Íbamos a dejarlos morir, pero aquellos dos gatos terminaron salvándonos a nosotros

Creímos que la historia había terminado aquella mañana, cuando vimos a Brisa y Tizón durmiendo juntos en el suelo del salón.

Pero seis meses después, recibimos una llamada que nos obligó a mirar hacia el lugar del que habían venido.

Y hacia el hombre que nunca había querido abandonarlos.

Era martes.

Íñigo había salido temprano para cubrir un turno en el pequeño negocio de reparaciones. Yo estaba recogiendo los cuencos del desayuno cuando sonó el teléfono.

Brisa se encontraba sentada sobre una silla, observándome.

Tizón dormía junto al radiador.

La llamada era del refugio.

Durante unos segundos pensé que querían preguntarnos cómo estaban los gatos. De vez en cuando mandábamos alguna fotografía, pero no habíamos hablado con nadie desde hacía meses.

La trabajadora parecía nerviosa.

—No sabemos si deberíamos pediros esto —dijo—, pero ha surgido una situación.

Dejé los cuencos sobre la encimera.

—¿Ha pasado algo?

—No con los gatos. Es por su antiguo dueño.

Sentí un nudo en el estómago.

Sabíamos muy poco de él.

Solo que había ingresado de forma permanente en una residencia y que ningún familiar había podido hacerse cargo de Brisa y Tizón.

Durante mucho tiempo, preferí no pensar demasiado en aquel hombre.

Una parte de mí estaba enfadada con él, aunque sabía que era injusto.

Cada vez que recordaba la tarjeta roja del refugio y la hora marcada para la mañana siguiente, me preguntaba por qué no había encontrado otra solución.

La trabajadora continuó hablando.

El antiguo dueño se llamaba Mateo.

Tenía setenta y nueve años y vivía solo antes de ingresar en la residencia. Había sufrido una caída en casa y ya no podía desenvolverse sin ayuda.

Cuando se lo llevaron, creyó que sus gatos quedarían temporalmente con una persona conocida.

No supo que habían terminado en el refugio hasta varias semanas después.

—Desde entonces pregunta por ellos casi todos los días —explicó la trabajadora—. Durante un tiempo no quisimos contarle lo cerca que estuvieron de entrar en la lista.

Me apoyé en la encimera.

—¿Sabe que están con nosotros?

—Ahora sí.

Se hizo un silencio.

—¿Y qué ha dicho?

La trabajadora respiró hondo.

—Ha llorado.

Miré hacia Tizón.

Seguía dormido, con una pata delantera estirada sobre el suelo. Brisa había bajado de la silla y se acercaba a él.

—Mateo no quiere recuperarlos —añadió rápidamente—. Sabe que no puede cuidarlos. Solo quiere verlos una vez y comprobar que están bien.

No respondí enseguida.

La idea de llevarlos a una residencia me daba miedo.

No sabía cómo reaccionarían.

Tampoco sabía cómo reaccionaría yo al ver al hombre que los había cuidado durante ocho años.

—Tengo que hablarlo con mi marido.

—Por supuesto.

Antes de colgar, la trabajadora dijo algo que me acompañó durante el resto del día.

—Él piensa que sus gatos deben de creer que los abandonó.

Cuando Íñigo volvió a casa, traía polvo en el pelo y una pequeña mancha de grasa en la manga.

Tizón fue a recibirlo, como hacía todas las tardes.

No corría.

Tizón nunca corría si podía caminar despacio y conseguir exactamente el mismo resultado.

Se sentó delante de Íñigo y esperó hasta que él se agachó para acariciarle la cabeza.

—Me han llamado del refugio —dije.

Íñigo dejó de sonreír.

Nos sentamos en la cocina mientras los gatos comían.

Le conté todo.

El nombre de Mateo.

La caída.

La residencia.

Las preguntas que hacía casi todos los días.

Cuando terminé, Íñigo se quedó mirando su taza.

—¿Y quieren que los llevemos?

—Solo para una visita.

—Puede ser duro para ellos.

—Lo sé.

—Y para él.

—También lo sé.

Brisa terminó de comer y fue hacia el cuenco de Tizón. Él se apartó para dejarle sitio, aunque todavía quedaba comida.

Siempre hacían lo mismo.

Primero comía Tizón.

Después Brisa.

Pero ninguno se alejaba hasta que el otro había terminado.

Íñigo los observó.

—¿Tú quieres ir?

—No estoy segura.

Era la verdad.

Quería que Mateo supiera que estaban vivos. Quería que los viera limpios, tranquilos y seguros.

Pero también temía que al reconocerlo quisieran quedarse con él.

No era un pensamiento razonable.

Aun así, me dolía.

Brisa y Tizón nos habían encontrado en el peor momento de nuestro matrimonio. Habían llenado un piso que se estaba quedando demasiado silencioso.

La posibilidad de que todavía consideraran otro lugar como su verdadero hogar despertó una inseguridad que me avergonzaba reconocer.

Íñigo debió de notarlo.

—No van a dejar de querernos por recordarlo a él —dijo.

Lo miré.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Se levantó, llevó la taza al fregadero y apoyó las manos en la encimera.

—Cuando perdí el trabajo, pensé que ya no servía para nada. Tú me repetías que no era verdad, pero yo no podía creerte.

Se volvió hacia los gatos.

—Tal vez ese hombre siente algo parecido. Quizá piensa que les falló porque ya no pudo cuidarlos.

Íñigo guardó silencio unos segundos.

—Podemos demostrarle que no los perdió por completo.

Llamamos al refugio al día siguiente.

La visita quedó fijada para el sábado por la mañana.

Mateo vivía en una residencia pequeña situada a unos treinta minutos de nuestra casa. Nos permitieron llevar a los gatos siempre que fueran dentro de un transportín seguro.

No hizo falta preguntar si podían ir juntos.

Ya habíamos aprendido esa lección.

El sábado, a las ocho y cuarto, sacamos el transportín grande del armario.

Brisa apareció de inmediato.

Lo olió, dio dos pasos hacia atrás y miró a Tizón.

Él se acercó más despacio.

Durante un momento temí que recordaran el refugio.

Tizón se quedó quieto delante de la puerta abierta. Brisa rozó su cuerpo contra el suyo.

Después entraron juntos.

En el coche no maullaron.

Brisa permaneció pegada al costado de Tizón. Él apoyó la barbilla sobre su cabeza.

Íñigo conducía con las dos manos firmes sobre el volante.

—¿Estás nervioso? —pregunté.

—Mucho.

—Yo también.

Cuando llegamos, una trabajadora de la residencia nos esperaba en la entrada.

Nos condujo hasta una sala pequeña con dos sillones, una mesa baja y una ventana que daba a un patio interior.

Mateo estaba sentado en uno de los sillones.

Era más delgado de lo que había imaginado. Llevaba una camisa de cuadros demasiado grande y tenía las manos apoyadas sobre un bastón.

Al ver el transportín, intentó levantarse.

La trabajadora le pidió que permaneciera sentado.

Mateo no apartaba la mirada de la puerta metálica.

—¿Son ellos? —preguntó.

Su voz era muy baja.

Íñigo dejó el transportín en el suelo.

Me agaché y abrí la puerta.

Tizón sacó primero la cabeza.

Miró la sala.

Miró a Íñigo.

Después miró a Mateo.

Se quedó completamente inmóvil.

Mateo se llevó una mano a la boca.

—Tizón —susurró.

El gato salió del transportín.

No corrió hacia él.

Caminó despacio, con la cola baja, como si necesitara comprobar que aquel hombre era real.

Mateo extendió una mano temblorosa.

Tizón la olió.

Entonces se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en sus rodillas.

Mateo comenzó a llorar.

Brisa salió detrás.

En cuanto oyó su nombre, saltó al sillón con una agilidad que nunca mostraba en casa.

Se metió bajo el brazo de Mateo y empezó a lamerle la barbilla.

Igual que había limpiado la cara de Tizón en el refugio.

Como si también quisiera tranquilizarlo a él.

Nadie habló durante varios minutos.

Tizón consiguió subir al sillón y se acomodó junto a Mateo. Brisa se tumbó sobre sus piernas.

Mateo acariciaba a uno con cada mano.

—Pensé que me odiaríais —murmuró.

Íñigo se sentó frente a él.

—No creo que sepan hacer eso.

Mateo levantó la mirada.

—Los dejé solos.

—Usted no los dejó solos —respondió Íñigo—. Se puso enfermo.

Mateo negó con la cabeza.

—Debería haberlo organizado mejor.

—Todos creemos que tendremos más tiempo para organizar las cosas.

Íñigo hablaba con una calma que no tenía meses antes.

—Pero ellos están bien. Viven juntos. Duermen juntos. Y Tizón ocupa más de la mitad del sofá.

Mateo sonrió entre lágrimas.

—Siempre lo ha hecho.

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