Canela caminó con ella.
Hasta escuchar aquel sonido metálico antes de la salida.
Entonces volvió a la jaula 18.
Ese fue el primer intento.
Duró casi una hora.
Al día siguiente, Teresa regresó con desayuno y la manta amarilla de su camioneta.
Se sentó dentro de la jaula vacía mientras Canela comía.
Después de un rato caminaron hacia la salida.
Un aparato de oxígeno emitió un sonido desde la zona veterinaria.
Canela dio media vuelta.
Intento número dos.
En el tercero utilizamos una puerta diferente.
Canela llegó hasta la camioneta.
Teresa abrió la puerta trasera.
La perra colocó las patas delanteras dentro.
Entonces Patricia cruzó cerca de ellas con su uniforme azul.
Canela salió de inmediato.
Olfateó sus bolsillos.
No encontró nada.
Regresó al edificio.
En el cuarto intento, Teresa condujo alrededor del estacionamiento y regresó.
Cuando abrió la puerta, Canela bajó.
No escapó.
Se acercó a la entrada cerrada y golpeó el cristal dos veces.
La dejamos entrar.
Fue directamente a la jaula 18.
Para el quinto intento utilizamos un vehículo más bajo.
Canela permaneció tranquila durante un recorrido corto.
Pero al regresar al refugio, empezó a moverse inquieta.
En cuanto se abrió la puerta, buscó la entrada veterinaria.
Volvió a esperar.
Algunos compañeros comenzaron a decir que quizá la adopción debía cancelarse.
Yo tampoco quería admitirlo, pero era difícil imaginar una vida normal si Canela se negaba a abandonar el refugio.
Teresa escuchó todo.
No discutió.
Solo preguntó:
—¿La han llevado alguna vez a mi casa?
Organizamos una visita.
Canela entró por la cocina.
Olfateó las patas de la mesa.
Encontró los viejos zapatos de Roberto bajo la banca.
Bebió agua.
Recorrió todas las habitaciones.
Teresa había preparado una pequeña habitación con una cama.
Canela entró.
Dio una vuelta.
Se acostó.
Durmió treinta y cuatro minutos.
Pensamos que finalmente lo habíamos conseguido.
Entonces despertó.
Caminó hasta la puerta principal.
Dos golpes.
Teresa la llevó de regreso al refugio.
El sexto intento terminó exactamente como el primero.
Canela acostada frente a la jaula 18.
El hocico pegado al suelo.
Esperando.
Esa tarde, nuestro responsable decidió que lo mejor sería cancelar temporalmente la adopción y buscar un hogar de acogida con experiencia.
Teresa recibió el formulario.
Lo miró.
Después miró a Canela.
—No quiero otro perro.
—Nadie dice que hayas fallado.
—Lo sé.
Dobló el papel.
—Y ella tampoco me ha fallado a mí.
Sacó de su bolso una vieja camisa de Roberto y la puso junto a la manta amarilla.
Canela la olfateó y se acostó cerca del zapato de Teresa.
Ella permaneció allí hasta el cierre.
A la mañana siguiente sonó el teléfono.
Era el hospital veterinario especializado.
—¿Todavía tienen a una perra atigrada llamada Canela?
Me levanté tan rápido que la silla golpeó la pared.
—Sí.
Hubo una pausa.
—Tenemos a su cachorro.
Chispa había sobrevivido.
Había superado la neumonía, pero seguía teniendo dificultades para tragar.
La familia de acogida especializada que debía recibirlo había sufrido un problema personal y ya no podía hacerse cargo.
Por un error administrativo, en el hospital creían que el expediente de Canela estaba cerrado.
Nadie había relacionado nuevamente a madre e hijo.
Mientras yo hablaba por teléfono, escuchamos que descargaban una caja de transporte en la zona veterinaria.
Canela estaba al final del pasillo.
Se levantó.
No podía escuchar la conversación telefónica.
Pero desde detrás de la puerta llegaron dos pequeñas toses.
Canela golpeó la jaula 18 dos veces.
Chispa había vuelto.
Tenía nueve semanas.
Seguía siendo mucho más pequeño que sus hermanos.
Dentro de la caja azul parecía todavía más diminuto.
Estaba despierto, pero no se puso de pie.
La veterinaria nos explicó que debía comer porciones pequeñas varias veces al día.
Necesitaba permanecer erguido después de alimentarse.
Había que observar cualquier tos o cambio en su respiración.
—Puede mejorar mucho —dijo—. Pero quizá siempre necesite ciertos cuidados.
Teresa estaba a mi lado.
Canela todavía no podía ver la caja.
Sin embargo, todo su cuerpo apuntaba hacia ella.
Abrimos la puerta.
Canela no corrió.
Caminó lentamente.
Olfateó cada abertura de la caja.
Después tocó el plástico dos veces.
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