Después me vio a mí rodear la piscina aunque estaba vacía.
—Ustedes dos hacen exactamente lo mismo —dijo.
—Alma no necesita aprender a nadar.
—No he dicho eso.
Daniela miró a la perra.
—Quizá no se trata de nadar. Se trata de poder elegir.
Esa palabra se quedó conmigo.
Elegir.
Alma había sido obligada a entrar en el agua.
Yo llevaba décadas atrapado en el recuerdo del agua donde murió mi hermano.
Tal vez ninguno necesitaba amar el agua.
Solo necesitábamos comprobar que estar cerca de ella no significaba perder el control.
Compré una piscina infantil de plástico azul.
Pequeña.
La puse en el patio completamente vacía.
Alma la vio desde la puerta y no quiso salir.
Durante tres días no hice nada.
No puse comida dentro.
No la llamé.
No intenté convencerla.
Simplemente seguí haciendo mi vida alrededor de aquella piscina.
Al cuarto día salió al patio.
Se quedó lejos.
Una semana después se acercó.
Puse su pelota roja junto a la piscina.
Alma la recogió.
Al día siguiente la dejé sobre el borde.
Estiró el cuello y consiguió tomarla sin tocar el plástico.
Pasaron casi tres semanas antes de que pusiera una pata dentro.
El fondo crujió.
Alma salió corriendo.
Yo no fui detrás de ella.
Cinco minutos más tarde regresó.
Aquello me pareció más importante que haber entrado.
El progreso no era dejar de tener miedo.
Era poder regresar después de sentirlo.
Dos meses después, Alma conseguía entrar completamente en la piscina vacía.
Entonces añadimos agua.
No con una manguera.
El ruido todavía la aterraba.
Yo llevaba pequeñas cubetas desde la cocina.
Primero apenas cubrí el fondo.
Después un poco más.
Alma observaba.
Se acercaba.
Se iba.
Regresaba.
Un día puso una pata.
Semanas después puso dos.
Cuatro patas tardaron mucho más.
La primera vez que el agua llegó hasta sus tobillos, su cuerpo se puso rígido.
Levantó el hocico como si estuviera buscando aire.
Entré con ella.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Fui yo quien comenzó a temblar.
El agua apenas tenía unos centímetros.
Estaba tibia.
No había corriente.
No había peligro.
Pero en mi cabeza apareció aquel río de mi adolescencia.
Vi otra vez la superficie.
Escuché los gritos.
Recordé a Luis.
Tuve que sentarme en el borde.
Alma me miró.
Podía salir.
No lo hizo.
Caminó hacia mí y apoyó el hocico mojado sobre mi rodilla.
La perra que temía el agua se quedó dentro porque, esta vez, quien tenía miedo era yo.
Había pensado que yo estaba enseñándole a Alma que el agua podía ser segura.
Ella estaba enseñándome algo distinto.
Tener miedo delante de alguien no tenía por qué dar vergüenza.
Nos quedamos allí hasta respirar normalmente.
Después salimos juntos.
A partir de entonces avanzamos de otra manera.
No más rápido.
Con más paciencia.
Si Alma se asustaba, parábamos.
Si yo me sentía mal, parábamos.
Siempre terminábamos igual.
Los dos sobre tierra seca.
La pelota roja entre nosotros.
Nadie obligando a nadie.
El verano siguiente, Alma llegó a tener agua hasta las rodillas.
Aprendió que podía levantar una pata y volver a encontrar el suelo.
Aprendió que un juguete podía flotar sin desaparecer.
Seguía odiando los canales profundos.
Las tormentas todavía la ponían nerviosa.
Nunca intentamos borrar todas sus reacciones.
Solo queríamos crear recuerdos nuevos.
Yo también empecé a buscar ayuda para hablar de la muerte de Luis.
Durante décadas había pensado que quedarme en la orilla me convertía en un cobarde.
Un día alguien me dijo algo sencillo:
—Tener miedo y avanzar de todas formas también puede ser valentía.
Nunca me había visto así.
Salvar a Alma no había eliminado mi miedo.
Había sido miedo moviéndose.
Casi dos años después del canal ocurrió el momento que todos recordamos.
Daniela estaba visitándome.
También habían venido Arturo, el repartidor que me ayudó aquel día, Elena y Mariana.
Comimos juntos en el patio.
La piscina azul tenía agua aproximadamente hasta las rodillas de Alma.
Ella había entrado y salido varias veces buscando pequeños premios.
Después terminamos el ejercicio.
Su pelota roja quedó flotando en el centro.
Alma la miró.
La pelota se desplazó lentamente fuera de su alcance.
Esperé que me pidiera ayuda.
No lo hizo.
Metió una pata.
Luego otra.
Caminó hasta que el agua llegó a su pecho.
Todos dejamos de hablar.
Alma estiró el cuello.
No alcanzaba la pelota.
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