Cuando Ricardo desapareció de la casa, Teresa comenzó a lanzar comida para Luna por encima de la cerca.
—Ese niño adoraba a esa perra —nos dijo—. Cuando volvía de la escuela, iba directo a verla.
Le pregunté por los dos golpes.
Teresa bajó la mirada.
—Mateo hablaba poco desde que perdió a su mamá. Cuando se asustaba, golpeaba dos veces una mesa, una pared, cualquier cosa. Luna siempre iba con él.
—¿La veía acostarse?
Teresa tardó en responder.
—Después de febrero, no.
Seis meses.
Luna probablemente llevaba seis meses sin poder acostarse completamente.
Teresa contó que Mateo salía por las noches para sentarse junto a ella.
En ocasiones llevaba su mochila.
Otras veces una chamarra.
—¿Por qué nadie volvió a llamar? —pregunté.
Teresa se quitó lentamente un guante de jardinería.
—Yo llamé por el niño. Pensé que también se llevarían a Luna. Al día siguiente seguía aquí.
Guardó silencio.
—Luego pensé que el hombre volvería. Después pensé que el dueño de la casa haría algo. Cada día que pasaba era más difícil explicar por qué no había llamado el día anterior.
Miró la pared.
—Le daba comida porque así podía convencerme de que estaba ayudando.
No tuve respuesta.
Al sexto día, Luna logró dormir 29 minutos con la mochila debajo del pecho.
Luego un objeto metálico golpeó una puerta.
Se levantó inmediatamente.
No protegía la mochila.
Esperaba a su dueño.
Pedimos que hicieran llegar un mensaje a Mateo.
No necesitábamos saber dónde vivía.
Solo queríamos decirle una cosa:
Luna estaba viva.
La respuesta llegó unos días después.
Mateo hizo una sola pregunta.
No preguntó si Luna comía.
No preguntó si lo recordaba.
Ni siquiera preguntó si podría recuperarla.
Preguntó:
—¿Ya puede acostarse?
Entonces entendimos que la mochila era mucho más que un recuerdo.
Levantaba el pecho de Luna justo lo suficiente para reducir la presión que antiguamente ejercía la cadena.
Colocamos dos toallas enrolladas debajo.
Toc. Toc.
Luna bajó lentamente.
El cuello quedó libre.
La primera vez permaneció 37 minutos.
La siguiente, 48.
Poco a poco aprendió que ninguna cadena iba a cerrarse alrededor de su garganta.
Comenzamos también a enseñarle algo muy simple: una correa podía terminar sin hacer daño.
Andrés caminaba con ella usando un arnés.
Cuando Luna llegaba al final de la correa, él avanzaba para impedir que se tensara.
Un día ella llegó hasta el límite.
Se tiró al suelo.
Andrés soltó la correa.
Luna miró hacia atrás.
La cinta estaba completamente floja.
Se levantó.
Avanzó tres pasos.
Volvió a probar.
Después regresó y apoyó la frente contra la pierna de Andrés.
Durante las siguientes semanas conocimos a la verdadera Luna.
Le encantaba la sandía.
No mostraba ningún interés por las pelotas.
No quería beber de recipientes metálicos.
Observaba a los niños con mochilas rojas.
Y cada tarde, aproximadamente a la hora de salida escolar, esperaba cerca de una puerta.
Yo terminé llevándola temporalmente a mi casa.
Vivía sola y podía darle un espacio tranquilo.
Puse su cama al lado del sofá con la mochila bajo un extremo.
La primera noche se levantó muchas veces.
Toc. Toc.
Se acostaba.
Despertaba.
Volvía a ponerse de pie.
A la una de la madrugada me acosté en el suelo junto a ella.
Cuando desperté, ya había luz entrando por la ventana.
Luna seguía dormida.
Habían pasado casi seis horas.
Por primera vez, tenía el cuello completamente apoyado sobre el colchón.
Yo pensé que ese era el final.
No lo era.
La trabajadora responsable de Mateo pidió reunirse conmigo.
Había algo que el niño había decidido contar.
La cadena de Luna no siempre había sido corta.
Al principio dormía dentro de la casa, muchas veces cerca de la puerta del dormitorio de Mateo.
Ricardo la sacó al patio después de que Luna intentara acercarse al niño durante una discusión.
Primero utilizó una cadena larga.
Luna todavía alcanzaba agua, sombra y los escalones.
Hasta que una noche todo cambió.
Ricardo estaba sujetando a Mateo por la ropa durante otra discusión.
Luna salió y se colocó entre ambos.
No mordió.
Agarró por unos segundos la manga de la chamarra de Ricardo.
En cuanto Mateo se alejó, la soltó.
Esa misma noche Ricardo acortó la cadena.
Quería impedir que Luna volviera a acercarse a la puerta.
Mateo intentó soltarla.
No pudo.
El candado necesitaba llave.
Intentó mover el aro de la pared con un cuchillo sin filo.
Tampoco pudo.
Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Enrolló las correas de su mochila.
Las amarró con hilo azul.
Y empujó la mochila debajo del pecho de Luna.
Con esa pequeña elevación, la perra podía doblar parcialmente las patas delanteras sin que el collar apretara tanto.
Mateo se sentaba detrás de la mochila para que no se moviera.
Golpeaba dos veces el suelo.
Luna se acostaba sobre ella.
Y el niño esperaba.
Dieciocho minutos.
Eso explicaba todo.
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