Cuando Carmen colgó su bata al lado de la mía, yo pensé que el miedo se había quedado atrás.
Me equivoqué.
Porque hacerse mayor tiene esa mala costumbre: cuando una preocupación por fin afloja, aparece otra sin avisar, como una corriente fría que se cuela por debajo de una puerta mal cerrada.
Los primeros meses viviendo juntas fueron mejores de lo que cualquiera habría imaginado.
No porque todo fuera perfecto. Precisamente porque no lo era.
Carmen roncaba un poco cuando se quedaba dormida en el sofá. Yo seguía empeñada en guardar las galletas donde luego nunca las encontraba. Ella decía que yo tenía la manía absurda de doblar las bolsas de plástico como si fueran sábanas finas. Yo sostenía que nadie en su sano juicio podía echar tanta sal a unas lentejas.
Discutíamos por tonterías.
Eso, a ciertas edades, también es una forma de paz.
Por las mañanas yo abría la ventana de la cocina aunque hiciera frío, porque me gustaba que entrara un poco de aire antes de poner el café. Carmen refunfuñaba desde el pasillo con la bata bien cerrada, diciendo que un día iba a encontrarme convertida en estatua por culpa de una pulmonía imaginaria.
Luego se sentaba, se alisaba el pelo con la mano y preguntaba lo mismo de siempre:
—¿Has puesto dos tostadas o solo una?
Yo le respondía lo mismo de siempre:
—Dos. Pero si sigues quejándote, te comes una y media.
Y así empezaban los días.
Con pequeñas frases que no saldrían en ningún libro ni le parecerían importantes a nadie.
Pero que llenaban la casa.
Álvaro seguía viniendo a veces. Unos días para subirnos una garrafa, otros para cambiar una bombilla, y otros simplemente porque Carmen le había hecho tortilla y él fingía que pasaba por allí por casualidad.
No era mal chico.
Tenía esa cara de cansancio que llevan los que aún son jóvenes pero ya han aprendido demasiado pronto que la vida no siempre concede descanso a la gente decente.
A veces se quedaba diez minutos de pie en la cocina, apoyado junto a la nevera, mientras nosotras hablábamos de cualquier cosa.
Y yo veía en su cara algo que reconocía bien.
Ese alivio que da entrar en una casa donde alguien te pregunta si has cenado de verdad y no por educación.
Los hijos llamaban de vez en cuando.
Lo suficiente para poder decir que llamaban. No tanto como para que una organizara la tarde alrededor de eso.
Yo ya no les tenía rencor. Supongo que el rencor también se gasta con los años, como las rodillas o la paciencia para según qué.
Además, desde que Carmen y yo vivíamos juntas, la soledad ya no me mordía igual.
No desaparece del todo, eso sería mentir.
Pero cambia de forma.
Se vuelve más llevadera cuando al otro lado del pasillo hay alguien que conoce el ruido exacto de tus zapatillas y sabe, sin mirar el reloj, a qué hora te entra sueño.
Fue en febrero cuando empecé a notar que a mí me pasaba algo raro.
Nada grande.
Nada que pudiera señalar con el dedo y decir: aquí está.
Eran cosas pequeñas. Tan pequeñas que casi daba vergüenza darles importancia.
Un martes metí el azúcar en la nevera y la mantequilla en el aparador. Otro día fui a tender una lavadora y me quedé plantada en medio del baño sin recordar si ya la había puesto o solo lo había pensado. Una mañana bajé a comprar pan y, al llegar al portal, dudé un instante absurdo sobre si vivía en el tercero o en el cuarto.
Solo fue un segundo.
Pero a mí me pareció una grieta entera abriéndose bajo los pies.
No se lo dije a Carmen.
Qué tontería, pensará quien no haya llegado a cierta edad.
Pero cuando una ya ha visto enfermar a otros, cuando ha acompañado camas de hospital, olvidos lentos, nombres que se borran, llaves perdidas y miradas que de pronto no reconocen, hay miedos que no se pronuncian en voz alta porque una cree que al nombrarlos los vuelve más reales.
Así que hice lo que hacemos muchas mujeres de mi generación cuando algo nos asusta.
Callármelo y seguir.
Empecé a apuntarlo todo.
No en una agenda bonita, ni con método, ni nada de eso. En papeles sueltos. En el reverso de un recibo. En una esquina del calendario. En una servilleta doblada dentro del bolso.
“Pan”.
“Apagar el gas”.
“Cita jueves”.
“Poner lavadora”.
“Llamar a Teresa del quinto por la bufanda”.
Cosas así.
Una tarde, mientras Carmen dormía la siesta, abrí el cajón de la mesilla y me quedé mirándolo. Estaba lleno de papelitos. Decenas.
Parecía el cajón de alguien que no se fiaba ya de su propia cabeza.
Y eso era exactamente lo que más me dolía.
No perder memoria.
Sino perder confianza.
A partir de entonces empecé a esconder mejor mis despistes.
Si no encontraba las gafas, fingía que estaba limpiando. Si repetía una pregunta, procuraba decirla de otra manera para que no se notara. Si se me olvidaba si había tomado una pastilla, prefería quedarme con la duda antes que admitirlo.
Lo peor de envejecer no siempre es el dolor.
A veces es la humillación pequeña.
Esa que nadie ve.
Una tarde puse un cazo al fuego para calentar leche y me fui al cuarto a buscar una rebeca. No sé qué pasó entre una cosa y otra. No sé si oí el ascensor, si me distraje con una mancha en el pasillo o si me quedé mirando por la ventana más de la cuenta.
Lo que sé es que Carmen entró en la cocina y se encontró el cazo seco, oscuro, echando ese humo feo que deja un olor triste durante horas.
No me gritó.
Ni falta que hacía.
Solo apagó el fuego, abrió la ventana y me miró de esa manera tan antigua que tienen las amigas de verdad, las que te han visto con seis años, con dieciséis, con treinta, con cincuenta y con ochenta, y saben leer lo que no dices.
—Elena —me dijo—. ¿Cuánto hace que te pasa esto?
Yo me defendí como una niña torpe.
—Esto, qué.
Ella apoyó una mano sobre la encimera.
—No me hagas trampas. A mí no.
Me habría resultado más fácil si se hubiera enfadado.
O si hubiera dicho algo dramático.
Pero no. Me habló bajito, casi con ternura, y ahí fue cuando se me llenaron los ojos.
—Son tonterías —dije—. Despistes. Cosas de la edad.
Carmen siguió mirándome.
—Sí —contestó—. Cosas de la edad. Igual que caerse en la cocina y no poder levantarse. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste entonces?
Yo me acordaba.
Demasiado bien.
“Se acabó esta tontería de hacer como si tuviéramos que poder con todo solas.”
Me senté.
No porque me fallaran las piernas, sino porque me falló eso otro que una usa para sostenerse delante de los demás. El orgullo, quizá. O la costumbre de fingir entereza.
—No quería darte más carga —le dije.
Carmen resopló.
—Mira que eres tonta a veces.
No lo dijo con maldad.
Lo dijo como lo dicen las personas que te quieren tanto que ya no tienen tiempo para rodeos.
—¿Tú te crees que yo me vine aquí para compartir solo lo fácil? —añadió—. ¿Te crees que la amistad sirve nada más para hablar del tiempo y repartir la basura?
No supe qué contestar.
Porque la verdad era que sí, que una parte de mí lo había creído.
No con esas palabras. Pero sí con ese miedo antiguo que nos han metido a muchas. El miedo a molestar. A sobrar. A convertirnos en un problema con bata y zapatillas.
Carmen se sentó enfrente.
—Escúchame bien, Elena. Yo no soy tu visita. Ni tu vecina. Ni alguien que “pasa por aquí”. Vivo contigo. Estoy contigo. Y si un día se me olvida a mí dónde he dejado el monedero, ya veremos. Pero mientras tanto, no me ocultes las cosas. Bastante tenemos ya con las que no dependen de nosotras.
Lloré un poco.
Sin elegancia, además.
Como lloran las mujeres mayores, que ya no lloran para que las consuelen ni para quedar bien, sino porque el cuerpo, de pronto, no encuentra otra salida.
Carmen me dejó hacerlo.
Luego me empujó la caja de pañuelos y dijo:
—Y ahora deja de moquear encima de la mesa. Que luego dices que soy yo la que mancha todo.
Nos reímos.
Y esa risa, por tonta que parezca, me devolvió algo que llevaba semanas perdiendo.
No la memoria.
La calma.
A partir de entonces cambiamos algunas cosas.
Nada heroico.
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