—¿Quieres que solicite una beca?
—Quiero que tengas la oportunidad de solicitarla. Nada más.
—¿Y si la rechazan?
—Entonces sigues exactamente donde estás hoy.
—¿Y si la aceptan?
Alejandro sonrió.
—Entonces estudias.
Mariana tomó el papel.
Esa noche lo dejó sobre la mesa durante casi tres horas.
No sabía si completar la solicitud.
Elena lo vio.
—¿Qué es?
Mariana se lo explicó.
Su madre escuchó sin interrumpir.
—¿Qué harías tú?
—No importa lo que haría yo.
—Claro que importa.
Elena negó con la cabeza.
—No. Porque no es mi oportunidad.
Mariana miró nuevamente el papel.
—Siento que estoy aprovechándome.
—¿Te regalaron la beca?
—No.
—¿Tienes que presentar papeles?
—Sí.
—¿Calificaciones?
—Sí.
—¿Una carta?
—También.
Elena sonrió.
—Entonces tendrás que ganártela.
Mariana completó la solicitud.
Le tomó casi una semana.
Buscó sus antiguos documentos escolares.
Pidió recomendaciones.
Escribió y reescribió su carta personal tantas veces que terminó memorizando algunos párrafos.
Alejandro no intervino.
Cuando Mariana le pidió que revisara el texto, incluso se negó.
—¿Por qué?
—Porque quiero que sea tuyo.
Eso le hizo confiar más en él.
Pasaron seis semanas.
Después ocho.
Mariana comenzó a pensar que no ocurriría nada.
Hasta que una tarde recibió un correo.
Lo abrió detrás del mostrador de la cafetería.
Leyó la primera línea.
Después la segunda.
Tuvo que sentarse.
Su compañera, Lucía, se acercó preocupada.
—¿Qué pasó?
Mariana no pudo responder.
Le entregó el teléfono.
Lucía leyó.
Luego soltó un grito.
—¡Mariana!
Varias personas voltearon.
Mariana se llevó las manos al rostro.
Había conseguido una beca completa para estudiar administración y gestión empresarial.
Las clases comenzarían unos meses después.
La beca cubriría matrícula, materiales y una ayuda básica para transporte.
Mariana salió del trabajo temblando.
No llamó primero a Alejandro.
Llamó a su madre.
—Mamá.
—¿Qué pasó?
Mariana intentó hablar.
No pudo.
—Mariana, me estás asustando.
—Me aceptaron.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Me dieron la beca completa.
Elena tampoco habló durante unos segundos.
Después Mariana escuchó cómo empezaba a llorar.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿De verdad, hija?
—Sí.
Aquella noche cenaron juntas en su pequeña cocina.
No había lámparas elegantes.
No había manteles blancos.
No había copas finas.
Había arroz, tortillas, un guiso sencillo y dos mujeres llorando de felicidad.
Elena tomó las manos de su hija.
—Tu abuela estaría muy orgullosa.
Mariana sonrió entre lágrimas.
—Todavía no he hecho nada.
—Te equivocas.
Elena la miró fijamente.
—Seguiste intentando.
Al día siguiente Alejandro apareció en la cafetería.
Mariana dejó una taza frente a él.
—Tengo algo que decirte.
—Eso suena serio.
—Me dieron la beca.
La expresión de Alejandro cambió por completo.
Se levantó.
—¿En serio?
Mariana asintió.
Alejandro estuvo a punto de abrazarla, pero se detuvo.
Ella fue quien dio el paso.
Lo abrazó.
—Gracias.
—Yo solo te dije dónde estaba la puerta.
—A veces eso basta.
Los siguientes años no fueron fáciles.
Mariana estudiaba por las mañanas algunos días y por las tardes otros.
Mantuvo horas de trabajo en la cafetería porque necesitaba ayudar en casa.
Dormía menos de lo que le habría gustado.
Hubo materias en las que pensó que no podría continuar.
Hubo semanas en que casi no veía a sus amigos.
También hubo momentos en los que escuchó comentarios que dolían.
Algunas personas sabían dónde trabajaba su madre.
Otras sabían quién le había hablado del programa de becas.
No faltó quien insinuara que Mariana estaba allí únicamente porque conocía a Alejandro.
La primera vez, llegó a casa furiosa.
—Dicen que estoy estudiando porque alguien rico decidió ayudarme.
Elena siguió doblando ropa.
—¿Y tus exámenes quién los presenta?
—Yo.
—¿Tus trabajos?
—Yo.
—¿Quién se levanta antes de las seis?
—Yo.
Elena la miró.
—Entonces deja que hablen.
Mariana aprendió una diferencia importante.
Una oportunidad podía venir de otra persona.
Pero lo que hicieras con ella dependía de ti.
Alejandro siguió presente.
Nunca intentó dirigir sus decisiones.
Nunca le ofreció dinero directamente.
A veces tomaban café.
A veces caminaban por alguna plaza después de clase.
En ocasiones pasaban varias semanas sin verse.
Su relación se convirtió en algo que ninguno de los dos había esperado.
Una amistad sincera.
Mariana también comenzó a cambiar la manera en que veía a Alejandro.
Había pensado que una persona criada con privilegios no podría entender nada de su vida.
Y era verdad que había cosas que él jamás podría comprender del todo.
Nunca había tenido que elegir entre pagar el transporte o comprar comida.
Nunca había visto a su madre contar billetes sobre una mesa esperando que alcanzaran hasta final de mes.
Pero Alejandro tampoco fingía entender.
Escuchaba.
Eso fue lo que Mariana terminó valorando más.
Cuatro años después, Elena estaba sentada en un auditorio lleno de familias.
Llevaba un vestido azul que Mariana le había comprado especialmente para aquella ocasión.
En el escenario pronunciaron un nombre.
—Mariana Cruz.
Elena se llevó una mano a la boca.
Su hija caminó hacia adelante.
Había terminado entre los mejores estudiantes de su generación.
Cuando recibió el documento, buscó inmediatamente a su madre entre el público.
Elena estaba llorando.
A unas filas de distancia, Alejandro aplaudía.
Mariana los vio a ambos.
Durante un segundo recordó aquella mesa vacía del restaurante.
La silla frente a ella.
Los 480 pesos dentro del bolso.
La sensación de querer desaparecer.
Parecía otra vida.
Después de graduarse, Mariana encontró trabajo en una empresa mediana de servicios administrativos.
No fue un puesto espectacular.
No tenía oficina privada.
No ganaba una fortuna.
Pero era suyo.
Había llegado gracias a entrevistas, pruebas y años de preparación.
En menos de tres años pasó a coordinar un pequeño equipo.
Y entonces ocurrió algo que llevaba mucho tiempo pensando.
Una tarde se sentó con Elena.
—Quiero empezar un proyecto.
Su madre la miró.
—¿Qué clase de proyecto?
—Quiero ayudar a mujeres que dejaron de estudiar porque tuvieron que trabajar.
Elena permaneció callada.
Mariana continuó.
—No quiero regalar dinero sin más. Quiero ayudarlas a encontrar capacitación, becas, cursos y empleos. Muchas veces las oportunidades existen, pero nadie sabe dónde buscarlas.
Elena sonrió lentamente.
—Como te pasó a ti.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






