La mesera pagó cinco pesos por un desconocido despreciado, sin imaginar quién regresaría a buscarla al día siguiente

—Lo de anoche hizo quedar mal al restaurante.

—Pagué su cuenta.

—No se trata de cinco pesos.

Ricardo cruzó los brazos.

—Se trata de quién pertenece aquí y quién no.

Mariana guardó silencio.

—Desde hoy tendrás tareas adicionales —continuó él—. Baños, pisos, mesas, lo que haga falta.

—Yo soy mesera.

—Tú haces lo que yo decida mientras trabajes aquí.

Mariana sintió la rabia subirle por el pecho.

Pero pensó en su madre.

En el alquiler.

En las facturas.

Y bajó la mirada.

—Entendido.

Pasó horas limpiando.

No le avergonzaba hacerlo.

Había trabajado desde adolescente y jamás había considerado indigno un empleo honesto.

Lo que dolía era saber por qué Ricardo la había puesto allí.

Quería castigarla.

Quería enseñarle que mostrar compasión tenía un precio.

Cerca del mediodía, Mariana salió unos minutos por la puerta trasera para dejar unas bolsas en el área de servicio.

Entonces se detuvo.

Héctor estaba allí.

Y a su lado había una mujer de unos cincuenta años.

También llevaba ropa sencilla.

Parecía cansada.

—¿Otra vez usted? —preguntó Mariana.

Héctor sonrió.

—Te presento a Elena, mi hermana.

Elena saludó con educación.

Mariana miró alrededor.

—No deberían estar aquí. Mi jefe está furioso conmigo por lo de ayer.

Héctor bajó la voz.

—No venimos a causarte problemas.

Elena dudó antes de hablar.

—Solo buscábamos un lugar donde comer algo. No hemos probado comida desde ayer.

Mariana cerró los ojos un instante.

Aquello era lo último que necesitaba.

Y, al mismo tiempo, sabía exactamente qué iba a hacer.

Entró al área destinada al personal y compró con su propio dinero dos comidas sencillas que se ofrecían a los trabajadores durante el turno.

Regresó con pan, pollo, arroz y dos botellas de agua.

—Tomen.

Héctor la miró.

—Mariana…

—Cómanlo antes de que me arrepienta.

Elena sonrió por primera vez.

Comenzaron a comer.

Entonces una voz retumbó detrás de ellos.

—¿Qué significa esto?

Mariana se giró.

Ricardo estaba en la puerta.

Su rostro se había endurecido.

—No puedo creerlo.

—La comida la pagué yo —respondió Mariana rápidamente.

—Ese no es el punto.

Ricardo dio dos pasos hacia ella.

—Ayer te advertí.

—No estoy regalando comida del restaurante.

—Estás ignorando mis órdenes.

—Solo están comiendo.

—Y tú estás despedida.

Mariana sintió que todo se detenía.

No escuchó lo que Héctor dijo después.

Solo pensó en su madre.

En las cuentas.

En cómo iba a regresar a casa y explicar que ya no tenía trabajo.

—Ricardo, por favor…

—Recoge tus cosas.

Antes de que Mariana pudiera continuar, Héctor metió una mano dentro de su chaqueta.

Sacó varios billetes cuidadosamente doblados.

Los puso delante de Ricardo.

—Por cualquier gasto que considere pendiente.

Ricardo observó el dinero.

Luego miró a Héctor.

—¿Y esto qué se supone que significa?

—El pago.

—¿Crees que eso salvará su empleo?

La expresión de Héctor cambió.

Ya no parecía el hombre tímido de la noche anterior.

Su espalda se enderezó.

Su voz siguió tranquila, pero ahora había algo firme en ella.

—¿Quién dijo que vine a salvar su empleo?

Ricardo frunció el ceño.

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