Valeria volvió a preguntar.
¿Regresas?
Mariana tomó sus manos.
—No sé, mi amor.
La niña retiró las manos.
Salió de la habitación.
Y durante el resto del día no quiso mirarla.
Esa noche, Ricardo encontró a su hija dormida junto a la puerta de Mariana.
Como si tuviera miedo de que se marchara mientras ella cerraba los ojos.
Fue entonces cuando él comenzó a comprender la gravedad de lo que estaba ocurriendo.
Al día siguiente llamó a Mariana a su estudio.
—Podemos extender el acuerdo.
Mariana permaneció de pie.
—Pensé que no habría extensiones.
—Las circunstancias cambian.
—¿Porque Valeria está triste?
—Porque mi hija la quiere.
Mariana sintió que la garganta se le cerraba.
—Precisamente por eso quizá sea mejor hacerlo ahora.
Ricardo frunció el ceño.
—No entiendo.
—No quiero que dependa de mí.
—Todos dependemos de alguien.
—Yo soy una empleada.
—Para ella no.
Aquellas tres palabras permanecieron entre los dos.
Mariana miró hacia la puerta.
—Y ese es el problema.
Ricardo se levantó.
—¿Por qué?
Mariana tardó en responder.
—Porque algún día podría fallarle.
Ricardo la observó en silencio.
—Todos podemos fallarle a alguien, Mariana. Incluso quedándonos.
Ella no dijo nada más.
Dos días antes de Navidad, Valeria y Mariana hicieron un pequeño adorno de madera.
Era un ángel torcido, pintado a mano.
Una de sus alas había quedado más grande que la otra.
Valeria insistió en colgarlo en la parte más visible del árbol.
Mariana la ayudó.
La niña sonrió satisfecha.
Después señaló el ángel.
Nosotras.
Mariana sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Sí.
Nosotras.
La noche anterior a su salida, Mariana escribió una carta para Ricardo.
No podía despedirse correctamente en persona.
Había intentado ensayar varias veces lo que diría.
“Gracias por este año.”
“Cuide mucho a Valeria.”
“Ha sido un honor trabajar aquí.”
Todo sonaba ridículo.
Como si aquellos doce meses hubieran sido solamente un empleo.
Finalmente escribió lo que podía.
Le agradeció la confianza.
Le dejó información sobre las rutinas de Valeria.
Dónde guardaba ciertos materiales.
Qué comida rechazaba cuando estaba nerviosa.
Qué cuento prefería cuando no podía dormir.
Qué seña hacía cuando necesitaba estar sola.
Qué dibujo le gustaba llevar a sus sesiones.
Y al final escribió:
“Su hija me devolvió una parte de mí que pensé que había perdido para siempre. Nunca podré agradecerle eso.”
Doblando la carta, Mariana lloró por primera vez en semanas.
La mañana siguiente comenzó rápido.
Tenía que terminar de empacar.
Valeria no se separaba de ella.
La seguía desde la habitación hasta la sala.
De la sala al pasillo.
Del pasillo a la cocina.
Cada vez que Mariana tomaba algo, Valeria observaba.
Finalmente, la niña se aferró a su cintura.
Mariana dejó una blusa dentro de la maleta.
Se agachó.
—Valeria…
La niña negó con la cabeza.
No.
—Tengo que irme.
No.
—Mírame.
Valeria cerró los ojos.
Mariana sintió que el corazón se le partía.
La levantó.
Valeria rodeó su cuello con los brazos.
Y entonces ocurrió.
La niña movió los labios.
Primero salió un sonido débil.
Mariana creyó que lo había imaginado.
Luego Valeria volvió a intentarlo.
—Mamá.
Ricardo estaba entrando en la sala en ese momento.
También lo vio.
También entendió.
La capacidad de Valeria para producir sonidos había sido trabajada durante mucho tiempo con paciencia, pero nunca antes había usado una palabra de esa forma.
No era perfecta.
No era fuerte.
Pero era clara.
Mamá.
Mariana se echó a llorar.
No pudo evitarlo.
Valeria la tocó en la cara, confundida por sus lágrimas.
Entonces Mariana besó sus dedos.
—Estoy bien.
Ricardo recogió la carta que Mariana había dejado sobre la mesa.
La leyó mientras ellas seguían abrazadas.
Cuando terminó, se acercó lentamente.
—No puede irse hoy.
Mariana secó sus mejillas.
—Ricardo…
Era una de las pocas veces que lo llamaba por su nombre.
—Puedo cambiar el contrato.
—Esto ya no tiene que ver con el contrato.
—Entonces dígame con qué tiene que ver.
Mariana miró a Valeria.
—Con esto.
—Precisamente.
—Me llamó mamá.
La voz de Mariana se quebró.
—Lo sé.
—Yo no soy su madre.
Ricardo tardó en responder.
—No.
Mariana cerró los ojos.
—Entonces no debería permitir que…
—Mariana.
Ella lo miró.
Ricardo parecía cansado.
No como el empresario seguro que había conocido un año antes.
Parecía solamente un padre.
—Valeria perdió a su madre —dijo—. Eso no va a cambiar. Nadie puede ocupar exactamente ese lugar.
Mariana sostuvo más fuerte a la niña.
—Entonces entiende por qué tengo miedo.
—Sí.
Ricardo respiró profundamente.
—Pero también entiendo algo que tardé demasiado en aceptar. Mi hija no necesita que decidamos por ella a quién puede querer.
Mariana no respondió.
—Usted llegó aquí para trabajar —continuó él—. Yo puse reglas porque pensé que las reglas podían mantener todo bajo control.
Miró alrededor de la sala.
Los dibujos.
Los juguetes.
El pequeño ángel torcido.
—Me equivoqué.
Valeria comenzó a tocar el cabello de Mariana.
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