Mi novia sabe que los sustos me destrozan por culpa de mi infancia. Aun así, ayer saltó de la nada y me gritó. Ahora está llorando diciendo que la aterroricé y exige que le pida perdón por haberle gritado «para».
Tengo que aclarar algo primero. Sé cómo suena esto. Soy un hombre adulto. Se supone que soy el fuerte. El protector. El tipo que no se inmuta. Pero tuve una infancia difícil, y los gritos repentinos y los sustos le hacen algo a mi sistema nervioso que no puedo controlar.
Mi corazón se acelera. Me tiemblan las manos. A veces tardo veinte o treinta minutos solo en volver a sentirme normal. Ella lo sabe. Se lo he dicho. Sabe exactamente lo que me provoca.
A ella le parece divertidísimo esconderse detrás de las puertas y saltar gritando cuando entro. O dar golpes en la mesa para hacerme saltar cuando estoy concentrado.
Le he suplicado que pare. Siempre me dice: «Eres muy asustadizo, es solo una broma». Como si yo eligiera reaccionar así. Como si estuviera siendo un dramático. Como si solo tuviera que hacerme más duro.
Ayer llegué a casa después de un turno brutal de doce horas. Agotado. Con el cerebro frito. Pasé por la puerta principal y ella saltó desde detrás del perchero gritando a todo pulmón.
Se me cayeron las llaves. Sentí que el corazón me iba a explotar. Grité «¡PARA!» más fuerte de lo que quería. No la insulté. No me acerqué a ella. Solo me quedé ahí parado, con el pecho latiendo a mil por hora, y grité esa única palabra.
Se calló de inmediato. Abrió los ojos de par en par. Me miró como si acabara de amenazarla de muerte.
Le pedí perdón enseguida por haber gritado. Le dije que solo me había asustado, que estaba exhausto, y que ella SABE lo que me pasa. Pensé que ahí quedaría la cosa.
Una hora más tarde estaba sentada en el sofá llorando. Le pregunté qué le pasaba. Dijo que la había «aterrorizado». Dijo que cuando grité de esa manera, pensó de verdad que le iba a pegar. Dijo que mi cara parecía «violenta» y que no se sentía segura en su propia casa.
Me quedé de piedra. Le dije que nunca le he puesto la mano encima. Nunca le he pegado a nadie. Estaba reaccionando a una emboscada en mi propia puerta después de una jornada de doce horas, y ella sabe lo que eso le hace a mi cuerpo.
Dijo que eso daba igual. Dijo que «no debería haber gritado» y que «tengo que disculparme» por hacerle sentir miedo. Dijo que una buena pareja no le grita a alguien que «solo estaba jugando».
Intenté explicarle que fue un reflejo involuntario. Mi sistema nervioso se descontroló antes de que mi cerebro pudiera procesarlo. Me cortó y dijo que estaba poniendo excusas para un «comportamiento agresivo».
Luego me exigió que le jurara que nunca más volvería a levantar la voz, aunque me asustara. Dijo que si no podía prometerle eso, tendría que «replantearse con qué clase de hombre está».
Acabé pidiéndole perdón solo para terminar con el tema. Me quedé sentado sintiendo que había hecho algo monstruoso. Pero no dejo de darle vueltas. Cruzó un límite que ella conocía.
Desencadenó a propósito algo que me devuelve a un lugar del que me pasé años huyendo. Y, de alguna manera, el malo soy yo porque alcé la voz cuando me dio un susto de muerte.
Ha estado callada todo el día. No para de mirarme con una expresión de decepción, como si fuera un maltratador al que apenas reconoce. Siento náuseas.
¿Me equivoco?
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