El sobre blanco que nos obligó a dejar de fingir que todo iba bien

Esta es la continuación de mi historia. Seis meses después de volver a casa de mi madre, encontré otro sobre blanco junto a mi plato.

Durante unos segundos no quise tocarlo.

Era igual que el primero.

Blanco, sencillo y cerrado con cuidado.

Mi madre estaba de pie junto al fregadero, secando una taza que ya estaba seca.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Ábrelo.

Sentí un nudo en el estómago.

La última vez que mi madre me había entregado un sobre, dentro había doscientos euros que había conseguido pasando frío y renunciando a comprarse zapatos.

Esta vez no había billetes.

Había tres anuncios de pisos impresos.

Uno estaba cerca de mi trabajo. Otro tenía una pequeña terraza. El tercero era un estudio de treinta metros cuadrados en un barrio que conocía bien.

Encima de los anuncios había una nota escrita con su letra.

“Para cuando quieras volver a tener tu propia casa”.

La miré.

—¿Quieres que me vaya?

Mi madre dejó la taza sobre la encimera.

—No he dicho eso.

—Has buscado pisos para mí.

—Porque ya tienes algunos ahorros.

—Todavía no ha pasado el año que acordamos.

—Lo sé.

Cogí los papeles y los doblé con más fuerza de la necesaria.

Aquella mañana habíamos desayunado juntas. Ella había preparado café y yo había cortado dos rebanadas de pan.

Una hora antes todo parecía normal.

Ahora sentía que estaba ocupando un espacio que ya no me correspondía.

—Podrías habérmelo dicho directamente —murmuré.

—Aroa, no quiero echarte.

—Entonces no entiendo esto.

Mi madre se sentó.

La vi respirar hondo antes de hablar.

—Tengo miedo de que te quedes aquí solo porque piensas que debes cuidarme.

—Yo no pienso eso.

—A veces sí.

—No sabes lo que pienso.

—Eres mi hija. Sé cuándo dices que estás bien y no lo estás.

Aquella frase me dolió porque era verdad.

Durante los primeros meses después de regresar, vivir juntas no había sido tan sencillo como habíamos imaginado.

Yo llevaba casi diecisiete años viviendo sola.

Mi madre llevaba once años acostumbrada al silencio.

Ella se levantaba temprano, incluso los fines de semana. Yo necesitaba dormir un poco más.

Yo dejaba una taza en el fregadero porque pensaba lavarla después. Ella la lavaba inmediatamente y luego decía que no pasaba nada, aunque su forma de colocarla en el armario demostraba lo contrario.

Mi madre veía la televisión con el volumen demasiado alto.

Yo hablaba por teléfono mientras caminaba de una habitación a otra.

Ella apagaba todas las luces.

Yo las encendía porque decía que no quería vivir en una cueva.

También discutíamos por la comida.

—Ese yogur estaba caducado —le dije una vez.

—Solo por dos días.

—Dos días son dos días.

—Cuando eras pequeña comías tierra en el parque y nunca te pasó nada.

No pude responder a eso.

A pesar de esas pequeñas discusiones, la casa había cambiado.

Ya no cenábamos cada una en un piso distinto, fingiendo no tener hambre.

Comprábamos carne algunas semanas.

Había fruta en el frutero.

La calefacción se encendía cuando hacía falta, sin que mi madre se pusiera dos jerséis antes de tocar el termostato.

Yo seguía pagando una cantidad fija para los gastos.

Después de cada nómina, transfería una parte a una cuenta de ahorro.

No era una fortuna.

Pero ver aquella cifra crecer me daba una tranquilidad que no había sentido en años.

Por primera vez, una avería pequeña no significaba pasar el resto del mes contando monedas.

Creía que mi madre estaba contenta.

Hasta que apareció aquel segundo sobre.

—¿Te molesta que esté aquí? —pregunté.

—No.

—Dímelo de verdad.

—Me gusta que estés aquí.

—Entonces, ¿por qué has hecho esto?

Mi madre juntó las manos sobre la mesa.

—Porque desde que llegaste has dejado de salir.

—Nunca salía mucho.

—Antes quedabas con gente del trabajo de vez en cuando.

—Porque gastaba dinero que no tenía.

—Ahora podrías permitirte tomar un café.

—No me apetece.

Mi madre me miró durante unos segundos.

—También has rechazado un curso de tu trabajo.

Aparté la mirada.

La clínica había ofrecido un curso de administración sanitaria. Se hacía por las tardes durante tres meses.

Si lo terminaba, podría optar a un puesto con más responsabilidad cuando la coordinadora se jubilara.

No era un ascenso seguro, pero era una oportunidad.

Había dicho que no porque algunas tardes mi madre tenía cita médica.

Solo eran dos citas.

Podría haberlas cambiado o haberle pedido que fuera sola.

Pero me parecía egoísta.

—No tenía tiempo —dije.

—Sí tenías.

—No quería dejarte con todo.

Mi madre señaló la cocina con la mano.

—¿Con todo qué? ¿Con una lavadora y cuatro platos?

—Con la casa.

—He cuidado esta casa desde antes de que tú nacieras.

—No quería que estuvieras sola.

Ella sonrió con tristeza.

—Yo sé estar sola, Aroa. Lo que no quiero es que tú dejes de vivir para que yo no pase una tarde sin compañía.

Ninguna de las dos habló durante un rato.

La nevera empezó a hacer su ruido habitual.

Fuera, alguien cerró una puerta en el rellano.

Miré los anuncios otra vez.

El piso con terraza costaba ochocientos veinte euros al mes.

El estudio costaba seiscientos cuarenta.

El más cercano a mi trabajo costaba setecientos noventa, sin contar los gastos.

Aunque tenía ahorros, sabía lo que significaba volver a pagar sola el alquiler, la electricidad, internet, la compra y cada pequeña avería.

Podía hacerlo.

Pero tendría que volver a vigilar cada euro.

—No quiero regresar a la vida que tenía —dije.

Mi madre asintió.

—Entonces no regreses.

—¿Y qué hago?

—Elegir una vida nueva.

—Eso suena muy bonito, pero no significa nada.

—Significa que puedes quedarte aquí si quieres. Pero no porque yo necesite que te quedes.

La miré.

—¿Y tú quieres que me quede?

Mi madre tardó unos segundos en contestar.

—Quiero que te quedes si eres feliz aquí.

Fue la primera vez que hablamos de aquello sin utilizar palabras como ayuda, fracaso o necesidad.

No decidimos nada esa noche.

Guardé los anuncios en un cajón.

Dos días después llamé a la clínica y pregunté si todavía quedaba una plaza en el curso.

La coordinadora me dijo que sí.

—Pensaba que no te interesaba —comentó.

—Me interesaba. Solo estaba asustada.

No le expliqué nada más.

Durante tres meses salí del trabajo dos tardes por semana y fui a clase.

Mi madre acudió sola a sus citas.

La primera vez me llamó cuando salió.

—Ya he terminado.

—¿Ha ido todo bien?

—Sí.

—¿Necesitas que vaya a buscarte?

—Aroa, estoy en la parada del autobús, no perdida en una montaña.

Empecé a reírme.

Ella también.

A la semana siguiente, mi madre se apuntó a unas actividades en un centro del barrio.

Al principio dijo que solo quería probar.

Después empezó a salir los martes y los jueves.

Volvía hablando de libros, recetas y películas antiguas.

No me contaba todos los detalles, pero yo notaba que estaba más animada.

Una tarde regresé a casa y no estaba.

Durante unos segundos sentí miedo.

Después vi una nota sobre la mesa.

“He salido a tomar café. Hay tortilla en la nevera”.

Me quedé mirando aquellas palabras.

Mi madre, la mujer que guardaba dinero por si algún día yo tenía hambre, había salido a gastar dos euros en un café.

Sonreí.

Calenté la tortilla y cené sola.

Y no pasó nada.

Un mes después terminé el curso.

La coordinadora de la clínica se jubiló poco tiempo más tarde.

No me dieron exactamente su puesto, pero empezaron a asignarme parte de sus tareas.

Organizaba los horarios del personal, revisaba las facturas y resolvía algunos problemas antes de que llegaran a la dirección.

Mi salario subió ciento cuarenta euros al mes.

Cuando recibí la primera nómina nueva, abrí la aplicación del banco en el baño del trabajo.

Era el mismo lugar donde meses antes había visto aquellos 18,30 euros.

Esta vez miré la cifra y respiré.

No era suficiente para cambiarme la vida.

Pero era una prueba de que estaba avanzando.

Llamé a mi madre.

—Me han pagado el aumento.

—¿Y cuánto te queda? —preguntó.

No me reí.

No cambié de tema.

Le dije la cantidad exacta.

—Muy bien —respondió—. Entonces esta noche compras tú el postre.

Compré cuatro pasteles pequeños en una panadería del barrio.

Dos eran de chocolate y dos de crema.

Nos comimos uno cada una después de cenar.

Guardamos los otros para el día siguiente.

Durante un tiempo todo fue tranquilo.

Hasta que, una mañana de agosto, la nevera dejó de funcionar.

Al principio pensamos que la puerta se había quedado mal cerrada.

Después descubrimos que la leche estaba templada y que el congelador empezaba a soltar agua.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.

Scroll al inicio