como si pensara que, si Ramiro había desaparecido otra vez, tal vez la respuesta estaba aquí.
—¿Don Ramiro está bien?
—Sí. Ya viene de regreso. Está cansado, pero está bien.
Sentí cómo se me aflojaban los hombros.
—Dígale que Rulo está conmigo.
Clara soltó una risita.
—Me parece que él ya se lo imaginaba.
Media hora después recibí otra llamada.
Era Ramiro.
—Héctor.
—Aquí tengo al fugitivo.
—Perdón.
—No tiene que pedirme perdón.
Ramiro se quedó callado unos segundos.
—Cuando Clara me dijo que se había escapado, pensé inmediatamente en su casa.
Me acerqué a Rulo.
Seguía sentado junto a la puerta.
—Creo que vino a buscarlo.
Del otro lado de la línea escuché a Ramiro respirar hondo.
—Ese animal me va a matar de un susto antes que los años.
—Pues venga por él cuando pueda. No se preocupe.
—No debería manejar hoy.
—Entonces no maneje.
Hubo otra pausa.
Antes, quizá yo habría dejado las cosas así.
Rulo estaba seguro.
Ramiro estaba seguro.
Problema resuelto.
Pero algo había cambiado.
—¿Dónde vive exactamente? —le pregunté.
Me dio la dirección.
Estaba a menos de veinte minutos.
—Se lo llevo.
—Héctor, no tiene que…
—Ya sé.
Miré a Rulo.
—Pero quiero hacerlo.
Lo subí a mi camioneta.
Esta vez no tuve que cargarlo.
Rulo puso las patas delanteras sobre el asiento y luego se acomodó con cuidado.
Durante el camino mantuvo la cabeza levantada.
Parecía reconocer algunas calles.
Cuando doblé hacia el edificio de Ramiro, empezó a mover la cola.
Primero lentamente.
Luego con fuerza.
—Ya sabes dónde estamos, ¿verdad?
Rulo soltó un pequeño gemido.
Apenas estacioné, Ramiro apareció en la entrada del edificio.
Se veía cansado.
Más pequeño de lo que yo recordaba.
Llevaba un suéter gris y sostenía la puerta con una mano.
Rulo empezó a desesperarse.
Abrí.
Bajó.
No corrió.
Ya no podía.
Pero caminó tan rápido como sus patas se lo permitieron.
Ramiro se inclinó.
—¿Otra vez tú?
Rulo se pegó a sus piernas.
Ramiro levantó la vista hacia mí.
—Creo que no aprendió nada la primera vez.
—Yo creo que aprendió demasiado.
Ramiro sonrió.
Subí con ellos.
Era la primera vez que veía el departamento.
Pequeño.
Sencillo.
Muy ordenado.
Había una mesa para dos personas junto a una ventana.
Un sillón.
Una televisión.
Varias fotografías familiares sobre una repisa.
Y junto a la puerta estaba la cama de Rulo.
Me quedé mirándola.
Ramiro se dio cuenta.
—La puse ahí porque no hubo manera de convencerlo de dormir en otro lado.
—Claro.
En la pared, cerca de la mesa, había una foto de una mujer de cabello corto sonriendo junto a un Ramiro mucho más joven.
Entre los dos estaba Rulo.
Bueno, un Rulo joven.
Orejas levantadas.
Pelo brillante.
La misma mirada.
—¿Su esposa?
Ramiro asintió.
—Elena.
No dijo más.
Tampoco hizo falta.
Rulo caminó hasta la fotografía.
Se echó debajo.
Ramiro me ofreció café.
Acepté.
No tenía prisa por volver a casa.
Eso también era nuevo.
Nos sentamos.
Ramiro me contó más sobre Elena.
No con tristeza todo el tiempo.
Eso me sorprendió.
Me habló de cómo se enojaba cuando él dejaba herramientas en la mesa.
De cómo hacía demasiado arroz porque nunca aprendió a calcular para dos personas.
De cómo fue ella quien encontró a Rulo cuando era cachorro.
—Estaba debajo de un puesto, flaco y mugroso —dijo Ramiro—. Elena dijo que solo lo llevaríamos a casa una noche.
—Supongo que esa noche duró muchos años.
Ramiro sonrió.
—Catorce.
Rulo levantó la cabeza al escuchar su nombre.
—Ya estás viejo, muchacho —dijo Ramiro.
El perro volvió a dormirse.
Después, Ramiro me preguntó por mí.
No estaba acostumbrado.
La mayoría de las conversaciones que tenía eran sobre trabajo.
Pagos.
Reparaciones.
Cosas prácticas.
—¿Tiene hijos?
—Una hija.
—¿Vive cerca?
Bajé la mirada hacia mi taza.
—En Celaya.
—¿La ve seguido?
—No.
Ramiro no preguntó por qué.
Eso hizo que terminara contándoselo.
Mi hija se llamaba Lucía.
Tenía veintisiete años.
Después de mi separación, ella había quedado en medio de muchas cosas que nunca le correspondieron.
Yo estaba enojado con su madre.
Su madre estaba enojada conmigo.
Y Lucía terminó escuchando demasiado de ambos.
Con los años, la relación se volvió rara.
No mala.
Peor.
Distante.
Mensajes en cumpleaños.
Una llamada en Navidad.
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