A la mañana siguiente de perder a Tomás y de perderme la boda de Lucía, pensé que nadie volvería a llamar a mi puerta. Me equivoqué.
Aquella noche no me quité el vestido azul marino.
Me aflojé el collar de perlas, me saqué los zapatos y me quedé sentada en la cama, con las manos sobre las rodillas, mirando al armario abierto como si dentro fuera a haber una respuesta para algo.
No la había.
La casa olía a flores marchitas, a tela vieja y a ese silencio raro que dejan las cosas cuando ya no pueden volver a ser como eran por la mañana.
Tomás estaba en la caja, envuelto con su manta amarilla.
La había dejado en la galería, donde daba menos el sol. No porque yo supiera muy bien qué hacer. Más bien porque todavía no podía soportar tenerlo lejos ni tampoco soportaba mirarlo demasiado tiempo.
Dormí a ratos.
Cada vez que cerraba los ojos me veía en el suelo de la cocina. Luego veía la cara de Lucía en la puerta, con el maquillaje corrido y un zapato en la mano. Después oía otra vez aquella frase.
Es solo un gato.
Y enseguida venía la otra, la de después.
Hoy he entendido dónde tenías el corazón.
Una frase no borraba la otra.
Pero la dejaba respirar.
A las siete y media me levanté por pura costumbre.
Puse agua a calentar para el café y, durante un segundo absurdo, cogí dos platos del armario. Uno para mí y otro para nadie. Me quedé mirándolos como una tonta hasta que guardé el segundo.
Hay gestos que tardan más en enterarse de una muerte que la cabeza.
No había mensajes nuevos.
Tampoco yo sabía qué decir. “Perdón por perderme tu boda” me parecía poco. “Gracias por volver” me parecía todavía menos. Así que dejé el móvil boca abajo y me apoyé en la encimera.
El café me supo a metal.
A las nueve llamaron a la puerta.
No fue un golpe tímido. Tampoco urgente. Fueron dos golpes seguidos, suaves, como llama alguien que no quiere asustarte y aun así necesita que abras.
Pensé que sería la vecina.
Pero cuando abrí, estaban Lucía y Sergio.
Ella llevaba el pelo recogido de cualquier manera, unas gafas de sol enormes y una sudadera gris encima del vestido de la noche anterior, arrugado ya por abajo. Él tenía la corbata en el bolsillo de la chaqueta y cara de no haber dormido nada.
Durante un segundo nadie habló.
Luego Lucía levantó una bolsa de papel.
—Te he traído un trozo de tarta —dijo.
Y a mí me entraron ganas de llorar de una forma tan ridícula que tuve que apartarme para dejarlos pasar antes de que se me notara demasiado.
Sergio cerró la puerta detrás de él con mucho cuidado, como si la casa no fuera mía sino de alguien enfermo.
No me gustó sentirme así de frágil.
Pero también agradecí que lo entendiera sin decirlo.
Lucía dejó la bolsa en la mesa de la cocina y se quedó quieta. Miró la taza desconchada. El regalo todavía junto a la puerta. El pañuelo arrugado que yo había dejado sobre la silla.
Luego me miró a mí.
—No nos hemos ido al hotel —dijo—. He dicho que no quería irme todavía.
Sergio asintió una sola vez.
—Pensamos que quizá necesitarías ayuda —añadió él.
Ayuda.
Esa palabra me hizo más daño del que debería. Supongo que porque, al llegar a cierta edad, una se pasa media vida fingiendo que no la necesita.
Miré a Lucía y le dije lo único que me salió.
—Siento mucho lo de ayer.
Ella se quitó las gafas. Tenía los ojos hinchados.
—Yo también.
Se me quedó mirando como cuando era niña y estaba a punto de contar una verdad que le daba vergüenza.
—He pasado toda la noche pensando en lo que te dije. Y no hay una forma bonita de arreglarlo. Fue horrible. Lo sé.
No contesté.
No porque quisiera castigarla, sino porque a veces el perdón llega antes que las palabras, y yo en ese momento ya la había perdonado. Solo necesitaba que mi cuerpo se enterara también.
Lucía respiró hondo.
—Ayer estaba nerviosa, tenía miedo de que saliera algo mal, de que faltara alguien, de no poder con todo. Y cuando me dijiste lo de Tomás… —bajó la voz— me enfadé con el día. No contigo. Con el día. Pero te lo solté a ti.
Sergio miró al suelo.
Yo me senté despacio.
—A veces la gente dice lo peor justo el día que menos quería decirlo —dije.
Lucía hizo un gesto raro con la boca, medio risa y medio llanto.
—Eso es exactamente lo que pasó.
Hubo un silencio breve.
Luego miró hacia la galería.
—¿Está ahí?
Asentí.
No preguntó si podía verlo. Fue directamente, pero muy despacio, como si entendiera que un cuerpo pequeño también puede imponer mucho respeto.
Se quedó delante de la caja sin tocar nada.
Sergio se colocó a su lado y se quitó la mano del bolsillo. Por primera vez vi que llevaba una flor blanca aplastada entre los dedos, ya algo vencida por la noche.
La misma, pensé.
La del ramo.
Lucía volvió con los ojos llenos de agua.
—¿Quieres que lo llevemos nosotros? —preguntó.
—No —dije demasiado deprisa.
Ella asintió al momento.
No insistió.
Eso también fue una forma de quererme.
Tomás había pasado media vida durmiendo al sol en un rincón del patio, junto al jazmín y las macetas que yo siempre prometía arreglar y nunca arreglaba.
Así que allí lo enterramos.
Sergio encontró una pala en el trastero. Lucía sujetó la caja mientras yo buscaba, no sé muy bien para qué, las cosas que habían sido de Tomás y que de pronto me parecían imprescindibles.
Su cepillo pequeño.
La pelota de tela que nunca persiguió pero que yo seguía comprándole porque me daba pena que no tuviera juguetes.
Y un lazo rojo deshilachado que llevaba años atado al asa de la cesta donde dormía en invierno.
Cuando volví al patio, Sergio ya había cavado lo bastante.
Tenía la camisa remangada. La tierra húmeda pegada a los zapatos buenos del día anterior. Nadie dijo nada sobre eso.
Lucía me miró las manos.
—¿Qué llevas ahí?
—Tonterías —dije.
Ella negó con la cabeza.
—No son tonterías si eran suyas.
Fue ella quien colocó la manta bien alrededor del cuerpo.
Yo no podía. Cada vez que intentaba meter los dedos debajo, me temblaban.
Sergio dejó la flor blanca encima.
Luego dio un paso atrás, como si supiera que aquel momento no le pertenecía del todo.
Yo me arrodillé a duras penas.
Le puse el cepillo al lado, y el lazo rojo encima de la manta. La pelota no. La pelota me la guardé en el bolsillo sin saber por qué. Aún hoy sigue ahí a veces, cambiando de bata como cambian los pañuelos viejos.
—Gracias por encontrarme aquel día —le dije, tan bajo que casi no se oyó.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Y yo entendí entonces que jamás le había contado esa parte. Ni a ella ni a nadie. Nunca le había explicado del todo que no solo había salvado a un gato detrás de unos contenedores. También había rescatado lo poco que me quedaba de ganas de seguir haciendo café por las mañanas.
Cuando terminamos, nos sentamos los tres en las sillas de plástico del patio.
No parecía la mañana después de una boda. Parecía la mañana después de una verdad.
Lucía se quitó la goma del pelo y se lo volvió a recoger.
—¿Sabes una cosa? —dijo—. Durante la ceremonia no dejaba de pensar en ti.
Me miré las manos.
—No me lo digas. Me duele bastante ya.
—No, escúchame.
Levanté la cabeza.
—Me dolía que no estuvieras —dijo—. Claro que me dolía. Pero después, cuando me calmé un poco, me di cuenta de que si yo te quería de verdad, no podía pedirte que fueras la clase de persona que deja a quien ama muriéndose solo en la cocina para no estropear una foto.
No supe qué responder.
Lucía se secó la nariz con el dorso de la mano, como cuando tenía doce años.
—Y pensé otra cosa peor todavía —añadió—. Pensé que, si a mí me hubiera pasado con alguien a quien quiero, también habría hecho lo mismo. Solo que no quise verlo en ese momento porque era mi boda y yo quería que todo obedeciera.
Sergio soltó el aire, muy despacio.
—En el coche de vuelta —dijo—, me repetiste tu mensaje como diez veces.
Lucía le lanzó una mirada cansada.
—Quince.
A mí se me escapó una risa pequeña. La primera desde el día anterior.
Y en aquella cocina, con el vestido aún colgado del cuerpo y la tierra bajo las uñas, esa risa sonó extraña. Pero también sonó a vida.
Entramos después.
Lucía vio entonces la nota que yo le había escrito la noche anterior, todavía apoyada junto al regalo.
La cogió sin pedirme permiso. La leyó de pie, allí mismo, con los hombros encogidos.
Cuando terminó, no dijo nada.
Solo dejó la nota sobre la mesa y me abrazó con la cabeza apoyada en mi hombro.
—Yo también sigo viendo a esa niña —me dijo—. Aunque a veces se me olvida.
Nos comimos la tarta de boda a media mañana, sentados en la cocina de siempre, con cucharillas de postre porque no me quedaban platos limpios pequeños.
Era una escena tan absurda que habría podido doler. Y sin embargo no dolió.
Sergio contó que una niña en el banquete había acabado bailando con un zapato de cada invitada porque nadie sabía ya cuál era cuál. Lucía confesó que se había pisado el vestido tres veces y que una prima le había cosido el bajo a toda prisa en el baño.
—O sea que tampoco fue perfecta —dije.
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